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Por Publicado el: 16/05/2026Categorías: En vivo

Critica: Pedro Halffter y la Orquesta Sinfónica de Madrid; los sueños, el cine y una monumental Quinta de Prokófiev.

Pedro Halffter y la Orquesta Sinfónica de Madrid; los sueños, el cine y una monumental Quinta de Prokófiev

Obras de Fernández-Barrero, John Williams y Sergéi Prokófiev. Orquesta Sinfónica de Madrid. PEDRO HALFFTER, Director. Auditorio Nacional, Sala Sinfónica. 13-05-2026.

Pedro Halffter y la Orquesta Sinfónica de Madrid; los sueños, el cine y una monumental Quinta de ProkófievObras de Fernández-Barrero, John Williams y Sergéi Prokófiev. Orquesta Sinfónica de Madrid. PEDRO HALFFTER, Director. Auditorio Nacional, Sala Sinfónica. 13-05-2026.

Pedro Halftter

El atractivo concierto ofrecido este miércoles por la OS de Madrid con Pedro Halffter al frente, comenzó con la ejecución del Nocturno Sinfónico de Marcos Fernández-Barrero, obra ganadora del IX Premio de Composición AEOS-Fundación BBVA (2017). Breve, atonal y dividida en dos fragmentos titulados “Somnolencia” y “Pesadilla”, la obra se asoma desde la pureza del sonido al mundo de los sueños, las imágenes y personajes con que el inconsciente tiene a bien habitar nuestras horas nocturnas. Buen trabajo textural, de notable refinamiento tímbrico, con buena gradación de dinámicas y amplia presencia de la percusión. Fernández-Barrero, presente en la sala, fue llamado al escenario para recibir los aplausos de reconocimiento del público.

John Williams, como Ennio Morricone, distinguía claramente en su producción entre partituras cinematográficas (firmemente asentadas en la tonalidad y un talento extraordinario para la melodía) y obras de concierto, donde no prescinde de la atonalidad o las series dodecafónicas. Deliberado o no, el emparejamiento de su Concierto para tuba con la Quinta Sinfonía de Prokófiev es un acierto, porque permite al oyente contrastar dos estilos más emparentados de lo que a primera vista pueda parecer. Ismael Cantos, tuba solista de la Orquesta, fue el encargado de interpretar esta difícil partitura, en tres movimientos sin solución de continuidad. Cantos se lució especialmente en la cadencia que culmina el primer movimiento, en la que exhibió un hermoso sonido, aliento y proyección, además de lucir su técnica de triple articulación, nada fácil en su instrumento. Los calurosos aplausos del público fueron correspondidos con una hermosa propina: un arreglo para orquesta y tuba solista del Cant dels ocells, la pieza folclórica catalana convertida en un emblema por Pau Casals, propina que, como es costumbre, no fue anunciada.

La Quinta Sinfonía de Prokófiev, joya del repertorio sinfónico y, como la Quinta de Shostakovich, escrita a contraluz de la guerra y el miedo, es sin duda obra de mayor enjundia y envergadura que el Concierto para tuba de Williams, pero ambas, como antes apuntamos, comparten muchos rasgos característicos. En primer lugar, la vitalidad rítmica, enriquecida con cambios constantes de tempo y compás. Ambos autores son también grandes melodistas, si bien de perfil anti romántico: sus melodías, no estructuradas en períodos regulares y de perfil angular, aparecen fragmentadas e interactúan zigzagueando de un modo impredecible. También en ambos autores la armonía abraza un estilo ostensiblemente diatónico, pero con cambios de tonalidad constantes, uso sistemático de armonías disonantes y texturas densas que pueden desdibujar la línea melódica si el director no acierta en el equilibrio sonoro. Sin la menor duda, John Williams se habría sentido feliz de firmar el scherzo o el tema principal del rondó de la Sinfonía de Prokófiev.

No es difícil aventurar que la Sinfónica de Madrid experimenta cierto alborozo festivo cuando deja el foso del Teatro Real para actuar en su ciclo del Auditorio, donde puede brillar con menos cortapisas. Engrosada progresivamente en sus efectivos (de cuatro a seis contrabajos en las dos primeras obras, para culminar con ocho en la Sinfonía de Prokófiev), merecen especial mención la timbalera Irene Rodríguez, Álvaro Vega (corno inglés), Pilar Constancio (flauta) y la sección de metales por sus excelentes prestaciones en, respectivamente, la obra de Fernández Barrero y los solos en el segundo tiempo y la fanfarria en el tercero del Concierto para tuba. Muy bien la cuerda, y excelente la percusión en la famosa culminación del primer movimiento de la Sinfonía de Prokófiev, sin timideces, con plato suspendido y TamTam (gong) arrancando un aplauso intempestivo del público al final del movimiento.

Hierático, falto de expresión gestual en opinión de quien suscribe, pero pulcro y eficaz, Pedro Halffter abordó con competencia estas tres obras, difìciles para cualquier director. En el Nocturno Sinfónico se limitó a marcar con claridad la pulsación, evitando descuadres. Menos comprensible es que continuara haciéndolo, casi sin más, en las siguientes obras. Su buen trabajo de dinámicas destacó sin embargo en el Concierto para tuba, donde cuidó casi con mimo el sonido del instrumento solista, siempre sobrevolando a la orquesta. Pero faltó expresividad en los pasajes líricos, por ejemplo, en el motivo que remata el primer tema del primer movimiento de la Sinfonía, que merecía mayor atención en el fraseo, o la rutinaria introducción lenta al rondó. Mucho mejor los pasajes rítmicos y aquellos otros en los que la orquesta pudo mostrar libremente su potencial sonoro, como en el scherzo del segundo movimiento, que fue una delicia, con un Trío muy bien acentuado. Eligió sin embargo un tempo algo más rápido de lo habitual en el Adagio (tercer movimiento), lo que restó sombras y pesimismo al fragmento (¡qué absurda la comparación, según algunos, con los tresillos de la Claro de luna de Beethoven!). Muy bien presentado el tema del Rondó, y excelente y muy vigoroso su final.

El público, que ocupó tres cuartos del aforo del Auditorio, despidió con fuertes aplausos y algún bravo final al director y a los componentes de la cada vez más apreciada orquesta madrileña. Emilio Fernández Álvarez

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