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Historias musicales: Cuando el futbolín se coló hasta el Carnegie Hall
Por Publicado el: 03/05/2026Categorías: Colaboraciones

La mesa y la lírica

Mesa y lirica. Banquete musical alegorias de Pietro Paolini

Banquete musical alegorias de Pietro Paolini

LA MESA Y LA LÍRICA  I

En la filosofía griega de los epicúreos era firme el principio de que el canto alimentaba al alma lo mismo que las viandas lo hacían con el cuerpo. Tanto lo primero como lo segundo, desde entonces, han sido siempre arte.

Saber comer, en términos genéticos, es una realidad estética, de cultura y, en definitiva, de arte. También constituye arte la expresada por la voz humana, mediante una articulada y armónica forma de emitir los sonidos y las palabras a través de cadencias armónicas.

Pues bien, ambas acepciones artísticas, han ido de la mano desde los primeros neumas escritos en la Iglesia Ortodoxa de Bizancio en el siglo IX y, en modo ininterrumpido, desde que Guido de Arezo, en el XI, creara la denominación de las siete notas musicales sobre las primeras estrofas de un himno a San Juan.

Los monjes en los cenobios tomaban sus frugales alimentos mientras el ‘cantor’ iba entonando las salmodias sobre las vidas ejemplares de los santos. Incluso, actualmente, en algunos monasterios de retiro absoluto, como en los de trapenses (Orden Cisterciense de la Estricta Observancia, que sigue la reformada regla benedictina), en determinados días festivos la comida del mediodía se lleva a cabo mientras uno o dos miembros de la comunidad entonan cantos litúrgicos.

Desde el Renacimiento se encuentran abundantes referencias musicales relacionadas con la buena mesa. Así se constata en la colección de danzas que integran la titulada Banchetto musicale (Banquete musical) compuesta en 1671 por Johann Hermann Schein, cual excelente muestra de lo dicho.

Ha sido la lírica, el llamado teatro cantado, la comedia del arte hecha canto, desde sus comienzos en el siglo XVI, la que se ha vinculado con la necesidad o el placer de la mesa, en viandas y en libaciones. Así lo han entendido grandes compositores, en el campo lírico, tanto en la ópera o la opereta, como en la zarzuela, tan genuinamente nuestra, que ha superado todo tipo de controversias y convencionalismos sociales, desde que los primeros Borbones la potenciaran, junto con nuestro teatro del Siglo de Oro, de forma considerable.

Cuando Georg Philipp Telemann, contemporáneo de Bach, publicó en 1733 su Musique de Table (La Música de la Mesa), una de sus famosas colecciones de música de cámara, continuaba con una tradición que venía de antiguo: la música de entretenimiento, de alta calidad, para alegrar una mesa bien preparada. En Johann Sebastián Bach – tan espiritual él – nos encontramos con su Schweigt Stille, plaudert nicht, BWV 211 (Cantata del café) ante una significativa socarronería, capaz de salir airoso con un tema tan de moda cual fue el gusto por la degustación del café en la sociedad alemana de su tiempo. 

Cien años después, en 1833, tiene lugar la primera edición de la obra Peces de concert (Piezas de concierto) de Felix Mendelssohn, escrita para dos amigos suyos, clarinetistas, célebres tanto por su virtuosismo musical cuanto por su altísima calidad como cocineros. El pago fueron unos buñuelos y un strudel, que debieron de resultar exquisitos si nos atenemos a la dedicatoria del compositor: “La batalla de Praga, gran dueto para buñuelo y strudel, o para clarinete y ‘corno di basetto’, compuesto humildemente y dedicado a Baermann mayor y al Baermann joven, por su siervo devoto Felix Mendelssoh-Barttholdy”. Ambas piezas son, como no podía ser de otra manera, deliciosas.

Wolfgang Amadeus Mozart, en el drama lírico, estructurado en dos actos, titulado Don Giovanni culmina la última escena con la invitación que el protagonista hace el Comendador, en el cementerio sevillano, para que le acompañe a la cena que ofrece en su palacio y cuando durante el transcurso de la misma Don Juan hace burla sobre tal invitación, aparece la estatua del asesinado Comendador diciéndole: “Don Giovanni a cenar teco. M’invitasti e son venuto!” (Don Juan a cenar contigo me invitaste, y he venido), para luego arrastrarlo a la regiones infernales.

El 6 de marzo de 1853 se estrena, en el Teatro de La Fenice, la ópera La traviata de Giuseppe Verdi. En el primer acto se representa una fiesta en casa de la cortesana Violeta Vàlery, donde se celebra una cena [casi nunca representada en escena] que es anunciada por uno de los llamados “partiquinos” o de papeles secundarios, con la frase cantada ‘la cena e pronta!’ (la cena está servida). Entre los cantantes jóvenes que pretenden iniciar la hermosa carrera de la lírica, siempre se hace la broma al novato de que le va a tocar “la cena e pronta’ como si fuera algo relevante.

Antes de ese momento está viva la presencia en escena del champagne, a través de uno de los más conocidos brindis que se han escrito nunca para ser cantados: el famoso Libiamo ne’lieti calici (Bebamos en los alegres cálices) que entona el joven Alfredo Germon.  Manuel Cabrera

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