Obituario de Mercedes Sánchez del Río, el tesón del agente
Obituario
Mercedes Sánchez del Río, el tesón del agente

Mercedes Sánchez del Río
Mercedes Sánchez del Río ejemplificaba la imagen del agente que se desvive por sus artistas, que presiona hasta lo indecible para que teatros, auditorios y sociedades de concierto los programen. Era una luchadora tenaz, manera de ser que conciliaba con una personalidad exquisita y sensible. Trabajó durante años en Conciertos Vitoria, con la legendaria Felicitas Keller, hasta que se independizó en 1993 para abrir su propia agencia. Fue, también, secretaria, amiga y brazo derecho de Teresa Berganza. Pero era, sobre todo, una bellísima y apasionada persona. Ha muerto en pleno tiempo de esos festivales que ella tanto disfrutaba, el domingo pasado, 23 de agosto. Como ha escrito Arturo Reverter, con ella se va “una persona generosa, cálida, entrañable”.
Mercedes, madrileña de cuna, de la calle Atocha, era una melómana furibunda. Había estudiado canto (con Fernando Navarrete, en el Conservatorio Superior de Música de Madrid), y desde siempre mostró su insobornable pasión. Adoraba a los músicos tanto como a la propia música. Gustaba contar sus inacabables anécdotas y vivencias, con Teresa (Berganza), con Pavarotti (al que consiguió traer a Madrid, para ofrecer un histórico recital, el 11 de mayo de 1991, en el Auditorio Nacional), y con un sinnúmero de artistas y estrellas. Eran sus ídolos y amigos. Como Jessye Norman, Mstislav Rostropóvich, Josep Colom o Krzsyztof Penderecki. Ella misma lo contó no hace tanto, el pasado 20 de abril, cuando habló de ellos en una tertulia promovida por la Asociación Wagneriana de Madrid.
Recordaba con cariño, orgullo y humor sus largos días en Dresde, con Teresa, cuando la diva madrileña grabó, en 1978, La Clemenza di Tito, con Karl Böhm y un reparto en el que también estaban Julia Varady, Edith Mathis, Peter Schreier y Theo Adam. “¡Imagínate! Allí, en plena Alemania Oriental, estábamos todos, y tan contentos, comiendo, bebiendo, riendo y mozarteando”.
Defendía a sus artistas con uñas y dientes. Y batallaba por ellos con tenacidad inagotable. En este sentido, tenía madera de agente chapada a la antigua, que no iba al socaire del viento que corría en cada momento. Su lealtad y empeño entonaban con su pasión. Fueron muchos los artistas que en su larga carrera se beneficiaron de esta entrega incondicional. Grandes y menos grandes. Todos encontraban en sus manos máximo empeño. Solo por citas algunos nombres: Jan Latham-Koenig, Yoav Talmi, Alexánder Dmitriev, Moshe Atzmon, Uto Ughi, Anne Akiko Meyers, Alexander Rahbari, Ralph Kirshbaum, Raymond Leppard, Ígor Oistraj o Josep Colom, por el que se desvivió pese al esnobista viento en contra que entonces (años noventa) corría por España.
En 2010, cuando los problemas de visión se agudizaron, traspasó su agencia de conciertos a la pianista Carolina Bellver y a la soprano Cecilia Lavilla Berganza, hija de su querida Teresa. Pero no fue el final de su vida musical. Y hasta su muerte el pasado martes, no cesó de asistir y participar en mil actos, siempre acompañada por alguien de su confianza que, además, hacía de lazarillo. Recuerdo la última vez que la vi, en febrero del pasado año, en Cáceres, en el Festival Atrium Musicae, de Antonio Moral. Allí estaba, prácticamente ciega, pero con la misma sonrisa, afabilidad entusiasmo y melomanía de siempre. Disfrutando de la música, de los amigos y de los recuerdos de una vida rica y maravillosamente vivida. Seguro que andas por dios sabe dónde reencontrándote con tantos artistamigos que se fueron antes que tú. Un beso. Justo Romero




















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