Critica: Ángeles Blancas se hace Medea en la recreación novedosa de Sánchez Verdú
TEMPORADA 2025-2026 del Palau de la Música. Orquestra de València. Programa: Obras de Beethoven y Sánchez Verdú. Solista: Ángeles Blancas (soprano). Director: Alexander Liebreich. Lugar: Palau de la Música. Entrada: Alrededor de 1.400 espectadores. Fecha: viernes, 15 mayo 2026

Ángeles Blancas y Alexander Liebreich
El estreno absoluto de Medea, enorme partitura de José María Sánchez Verdú (1968) nacida como fruto de su estatus de compositor residente de la Orquestra de València, era uno de los acontecimientos más esperados de la temporada. Como era previsible, dada la trayectoria y personalidad creativa del creador algecireño, esta nueva aproximación al mito griego ha llegado repleta de registros, novedad y sugestiones. También de esas tímbricas y sonoridades características que marcan un lenguaje propio, único e inconfundible en el panorama de la actual música española.
El estreno de esta flamante Medea se ha beneficiado del cuidadoso trabajo de Alexander Liebreich y sus músicos valencianos, pero sobre todo del formidable protagonismo de una Ángeles Blancas metida en carne y hueso en una partitura y un personaje que parecen ideados a la medida de la reconocida “animal de escena” que es la veterana soprano muniquesa. Canto, gemidos, gritos, rugidos, la propia respiración de la angustia, cabreo, odio, rabia…. Personalidad, arrojo, convicción y una voz que surca los contrastes vocales y dramáticos fueron señas de identidad de tan ideal y desgarrada recreación.
El texto de esta recién nacida Medea se basa en retazos de versos del poemario homónimo de la poeta y filósofa española Chantal Maillard (Bruselas, 1951). Desde esta sugestión en forma de pinceladas, de brochazos que son dardos de dolor y rencor, Sánchez Verdú construye un sutil y corpulento fresco sonoro. Casi tres cuartos de hora estructurados en tres grandes partes, o “tres libros”, como precisa la partitura, que se desarrollan sin solución de continuidad. Un viaje “desde el mundo de los muertos” a la huida de Medea a Atenas en su carro guiado por serpientes, tras consumar su venganza, evocando, como señala Paco Yáñez en las notas al programa de mano, “el final de la tragedia de Eurípides, el momento en el que el ‘animal conoce su senda’”.
Fiel a su propia escritura y modo compositivo, Sánchez Verdú despliega un gigantesco dispositivo instrumental que desborda los límites de la orquesta sinfónica: no solo en el modo novedoso de utilizar los instrumentos convencionales, también con la incorporación de otros ajenos, como el carnyx, un remoto instrumento de viento celta de la Edad del Hierro, que aquí, al final, se revuelve sobre sí mismo en su particular arquitectura vertical como postrero desgarro de Medea.
Es la culminación de una obra espacial, en la que hay instrumentistas distribuidos en los rincones y esquinas de la sala, que producen esas resonancias, ecos y estudiados efectos acústicos y tímbricos característicos en el universo de Sánchez Verdú. En tal opulencia y originalidad sonora, el canturreo impertinente y confundido de varios móviles del público parecieron sumarse a le exploración acústica de la partitura. Cómico y lamentable a un tiempo.
Fueron puntos de desconcierto y sorpresa. Anécdotas en una interpretación en la que hay que aplaudir sin reservas a todos, desde Abraham Cupeiro con el carnyx, a cada profesor de la Orquestra de València y a los muchos “aumentos” que han intervenido en la interpretación de una obra cuyos enormes requerimientos numéricos y las no menos exigencias y singularidades instrumentales dificultarán su asentamiento en los escenarios. Algunos espectadores -en torno a setenta- abandonaron la sala durante el estreno. Los que se quedaron hasta el final, aplaudieron con ganas a intérpretes, al propio compositor y especialmente a la gran heroína de la noche, Ángeles Blancas.
El admirable trabajo concertador de Alexander Liebreich no encontró correspondencia en la Primera sinfonía de Beethoven que preludió el estreno. Tiempos muy rápidos y vehementes, particularmente en un Menuetto que fue incluso más allá del “Allegro molto e vivace” que marca la partitura. Versión nerviosa, hasta inquieta, bien tocada y enunciada desde una generosa sección de cuerdas (12, 10, 8, 6, 4) excedida en decibelios y énfasis.
Beethoven en tierra de nadie: lejos de remilgos historicistas, pero también de excesos romanticoides. Casualmente, y a la misma hora, mientras en el Palau de la Música la Orquestra de València tocaba esta inquieta Primera sinfonía, en el otro Palau, el vecino de Les Arts, Perianes y la Orquestra de la Comunitat Valenciana interpretaban el Primer concierto para piano de Beethoven desde presupuestos estéticos bien distintos. Cosas de la vida… Justo Romero
Publicado en el diario Levante el 16 de mayo de 2026.





















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