Crítica: Ciento dos vueltas de tiovivo. ‘Manon Lescaut’ vuelve al Teatro Real para inaugurar la temporada 2026/27
Ciento dos vueltas de tiovivo
Manon Lescaut de Puccini. Sondra Radvanovsky, Lucas Meachem, Michael Fabiano, Pietro Spagnoli, Alejandro del Cerro, Javier Castañeda, Mikeldi Atxalandabaso, Mercedes Gancedo, Javier Franco. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Dirección musical: Nicola Luisotti. Dirección de escena: Carlos Wagner. Escenografía: Frank Philipp Schlößmann. Vestuario: Jon Morrell. Iluminación: Nicol Hungsberg. Dirección del coro: José Luis Basso. Teatro Real. Madrid, 23 de septiembre de 2026.

Imagen de la producción de Carlos Wagner
El Teatro Real dio a conocer Manon Lescaut en Madrid el 4 de noviembre de 1893, apenas después del estreno turinés, la mantuvo en cartel hasta 1924 y después se olvidó de ella. Madrid sólo volvió a escucharla en la Zarzuela, allá por 1978, y los aficionados de mi quinta todavía recuerdan aquellas funciones en las tertulias del entreacto, probablemente porque la cantaron Plácido Domingo y Eva Marton. Ciento dos años de silencio para la ópera que convirtió a un músico de Lucca en figura internacional. No hay explicación razonable.

Tío vivo
Conviene recordar lo que Puccini se jugaba. Massenet había paseado su Manon por media Europa y a cualquier editor sensato le parecía temerario regresar al relato de Prévost. El toscano contestó que una mujer así bien podía inspirar a dos compositores, y que la suya no olería a pelucas y rapé, sino a una passione disperata. Acertó. Turín se rindió aquella noche de febrero y un año después George Bernard Shaw, que entonces se ganaba la vida como crítico musical, escribió que de todos los aspirantes era aquel joven quien más se parecía al heredero de Verdi. Uno envidia a veces el olfato de los colegas de otro siglo, hasta que recuerda cuántos erraron.
Para la ocasión, el Real se ha asociado con la Oper Köln, que estrenó hace justo un año este montaje de Carlos Wagner. Todo gira, y nunca mejor dicho, en torno a un carrusel de feria que Frank Philipp Schlößmann transforma a cada acto: tío vivo en el inicio, escaparate de lujo en casa de Geronte, celda circular en los muelles de Le Havre y, al final, una plataforma desnuda sobre la que se apaga la protagonista.
La acción se traslada a una Italia de posguerra con aroma de cine neorrealista, y la tesis es clara: esta Manon no es una caprichosa, sino una muchacha pobre que sólo dispone de su belleza para salir adelante. La idea tiene fuste. El problema es la insistencia. Wagner subraya con el mismo trazo grueso la avaricia de Geronte, el proxenetismo del hermano y los celos posesivos del amante, y cuando todo se señala con el dedo, el espectador se cansa. El cuarto acto, en un páramo sin asideros que obliga a los cantantes a sostener el drama a pecho descubierto, es cuando la propuesta encuentra su mejor momento.
Nicola Luisotti conoce foso y partitura, y se nota. Ha querido devolverle al joven Puccini su musculatura, esa escritura orquestal nerviosa y densa que anticipa todo lo que vendrá después, y la orquesta titular le responde con un sonido compacto y rico en colores. El intermedio que precede al acto tercero, donde la música cuenta lo que las palabras no alcanzan, fue lo más hermoso de la noche. Uno entiende lo que me contó, años ha, Gian Carlo Menotti: cuando su pareja, el director Thomas Schippers agonizaba: le pidió escuchar este intermedio.
Pero el entusiasmo se paga: durante buena parte del acto segundo, y en los concertantes que cierran el tercero, la marea instrumental cubre a los solistas, obligados a empujar más de lo prudente. Hay mucha tendencia últimamente al exceso de potencia. El coro debe cantar, no gritar y a los solistas no se les debe obligar a forzar.

Sondra Radvanovsky encabeza el reparto de este título de Puccini
La noche tuvo una dueña. Sondra Radvanovsky es de esas artistas que ya casi no existen: se lo juega todo en cada frase. Su voz es un torrente oscuro, de centro poderoso y agudos que atraviesan la sala como un cuchillo. Hay quien le afea el vibrato amplio y cierta aspereza en la emisión.
Posee un instrumento que ella gobierna con temperamento y, sobre todo, con una capacidad asombrosa para reducir ese volumen a un hilo de voz. “In quelle trine morbide” sonó a añoranza verdadera, sin almíbar, y “Sola, perduta, abbandonata” no fue un número para el aplauso, sino el último aliento de una mujer que comprende demasiado tarde. Lo que ya dejó apuntado en Londres hace una década se ha convertido aquí en madurez. Otra cosa es que ya no de ni físico ni vocalidad para el primer acto y quizá el segundo.
Michael Fabiano es otra historia. Tiene presencia, entrega y un metal que electriza cuando el personaje se desespera; su “No! pazzo son!” convenció. Pero Des Grieux empieza siendo un estudiante enamorado, y ahí el tenor norteamericano no encuentra la dulzura que la música le pide. Una tensión evidente en el paso hacia el agudo le impide doblegar la voz, y tiende a instalarse en un forte perpetuo que aplana los matices. Su “Donna non vidi mai” sonó esforzado donde debía sonar ingenuo. Actor convincente, cantante al que le sobra fuerza y le falta seda.

Escena final
Lucas Meachem dibuja un Lescaut noble de voz y de figura, lejos de la caricatura del hermano chulesco que tantas veces se ve. Pietro Spagnoli, con un instrumento que ya no brilla como antaño, da una clase magistral de cómo se hace odioso a Geronte a base de acentos, sin levantar la voz. Alejandro del Cerro presta a Edmondo frescura y desenvoltura, y el coro resolvió con holgura Amiens y el embarque de Le Havre. Queda por escuchar el segundo reparto, con Saioa Hernández y Jorge de León, que merecerá visita aparte.
El Real ha pagado, por fin, lo que debía. No con una producción memorable, pero sí con una protagonista que justifica el viaje. Y deja una lección que Puccini entendió antes que nadie: los personajes que no caben en una moraleja son los únicos que de verdad nos conmueven. Manon lleva ciento treinta años dando vueltas en el mismo tiovivo. Nosotros, ciento dos esperándola.





















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