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Por Publicado el: 03/11/2026Categorías: Artículos de Gonzalo Alonso

Obituario: Marisa Manchado, el último tren a Sevilla

Obituario: Marisa Manchado, el último tren a Sevilla

Sevilla ha sido siempre el escenario favorito de las óperas ajenas. Allí sedujo Don Juan, allí se casó Fígaro y allí cayó Carmen a la puerta de la plaza, casi siempre por obra de compositores que jamás pisaron la Giralda. Marisa Manchado sí iba a pisarla. El 28 de octubre se sentó en el coche seis de un AVE que salía de Atocha.

Marisa Manchado

Marisa Manchado

En la Facultad de Ciencias de la Educación la esperaban unas jornadas tituladas Música para el presente, dedicadas a conversar sobre su obra. Un homenaje en toda regla, aunque la academia prefiera no llamarlo así. No llegó. Cerca de Urda su tren se empotró contra otro que aguardaba detenido en la vía, y sesenta y nueve personas no volvieron a casa.

Escribo con la incomodidad de saber que los obituarios siempre llegan tarde. A Marisa se la reconoció tarde, se la programó con cuentagotas y se la escuchó bastante menos de lo que merecía. Ahora todos los periódicos traen su nombre. Es una costumbre muy nuestra: el aplauso póstumo sale baratísimo.

Su historia empieza antes que ella. Su madre, Nieves Torres, estuvo presa en Las Ventas junto a las Trece Rosas y vio cómo se las llevaban al paredón el mismo día en que ella cumplía años. Se salvó, pero pasó quince años en las cárceles del franquismo. Marisa nació en julio de 1956, poco después de aquella libertad recobrada. Quien escucha esos relatos de niña aprende pronto que hay voces a las que se ordena callar, y luego dedica la vida a impedirlo.

Se formó como ya no se forma casi nadie. Bernaola en el Real Conservatorio, García Abril, Luis de Pablo, Ferneyhough. Con dieciocho años hizo la maleta rumbo a Turín, y después vinieron París, Darmstadt, Donatoni, las clases de Messiaen. Sacó tiempo, además, para licenciarse en Psicología y para estudiar composición asistida por ordenador cuando aquí aquello sonaba a ciencia ficción. Eran tiempos en que un ordenador ocupaba una habitación, sé lo que tenía aquello de audacia.

Lo que menos se cuenta es lo otro. Compuso canciones pop, pasó años poniendo música a un grupo de teatro infantil y trabajó con Tábano, donde si Guillermo Heras pedía tres minutos más de escena, ella los escribía, y si pedía tres menos, los tachaba sin rechistar. Esa escuela no se aprende en Darmstadt. Lamentaba no haber hecho cine. Decía sentirse cómoda en la tierra de nadie entre estilos, y atribuía a Bernaola la libertad de habitarla.

Su catálogo pasa del centenar y medio de títulos. Le encargaron obras la Orquesta y Coro Nacionales, el Real, la Zarzuela o el Campoamor. Recuerdo su Concierto para fagot, subtitulado Notas para la paz, que la ONE estrenó en 2012, y El árbol rosa, sobre Pardo Bazán, que la ORCAM llevó al Auditorio Nacional en 2021.

Pero su gran tentación fue la ópera. La primera, El cristal de agua fría, nació de un encargo del CDMC sobre texto de Rosa Montero y subió a escena en 1994, cuando una mujer con un encargo lírico era una rareza estadística. Montero la ha despedido estos días con palabras de admiración y de cariño.

Marisa Manchado

Marisa Manchado

La Regenta la empezó en 2002, con libreto de Amelia Valcárcel, y tardó veintiún años en verla sobre un escenario. El Real la produjo en 2023 junto al Español, no en la plaza de Oriente sino en una sala de Matadero, con quince músicos en el foso y el cartel de no hay billetes todas las noches. Quienes conocemos bien los teatros de ópera sabemos cuántos títulos nuevos caben en una temporada y cuántos llevan firma de mujer. Prefiero no hacer la cuenta en voz alta. Llegó luego la candidatura a los International Opera Awards y el Premio Nacional de 2024, que es la forma que tiene el Ministerio de pedir disculpas sin pronunciar la palabra. Para escribirla volvió a Die Soldaten y a Wozzeck, aunque confesaba que su inclinación natural la llevaba más bien hacia Saariaho. Atreverse con esas sombras en una sala de cámara dice mucho de su ambición.

Hubo además otra Marisa, menos visible y más incómoda. En 1982 puso en marcha en Radio 2 un espacio dedicado a las mujeres en la música, cuando la expresión provocaba sonrisitas en los pasillos. En 1998 publicó Música y mujeres. Género y poder, hoy lectura obligada. Fundó y presidió la Asociación Madrileña de Compositores, enseñó durante décadas en el Conservatorio Teresa Berganza y pasó por la Subdirección de Música y Danza del INAEM, tiempo suficiente para conocer los despachos del Ministerio y, sospecho, para alegrarse de abandonarlos.

Deja inacabada su cuarta ópera, una Medea. Me intriga qué habría hecho con la hechicera que Cherubini convirtió en tragedia y la Callas en mito. Nunca lo sabremos.

El Real guardó un minuto de silencio a sus puertas. Se agradece. Clarín dejó a Ana Ozores sola en la catedral, humillada y desmayada. A Marisa Manchado la ha dejado sola una vía de tren. Lo mínimo que le debemos es que su Regenta vuelva a sonar y que alguien rescate esa Medea de sus cuadernos. Y esta vez, si no es mucho pedir, de las puertas para adentro.

Gonzalo Alonso

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