El Met vende su alma o, al menos, lo intenta.

Lincoln Center Operahouse
Hay una escena que me viene a la memoria. Hace ya algunos años, yo asistía a una función en el Metropolitan en una escapada a Nueva York y Boston. Desde la sala, con esa perspectiva que te da la segunda planta, la casa parece invencible: los murales de Chagall al fondo del vestíbulo, la muchedumbre elegante entrando bajo las arañas de cristal, esa sensación de que el mundo tiene orden y que ese orden se llama música. Uno no se imaginaba, en ese momento, que la institución más poderosa de la ópera mundial pudiera llegar a mendigar. El Met vende su alma o, al menos, lo intenta.

Chagall Met
Pues bien: lleva tiempo haciéndolo. La pandemia hizo al Met un daño que todavía no ha terminado de cicatrizar. Dos temporadas en blanco, la pérdida masiva de abonados, el desplome de los ingresos por taquilla y el inevitable recurso al fondo de reserva -el endowment, en la terminología anglosajona- del que ya han retirado más de 120 millones de dólares, un tercio de lo acumulado durante décadas. A eso hay que sumar las rebajas de calificación crediticia, los expedientes de regulación, los recortes salariales de hasta el quince por ciento para la treintena de ejecutivos que ganan más de 150.000 dólares anuales, y una reducción de plantilla administrativa que en enero pasado costó el puesto a más de veinte personas. Casi ciento cincuenta años de historia de una entidad que ha sido la envidia de todos los centros operísticos del mundo en serios problemas.
En medio de esta angustia financiera,a Peter Gelb, el director general del Met, se le ocurrió una solución. En septiembre de 2025 anunció un acuerdo, que creyó salvador, con el Ministerio de Cultura de Arabia Saudí según el que aportaría hasta 200 millones de dólares a lo largo de ocho años. El trato implicaba que el Met viajara tres semanas cada febrero a Riad para actuar en la nueva Royal Diriyah Opera House, un faraónico recinto programado para abrir sus puertas en 2028 o 2029, según la fuente. A cambio, formación artística, intercambio cultural y, sobre todo, dinero. Mucho dinero y suficiente para respirar.

Boheme de Zeffirelli
El acuerdo levantó de inmediato una tormenta de protestas. Hay que decirlo con claridad: no era para menos. Arabia Saudí es el país que en 2018 ordenó supuestamente el asesinato del periodista Jamal Khashoggi dentro de su propio consulado en Estambul. Es el país que financia el golf con LIV, los estadios de fútbol, los festivales de música pop y ahora la ópera, todo dentro de una estrategia que en los medios anglosajones llaman sportswashing y que yo llamaría, con más precisión, el lavado de imagen con dinero ajeno. Artistas, melómanos y defensores de los derechos humanos protestaron ruidosamente. Gelb escuchó y siguió adelante. Cuando uno debe ciento veinte millones, los escrúpulos tienen precio.
Pero el destino, o la geopolítica -que a veces son la misma cosa- resolvió el dilema moral de la manera más desconcertante posible: Arabia Saudí se echó atrás. El motivo oficial es la guerra en Irán y el bloqueo del Estrecho de Ormuz, que ha cortado el flujo de petróleo saudí y golpeado de lleno su economía. Según explicó el propio Gelb a The New York Times, los funcionarios saudíes le dijeron escuetamente que ahora “sólo financian lo esencial”. No hacía falta añadir más. La ópera no es esencial. Nunca lo ha sido para quienes la necesitan como coartada cultural.
Las consecuencias son inmediatas y graves. El Met afronta un agujero de unos 30 millones de dólares para cerrar el ejercicio fiscal en curso. Gelb ha anunciado una campaña de recaudación pública de urgencia, la venta de los derechos de nombre del edificio -sí, el Metropolitan Opera House podría llevar pronto el nombre de un banco o de una empresa de logística– y algo que parece sacado de una subasta de urgencia: la posible venta de los dos grandes murales de Marc Chagall que presiden el vestíbulo. De momento, se hipotecaron hace años. Valorados en 55 millones de dólares, permanecerían físicamente en el edificio, pero con una placa de donante en su lugar. Los cuadros seguirán ahí. Solo cambiará quién los posee. Es una metáfora demasiado obvia para ignorarla.

Tosca de Zeffirelli en el Met
Lo que ha pasado en el Met no es un accidente ni una mala racha. Es el síntoma de algo más profundo: el modelo de financiación de la gran ópera occidental está roto. En Europa, la subvención pública sostiene los grandes teatros, a pesar de los recortes y las polémicas. En Estados Unidos, la filantropía privada ha sido siempre el pilar, pero ese pilar ha comenzado a ceder. Los grandes donantes envejecen y mueren sin que una nueva generación de mecenas los sustituya con la misma generosidad. El público joven no llena las butacas. Los costes de cada producción siguen subiendo y, con frecuencia, dejan mucho que desear y las viejas producciones son más atractivas e impactantes que las nuevas. La prueba la tenemos en la vieja pero maravillosa “La Boheme” de Zeffirelli que dirigía estos días Krel Chichon. Y la tentación de vender el nombre, la marca, la reputación acumulada durante más de un siglo, crece a medida que las cuentas no cuadran.

Producción reciente de Tosca en el Met
Gelb ha dicho que buscará acuerdos similares con otros países. No ha querido decir cuáles. Me temo que la lista de posibles financiadores con dinero abundante y necesidad urgente de imagen cultural no es muy distinta de la lista que ya manejaba. En cuanto a los murales de Chagall, espero que permanezcan donde están. No por sentimentalismo, sino por coherencia: hay cosas que, una vez vendidas, no vuelven. Igual que la reputación. Gonzalo Alonso
En estos días celebramos el centenario de “Turandot” de Puccini. Disfruten la representación en el MEt con regia de Franco Zeffirelli





















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