Critica: Janine Jansen, Las cuatro estaciones de Vivaldi, algo más y algo menos
Janine Jansen, Las cuatro estaciones de Vivaldi: algo más y algo menos
R. Dubugnon: Piccolo concerto grosso, op. 87. Nino Rota: Concerto per l’archi. F. Geminiani: Concerto grosso nº 12. A, “La Folìa”. A. Vivaldi: Las cuatro estaciones. Janine Jansen, violín. Camerata Salzburg, Gregory Ahss, violín y director. Impacta Conciertos. Auditorio Nacional, Sala Sinfónica, aforo completo. 26-04-2026.

Janine Jansen
Las Cuatro Estaciones de Vivaldi, ese icono cultural inmarcesible, fue el título genérico elegido para este concierto en el que Janine Jansen, la excelente y mediática violinista neerlandesa atrajo a un público multitudinario (lleno hasta la bandera), bastante diferente al habitual en el Auditorio: una media de edad considerablemente reducida, con bastantes jóvenes vestidos de esa manera a la vez casual y acomodada que lo mismo se puede encontrar en la Facultad de Derecho que en un concierto de Taylor Swift. Incluso padres con niños. No es de extrañar que los aplausos interrumpieran todas las pausas entre movimientos hasta bien entradas las esperadas Cuatro Estaciones, ya en la segunda parte del concierto. Esto no es en absoluto una queja: la calidez y espontaneidad del público nos parece una virtud, y del mismo modo que no se puede respirar y tragar al mismo tiempo. carece de sentido quejarse de la falta de renovación del público al mismo tiempo que objetamos su desconocimiento de la etiqueta exigible.
Algo más, aparte de Las Estaciones, hubo en la primera parte de este concierto bien hilvanado en torno a dos ejes: el cronológico, en sentido contrario al habitual, desde obras actuales (Dubugnon, 2020), y pasando por Nino Rota (1965), hasta el barroco de Geminiani (1729) y Vivaldi (1725); y el eje formal, que confrontaba el concerto grosso (Dubugnon y Geminiani) con el concerto solista vivaldiano. Desde el primer momento se pudo constatar la calidad de la prestigiosa Camerata Salzburg, orquesta de cuerda que presentó una formación de veinte atriles (5-5-4-3-2 y clavecín) con instrumentos modernos afinados, bien ensamblados, de timbre satinado y homogéneo, en la clara tradición clasicista que les es propia, si bien en todo momento tocaron de pie, a la barroca.
El Piccolo concerto de Richard Dubugnon (Lausana, 1968), un compositor de quien Janine Jansen se ha convertido en valedora, enfrentó un concertino a cuatro con Jensen y Gregory Ahss como violines primeros al ripieno con clave de la Camerata, también a cuatro partes. La atractiva escritura, probablemente modal, alternando un melodismo de efectos sonoros con pasajes acórdicos, unísonos vibrantes y contrapunto imitativo, no hace ascos a la tonalidad ocasional, en la senda de ese nuevo melodismo que no disgustaría a jazzistas como Joshua Redman o Brad Mehldau.
Retirados Janine Jansen (que no volvió al escenario hasta la segunda parte) y el clave, tanto el Concerto per l’archi de Nino Rota como el concerto grosso La Folía de Geminiani fueron dirigidos por el concertino Gregory Ahss. La música de Rota, el celebrado compositor de Fellini y tantos otros cineastas, es de un melodismo seductor, no de formas regulares, pero con contramelodías, acompañamientos y contrapuntos que la realzan sin restarle protagonismo, todo ello en un marco armónico de tonalidad extendida. Un buen ejemplo de la música reivindicada por John Mauceri en su reciente libro La guerra y la música (2022), donde defiende la tradición tonal de la segunda mitad del siglo XX triturada por la Vanguardia, que arrinconó a compositores como Rota al rincón de la enseñanza y la música cinematográfica.
Volvió el clave al centro del escenario para la interpretación del Concerto Grosso La Folía, donde Geminiani despliega su inventiva transformando la Sonata para violín Op. 5, nº 12 de su maestro Corelli en una obra para orquesta, sobre el bajo de la Folía, a modo de variaciones, en excelente interpretación de la Camerata, de nuevo con destacadas intervenciones de Ahss y del cello Stefano Guarino.
Y tras el descanso, el plato fuerte de la jornada, con Janine Jensen de nuevo en escena, reviviendo su afamada grabación de Las cuatro estaciones de 2004, éxito mundial de vistas en YouTube y de ventas en la entonces pujante iTunes. La falta de espacio aconseja limitar la reseña a lo fundamental. En primer lugar, hay que glosar la excelencia de Jansen como violinista, su virtuosismo, su fraseo, su energía y su carisma, si bien la calidad y proyección de sonido en directo dista algo del color y la presencia de las grabaciones. En todo caso, soberbia. En cuanto al estilo, cabría recordar aquí que, en nuestros días, y tras aquellas primeras y ya lejanas décadas de histericismo (tomo la expresión de Ana García Urcola), con Harnoncourt como mascarón de proa (recuerden sus Estaciones, con aquel famoso Largo de “El Invierno”, que parecía acompañado por una mbira enmohecida), triunfa en nuestros días una tercera vía en la que confluyen historicistas que han conquistado sonido, color y expresividad (Giuliano Carmignola junto a Sonatori de la Gioiosa Marca sería hoy día una referencia ineludible para las Cuatro Estaciones), y formaciones con instrumentos modernos que han aprendido la lección de la interpretación históricamente informada (reducción de la masa orquestal, articulación variada, ornamentación imaginativa, tempi más ligeros, vibrato temperado, etc.).
A este segundo grupo corresponde la versión que nos ocupa, si bien la densidad de sus veinte atriles queda lejos de los ocho de aquella exitosa grabación de Jansen, y se echa de menos (algo menos) un continuo más rico y colorido, una mayor variedad en las articulaciones (predomina en exceso, a nuestro entender, la frase legato), y un exceso de sonoridades tersas y ataques sedosos. Sirva como ejemplo el Allegro final de El Otoño, una cacería elegante como una danza cortesana, de amable sonido clásico. En sentido contrario, como ejemplos de asimilación de lo informado (no en vano la formación estuvo varios años bajo la dirección de Sir Roger Norrington), podrían señalarse alguno de los animados tempi elegidos, las sonoridades ásperas en algunos acompañamientos (Largo de La Primavera; Allegro inicial de El Invierno), el sentido dramático y la excelente gradación de matices, tanto por frases como por efectos puntuales, siempre dentro de una contención clasicista que es marca privativa de la casa.
Los aplausos fueron vigorosos e insistentes hasta que Jansen concedió como bis la repetición de la tormenta de “El Verano”. La ovación se volvió entonces un delirio. Un completo éxito para Impacta y para todos los públicos. Emilio Fernández Álvarez






















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