Crítica: La verbena de la Paloma y sus añejos sabores triunfan en el Palau de Les Arts
La verbena de la Paloma y sus añejos sabores triunfan en el Palau de Les Arts
LA VERBENA DE LA PALOMA. Sainete lírico en un acto y tres escenas, con libreto de Ricardo de la Vega; música de Tomás Bretón. Reparto: Antoni Comas (Don Hilarión), Carmen Romeu (Susana); Ana San Martín (Casta); Borja Quiza (Julián); Gurutze Beitia (Tía Antonia); Emilio Sánchez (Don Sebastián); Milagros Martín (Señá Rita), etcétera. Dirección de escena y coreografía: Nuria Castejón. Escenografía: Nicolás Boni. Vestuario: Gabriela Salaverri. Iluminación: Albert Faura. Cor de la Generalitat Valenciana (director: Mario Torresa). Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: José Miguel Pérez Sierra. Lugar: València, Palau de les Arts (Sala Principal). Entrada: Prácticamente Lleno. Fecha: miércoles, 4 noviembre 2026 (se repite los días 5, 7 y 8 de noviembre)

La propuesta de Nuria Castejón llega a Les Arts
© Miguel Lorenzo-Mikel Ponce
Recaló La verbena de la Paloma en el Palau de Les Arts con un triunfo claro de añejos sabores. Sin la claque ni los reventadores tan propios de su tiempo, como recuerda el texto de Álvaro Tato incluido en el “prólogo cómico-lírico” que completó la breve hora que dura el famoso sainete de Tomás Bretón. Desde su estreno, en el madrileño Teatro Apolo, el 7 de febrero de 1894, la castiza historia del boticario y viejo verde Don Hilarión, la coqueta Susana y el celoso Julián se ha convertido en uno de los emblemas más genuinos y exitosos del llamado “Género Chico”.
Ahora, en esta producción de 2024, procedente del Teatro de la Zarzuela y firmada escénica por Nuria Castelón, La verbena reaparece en un montaje realista y convencional, que enfatiza las aristas más costumbristas y madrileñas. Del sereno a los guardias de la porra o a la portera. La estupenda escenografía -firmada por Nicolás Boni-, y la perfilada y preciosa iluminación de Albert Faura se alían con la plástica coreografía de la propia Castejón y un vestuario espectacular, coloreado y sin estridencias de Gabriela Salaverri. Todo confluye en una plástica escénica atractiva, que guiña con afecto a la convención estética zarzuelera, aunque desde medios y perspectivas finos y agudos, propios del siglo XXI.
En cualquier caso, al trabajo objetivo y convencional de Castejón, de retrato y cliché, le hubiera sentado de maravilla un poco de ironía, humor y perspectiva. Liberarse del pie a la letra y hace algo de reinterpretación y visión propia.
A los clásicos del género, a esos que canturrean por lo bajini las coplas de Don Hilarión -“Una morena y una rubia…”- o tararean el brillante preludio, les encanta un montaje de balcón, geranio, mantón de manila y bailoteo, pero, a La verbena, además de “botica, taberna y ‘café de Melilla’” (por utilizar las documentadas palabras de Alberto González Lapuente en el no impreso programa de la función), le sentaría de maravilla una reinterpretación de genio y genialidad, indagadora y que vuele sobre la convención y lo redicho. De menos foto fija y más imaginación.
Pero Bretón, el gran Bretón, quien además de genial zarzuelero y compositor relevante fue una de las cabezas españolas más lúcidas e ilustradas de la música de su tiempo, se hubiera quedado fascinado con el empaque escénico de esta costumbrista producción, tan clásica y literal. Más aún con la calidad y opulencia sinfónica de una Orquestra de la Comunitat Valenciana, que, dirigida con idioma, brío y maneras por el madrileño José Miguel Pérez Sierra, jamás hubieran soñado él ni el propio Teatro Apolo.

Imagen de la producción
© Miguel Lorenzo-Mikel Ponce
Maestro y orquesta hicieron brillar los matices instrumentales y el refinamiento melódico y vocal que tanto distinguen una partitura tantas veces sometida a la rutina y la precariedad. Pérez Sierra domina y se mueve como pez en el agua en un repertorio del que se ha erigido uno de sus más felices baluartes. Estupendo solo de concertino y todos los demás solos que pueblan la partitura: desde la flauta al fagot de Salvador Sanchis; desde la brillante percusión a unos metales siempre precisos y empastados.
Vocalmente, brilló con vigor, carácter y presencia escénica el torrencial Julián del barítono coruñés Borja Quiza, quien, como ya señaló Gonzalo Alonso en la crítica del estreno de esta producción, “se excedió en pretender mostrar caudal vocal, lo que fue en perjuicio de la matización. No necesita tanta exhibición volumétrica”.
La valenciana Carmen Romeu revalidó los méritos de una Susana vivaz y persuasiva, cargada de carácter y madera escénica. El viejo Don Hilarión, que en esta producción no es el decrépito anciano que todos imaginan, estuvo defendido por el veterano tenor barcelonés Antoni Comas, que parodió con intención, entrega y matizado empeño un personaje cargado de posibilidades. Estupendas en verdad la bilbaína Gurutze Beitia como “aguardentosa” Tía Antonia y la mezzo Milagros Martín, rotunda y caracterizada Señá Rita.
La soprano Ana San Martín (Casta) y y el tenor Emilio Sánchez (Don Sebastián) redondearon con tablas, saberes e idioma el reparto protagonista. Estupenda y genuina la cantaora jerezana Sara Salado en el bien resuelto cuadro flamenco. A tono con el cuidado nivel musical de la representación cantó y actuó el Cor de la Generalitat. Vistosa y convencional coreografía -con un puntito “Festivales de España”. Para redondear el asunto, aplauso al pianista mexicano Cristian Arriaga en la escena del café-concierto y al violinista Roman Kholmatov. Al final, el público se marchó tan contento como cuando el verde Don Hilarión rondaba a su morena y a su rubia “hijas del pueblo de Madrid”. Había razones.
Crítica publicada en el diario LEVANTE























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