Cosas de don Joaquín: el amor de una traviata, el jamón de Trévelez y un buen vino
COSAS DE DON JOAQUÍN
EL AMOR DE UNA TRAVIATA, EL JAMÓN DE TRÉVELEZ Y EL BUEN VINO

Gioachino Rossini
Hay que tener muchos bemoles -el término viene al pelo para la ocasión y fueron grandiosos ad aeternum- en la vida y post mortem de don Joaquín Antonio Rossini (en el mundo mundial, Gioachino Rossini), para retirarse a los 38 años, en estado de plena gracia intelectual, absoluto reconocimiento y pleitesía en el mundo de la composición lírica, valorado y cantado per tutti quanti, dotado de una inmensa fortuna merced a dicha labor, y dejar, súbitamente, de componer ópera (39 en total).
Misterio, por cierto, nunca aclarado a ciencia cierta, aunque la verdad puede ser más sencilla: se cansó de darle caña al pentagrama para las representaciones escénicas y se dedicó al buen vivir y mejor comer. En plan finolis francés, todo un bon vivant et gran gourmet.
Dos piezas rossinianas fuera del especifico campo operístico, cual son la cantata Giovanna d’Arco y la secuencia litúrgica Stabat Mater, tienen un marcado acento español que bien merecen ser contados, tanto por su singularidad como por constituir un fiel reflejo de la gran personalidad del llamado ‘Cisne de Pesaro’.
Rossini queda viudo de su primera esposa, madrileña de nacimiento, la española Isabel Ángela Colbrán Ortola -para la lírica Isabella Colbran– el 7 de octubre de 1845. Considerada en su momento como la mejor mezzosoprano y/o soprano de coloratura (en aquel tiempo la crítica no era tan tiquismiquis como en la actualidad) estando dotada, a la vez, del elegante ejercicio de un amplio trabajo en la composición musical, preferentemente canciones, a la que su viudo consideró cual su musa y declaró siempre que fue una de las más brillantes intérpretes de su obra, componiendo para ella, a modo de ejemplo, el papel principal de la ópera Semiramide, entre otras más.
Falleció a la edad de 60 años, habiendo tenido ciertos momentos maritales de convivencia difícil propios de las consecuencias de las libertinas conductas de su esposo y por la pugna entre el divismo de ambos.
Don Joaquín que era unos de los habituales deambulantes de la licenciosa noche parisina, ya libre de ataduras matrimoniales, enseguida se prendó de la bellísima cortesana de las altas esferas de París -una traviata en lenguaje verdiano- Olympe Pelissier, a la luz del cuadro que de ella pintó, mostrando un pecho descubierto, Emile Jean Horace Vernet. Fue pareja de Honoré de Balzac. Mediocre actriz teatral, sus hermosas corporeidades físicas y su buen sentido en el uso de estas, ya le habían dejado un interesante acerbo financiero.
Lo cierto es que Rossini (ya en una fase de serias complicaciones de una doliente y consolidada gonorrea) y Pelissier contraen matrimonio, el 16 de agosto de 1846, y aquella mujer de vida licenciosa cambia totalmente de conducta (¡ay Violeta Valery y Alfred Germon!) y se dedica con una entrega absoluta a su decadente crápula esposo que ya estaba para pocos trotes, menos para yantar y libar; amén de ser una excelente administradora de la inmensa fortuna de Gioachino (mucha proveniente de la época Colbran), como él mismo lo reconocía ante las altas esferas parisinas a quien quisiera oírlo, dándole a ella, con dicho matrimonio, la aceptación social de la que antes carecía.
Se preocupó de su limpieza y aseo personal, de ser una esmerada enfermera, de que en su mesa no faltara ningún detalle de elegancia y mejor estilo, y de que su atuendo fuera incluso envidiado dentro de la más alta nobleza francesa. Ella se encargaba de aquilatar las listas de los grandes dignatarios que acudían a las envidiadas veladas musicales que eran muy frecuentes en su gran mansión de la localidad de Passy (hoy ya integrada en el gran París). A tal excepcional cuidadora Rossini dedicó la cantata Giovanna d’Arco, estrenada por quien fue la gran contralto Marietta Alboni el 1 de abril de 1859. Hecho que tuvo lugar en la citada gran mansión de Passy.
Hasta aquí, la única vinculación de Rossini con España es su matrimonio con la gran Colbran, pero a partir de este momento, dentro del cometido analítico histórico relativo a la composición de la secuencia litúrgica de la maravillosa construcción del Stabat Mater, el reino de España tiene una presencia fundamental para llevar a buen término el final de la aludida composición musical, junto con el inequívoco reclamo de la fama rossiniana en el comer y beber.
Así que, ¡ea!, ¡vamos a la mesa!

Giorgio Ronconi
El barítono Giorgio Ronconi (1810, Milán – 1890, Madrid), gran amigo de Rossini, que tuvo la fortuna de estrenar el papel principal de la ópera verdiana Nabucco en 1892, recibió en su hogar granadino, una carta del gargantúa Gioachino, en la que, entre otras cosas, le comentaba que “¡Me faltan violines y la orquesta no suena!”; y usted pensará que el pobre hombre se encontraba en un auténtico delirio mental. ¡Pero no!
Lo que estaba comentando a su buen amigo era que su alacena se encontraba muy corta de jamones y sus digestiones tenían el resultado de una meliflua sonoridad. Y aquí se engarza una historia realmente interesante para aquellos melómanos, enamorados de la lírica, que no aparece en los pentagramas, pero que está debajo de los mismos, siendo preciso bucear para alcanzar su encuentro.
Para completar el trio concertante de este acontecer, entró en juego el escritor de Guadix (accitano por gentilicio y granadino por encuadramiento provincial) Pedro Antonio de Alarcón. Ya tenemos a un compositor, a un cantante y a un afamado escritor. Rossini llega a Madrid en febrero de 1831 y fue tal la fama que le precedió que tuvo que visitar al mismísimo rey felón Fernando VII, y acudir a otros agasajos entre los que tuvo lugar una cena muy especial.
Fue en la casa del abate Manuel Fernández Varela, quien coincidía con don Joaquín en el arte del buen comer y, precisamente, en semejante encuentro alrededor de una bien nutrida mesa, donde Rossini descubrió el jamón que se curaba en la también localidad granadina de Trévelez (el primero con denominación de origen, como se dice ahora para catalogar a los buenos caldos etílicos).
Rossini disfrutó de lo lindo dando buena cuenta de dicho pernil de marrano, así como de la compañía de Mariano José de Larra y Sánchez de Castro, eminente romántico, político y cronista o periodista (al uso designativo actual), de quien quedó absorto al descubrir que el seudónimo de “Figaro” lo había adoptado de su famosa ópera Il barbiere di Siviglia.
Y de nuevo aparece la magia, pues de aquella cena (seguro que copiosa) nace el compromiso de Rossini en componer, antes de fallecer, su Stabat Mater, estrenándose en Madrid dos años más tarde, concretamente en la iglesia del convento de San Felipe el Real, el Viernes Santo de 1833, para inmenso gozo del sacerdote Varela, quien a su vez (quizá esto pesara también en la decisión del músico) era gran amigo del protector de don Joaquín, el banquero don Alejandro María Aguado y Remirez de Estenóz (en francés Alexandre Aguado), marqués de las Marismas del Guadalquivir, proveedor del mariscal Soult, y propietario del afamado vino Château Margaux.
Lógicamente el ya resabiado compositor de Pesaro no podía estar lejos de un gran jamón (lo sigue siendo) y de un excelente zumo de uva fermentada. Rossini compuso su Stabat Mater bajo una condición, que con el tiempo no fue cumplida, cual era que la obra no podía ser vendida ni publicada -obligación violada al poco- recibiendo en contraprestación, del ya archidiácono Varela, una tabaquera de oro, encastrada con diamantes, a buen seguro contando para ello con la generosidad crematística de Monsieur Aguado.
“La música es una necesidad. Después de la comida, el aire, el agua y la calefacción, la música es la siguiente cosa necesaria en la vida. Simplemente, un lujo”. Keith Richards (Rolling Stones)




















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