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Carme EscorialCrítica: Carmen a través del espejo (roto)
Por Publicado el: 19/09/2026Categorías: Artículos de Beckmesser

Manfred Honeck, un austríaco para tres tronos: Pittsburgh, Londres y San Francisco

Manfred Honeck, un austríaco para tres tronos

Manfred Honeck, a sus sesenta y ocho años recién cumplidos, en una misma semana de septiembre ha reunido tres capitales musicales bajo su batuta —Pittsburgh, Londres y San Francisco—, algo que ni los directores más itinerantes de la generación de Muti se atrevieron a intentar con semejante desparpajo geográfico.

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Manfred Honeck

Con frecuencia podemos sospechar que los grandes nombramientos orquestales se parecen más a un tablero de ajedrez que a una vocación artística, y en esta jugada hay mucho de estrategia y poco de romanticismo. La Philharmonia de Londres, que llevaba una década bajo la batuta ágil y algo volátil de Santtu-Matias Rouvali, ha decidido volver a las esencias centroeuropeas. Honeck será, a partir de 2028, su séptimo director principal, sucesor de una lista que arranca con Klemperer y pasa por Muti, Sinopoli, Dohnányi y Salonen, uniéndose a una nómina que incluye a Otto Klemperer, Riccardo Muti, Giuseppe Sinopoli, Christoph von Dohnányi, Esa-Pekka Salonen y Santtu-Matias Rouvali.

El propio Honeck, que empezó su carrera como violista en la Filarmónica de Viena antes de cambiar el atril por la batuta, ha explicado su elección con esa mezcla de solemnidad y cortesía tan austríaca: considera que la Philharmonia ha construido una historia distinguida de innovación e interpretación de los compositores que le son más cercanos, y afirma que es un honor contribuir a dar forma a su identidad sonora. Londres, añade, es capital de la música clásica y crisol de culturas.

Lo curioso es que Londres no ha sido la única ciudad que ha llamado a su puerta esta semana. La Sinfónica de San Francisco, coincidiendo casi milimétricamente con el anuncio londinense, le ha ofrecido un cargo que no existía hasta ahora: el de Festival Director. El festival explorará temas fundamentales de la experiencia humana -el nacimiento, la comunidad, la sanación, la muerte, el amor- a través de obras del repertorio sinfónico central, con Honeck al frente durante al menos cuatro semanas por temporada a partir de 2028-29.

Ahí está la gracia del asunto, y también su riesgo. Un festival sin nombre todavía, construido sobre grandes palabras -nacimiento, muerte, amor, qué ambición tan hermosa y tan peligrosa a la vez- es una apuesta que solo se sostiene si detrás hay un programador con las ideas más claras que el eslogan. San Francisco, orquesta sin director musical titular desde hace tiempo, se juega una carta arriesgada: confiar la imaginación de un ciclo entero a un maestro que seguirá teniendo, entretanto, su base real en Pittsburgh, con contrato renovado hasta 2032-33.

Y ahí queda la pregunta que nadie formula en los comunicados de prensa, tan pulcros y tan iguales entre sí: ¿puede un mismo hombre ser ancla en tres orillas distintas del Atlántico sin que ninguna de las tres acabe sintiéndose una escala? Honeck lo resuelve con una frase elegante y evasiva a partes iguales: cada compromiso, dice, conserva su propio carácter. Puede ser cierto. También puede ser, simplemente, la forma más cortés de decir que ya nadie, ni siquiera los grandes maestros, se conforma con un solo reino.

Habrá que esperar a 2028 para juzgar si la apuesta -tres orquestas, un solo director, ninguna renuncia- fue prudencia o simple exceso de apetito. Mientras tanto, larga vida al viejo oficio de repartirse entre continentes. Beckmesser

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