Colofón del Festival de Perelada con la Orquesta del Festival de Bayreuth
Colofón del Festival de Perelada con la Orquesta del Festival de Bayreuth
El concierto de la Orquesta del Festival de Bayreuth en el Palau de la Música Catalana ha servido como clausura de la edición de verano del Festival Perelada y, al mismo tiempo, como inicio de la gira española con la que la formación alemana celebra los 150 años del Festival de Bayreuth.
La coincidencia con el 40.º aniversario de Perelada convirtió la cita en un acontecimiento especialmente significativo, además de ser la primera actuación de la orquesta en el Palau. El concierto, con todas las localidades ocupadas, reunió a Pablo Heras-Casado como director y a Catherine Foster, Klaus Florian Vogt y Nicholas Brownlee como solistas.

Heras Casado Festival de Perelada Orquesta del Festival de Bayreuth
El programa estuvo dedicado íntegramente a El anillo del nibelungo, condensando las cuatro jornadas de la monumental tetralogía wagneriana en una selección de escenas y fragmentos. El recorrido respetó el orden de las obras —El oro del Rin, La valquiria, Siegfried y El ocaso de los dioses— y permitió seguir, sin necesidad de escenografía, la evolución del relato desde el nacimiento del mundo de los dioses hasta su destrucción final. La propuesta pretendía evitar la sensación de una simple sucesión de números y construir un discurso musical continuo.
La dirección de Pablo Heras-Casado fue concebida precisamente con esa finalidad. El director granadino mantiene una relación estrecha con la formación de Bayreuth desde su debut allí con Parsifal en 2023 y asumirá en 2028 el ciclo completo de El anillo, convirtiéndose en el primer director español en hacerlo en el festival alemán. En Barcelona planteó una lectura que buscó mantener la tensión dramática incluso en los pasajes más reposados, organizando con precisión una masa orquestal de grandes dimensiones. La disposición de los músicos sobre el escenario del Palau permitió, además, escuchar y contemplar la formación desde una perspectiva muy diferente de la habitual en Bayreuth, donde la orquesta permanece oculta bajo el famoso foso cubierto.
El comienzo correspondió a la entrada de los dioses en el Valhalla, procedente de El oro del Rin, con Nicholas Brownlee como Wotan. La orquesta fue ampliando progresivamente su sonoridad hasta llenar la sala, mientras el bajo-barítono estadounidense aportaba una voz sólida y autoritaria. En La valquiria, Klaus Florian Vogt asumió el monólogo de Siegmund Ein Schwert verhieß mir der Vater, conservando la característica claridad y luminosidad de su instrumento y proyectándolo limpiamente sobre el tejido orquestal. Brownlee regresó después para el Leb wohl, du kühnes, herrliches Kind!, la despedida de Wotan a Brünnhilde, uno de los momentos emocionalmente más intensos de la primera parte. Heras-Casado graduó el dramatismo sin precipitarlo y la orquesta acompañó el dolor paterno hasta la aparición del fuego.
Siegfried aportó otro de los momentos destacados de esta primera sección. El llamado «murmullo del bosque» permitió apreciar especialmente el trabajo de las maderas, que evocaron la naturaleza mientras los metales quedaban temporalmente en segundo plano. El reencuentro de Siegfried y Brünnhilde recuperó posteriormente toda la potencia del conjunto. Catherine Foster, soprano estrechamente vinculada a Bayreuth, se incorporó como Brünnhilde junto a Vogt. Ambos abordaron Ewig war ich…, expresando el desconcierto y la exaltación de unos personajes enfrentados a un amor capaz de transformar el orden establecido.
La segunda parte estuvo dedicada por completo a El ocaso de los dioses. Tras el impulso heroico inicial del viaje de Siegfried por el Rin llegó la muerte del protagonista, en la que Vogt combinó resistencia y fragilidad. Pero el verdadero punto culminante fue la marcha fúnebre de Siegfried, interpretada sin voces y convertida en una amplia recapitulación musical de toda la tetralogía. Heras-Casado construyó su progresión con firmeza hasta el estallido de los metales, mientras la Orquesta del Festival de Bayreuth demostraba su particular familiaridad con el lenguaje wagneriano, tanto por la compactación del sonido como por la precisión de sus respuestas dinámicas.
El desenlace quedó en manos de Foster, que afrontó la gran escena final de Brünnhilde, Starke Scheite schichtet mir dort. La soprano mostró la determinación de una protagonista que, después de descubrir la traición y comprender las consecuencias del conflicto, se encamina hacia la destrucción. La orquesta recuperó los principales recuerdos musicales de la tetralogía hasta conducir el discurso hacia el incendio del Valhalla y el retorno del oro al Rin.
La recepción fue entusiasta. Los solistas, Heras-Casado y la orquesta recibieron prolongados aplausos y numerosos «bravos», que se extendieron durante casi diez minutos. Como bis, la formación ofreció la Cabalgata de las valquirias, donde los metales volvieron a exhibir su potencia y precisión bajo una dirección particularmente enérgica.
La velada añadió así un nuevo capítulo a la larga tradición wagneriana del Palau de la Música, vinculada a Barcelona desde el siglo XIX. Para Perelada, la clausura de sus cuarenta años adquirió una dimensión excepcional al reunir su aniversario con el siglo y medio de Bayreuth. El resultado fue un encuentro entre dos festivales de perfiles muy diferentes pero unidos por su relación con Wagner y con la ópera, protagonizado por una orquesta que rara vez abandona su sede habitual y que permitió al público catalán escuchar directamente el sonido asociado al teatro que Wagner concibió para su obra.



















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