Critica: Ariadne auf Naxos y su música resisten y se imponen a la “empanada sideral” de Ersan Mondtag en el Festival de Salzburgo
‘Ariadne auf Naxos’ y su música resisten y se imponen a la “empanada sideral” de Ersan Mondtag en el Festival de Salzburgo
Festival de Salzburgo. ARIADNE AUF NAXOS. Ópera en un prólogo y un acto (versión de 1916). Libreto de Hugo von Hofmannsthal, música de Richard Strauss. Reparto: Kate Lindsey (El Compositor), Christina Nilsson (Primadonna / Ariadne), Eric Cutler (Bacchus), Ziyi Dai (Zerbinetta), Johannes Silberschneider (Mayordomo), Christoph Pohl (Un profesor de música), Jonas Hacker (Un profesor de danza), Leon Košavić (Arlequín), Michael Porter (Scaramuccio), Lukas Enoch Lemcke (Truffaldin), Theodore Browne (Brighella), Jasmin Delfs (Najade), etcétera. Dirección de escena, escenografía y vestuario: Ersan Mondtag. Iluminación: Franck Evin. Alexander Pannier (vídeo). Dramaturgia: Till Briegleb. Orquesta Filarmónica de Viena. Dirección musical: Manfred Honeck. Lugar: Salzburgo, Haus Mozart. Entrada: 1.580 espectadores (lleno). Fecha: 8 agosto 2026.

Escena © SF/Thomas Aurin
El Festival de Salzburgo no ha querido pasar por alto el estreno, hace ahora exactamente cien años, de Ariadne auf Naxos, la “ópera en un prólogo y un acto” que Strauss compone entre 1911 y 1912 sobre un libreto en todos los sentidos fabuloso de Hugo von Hofmannsthal. Esta versión original, estrenada en Stuttgart, en 1912, fue base de la definitiva, presentada en Viena, en 1916, y que es ahora retomada en Salzburgo. Para la ocasión, el festival ha encargado una producción al director de teatro y escenógrafo berlinés Ersan Mondtag (1987). El resultado es una empanada sideral en la que pasa cualquier cosa, desde fornicaciones a gogó por delante y por detrás (durante el aria de Zerbinetta, nada menos), a un Bacchus (encarnado por el tenor estadounidense Eric Cutler) a caballo entre astronauta y buzo con alado casco.
Lo mejor de esta nueva Ariadne salzburguesa radicó en la música, con una Filarmónica de Viena esplendorosa y esplendorosamente dirigida por Manfred Honeck. Fantasía, color, evocación, humor, énfasis instrumental, flexibilidad fueron atributos de este Strauss que marca referencia. Honeck, maestro con tablas y marcada personalidad, cuidó los infinitos detalles de la partitura, en una celebración sonora trufada con ese lirismo que congela el aire y tan característico del mejor Strauss, es decir: todo Strauss.
El enorme reparto no presentaba fisuras, desde el último partiquino a la Zerbinetta antológica de la china Ziyi Dai, artista que, además de un registro sobreagudo seguro, natural y fácil digno de la propia “diosa” Gruberová, hizo teatro y música a borbotones. Su dúo con el Compositor (la mezzo estadounidense Kate Lindsey) durante e “Prólogo” marcó el momento de mayor emoción de la noche. Luego, en la famosa aria (“Grossmächtige Prinzessin”), deslumbró a todos con su pirotécnico virtuosismo vocal. Por cierto, y acaso como homenaje al sublime dúo del prólogo, durante el aria Zerbinetta tiene a su lado al Compositor, travestido en mujer, en lugar de a la propia Ariadna. Capricho y vulneración dramática, pero cargado de sentido y emotividad.

Escena © SF/Thomas Aurin
Para el papel maravilloso del Compositor el Festival pensó en la cantante ideal Elīna Garanča, que finalmente canceló. En su lugar, Kate Lindsey defendió una interpretación de refinada línea vocal y empeñada en ese fraseo característico que congela la atmósfera y va directo al alma. Más aún si utiliza el verbo de un poeta tan sutil como Hofmannsthal. “Un momento es poco… pero una mirada es mucho”, canta Zerbinetta al Compositor, quien, hechizado, contesta: “¡Dulce, inapreciable muchacha!”. Más de una disimulada lágrima (como la de la Mariscala en El caballero de la rosa) corrió por la conmovida platea de la Haus für Mozart.
Ariadne fue enaltecida por la soprano sueca Christina Nilsson, que desde el primer momento, en el desolado “Ach! Wo war ich?”, mostró alcurnia straussiana y un modo vocal que casa a las mil maravillas con el personaje. También en el lírico y nostálgico “Ein Schönes war, hiess Theseus-Ariadne”, y, por supuesto, en el extenso y apoteósico dúo final con Bacchus,
Eric Cutler, nada ayudado por el concepto escénico y encapsulado en el traje mezcla de astronauta y buzo, distó de ser el Bacchus ideal. Se entregó y salvó el personaje con pundonor y medios, pero faltó limar asperezas y tiranteces. Problemas del personaje y su incómoda tesitura, sí, pero que el intérprete ha de esquivar, o, al menos, atenuar. Tales rudezas resultaron particularmente patentes en su confrontación con la delineada Ariadne de la Nilsson.
La escenografía emplaza la acción en un espacio único y claustrofóbico, que se mantiene prácticamente inalterado durante el prólogo y la propia representación. Al fondo, tras una escalinata que parece conducir a una especie de enorme altar. Al fondo se atisba un enorme marco que asoma a un espacio sideral por el que pululan ovnis, naves espaciales, satélites, estrellas… Por ahí, por ese ojo al universo, por esa ventana que sugestiona un sagrario, aparece el “astronauta” Bacchus, convertido en una especie de Lohengrin, el “Caballero del cisne” ajeno a todo y todos.
Sin embargo, Hofmannsthal, que sabía lo que hacía, sitúa la aparición de Bacchus en el umbral de una gruta, “sobre un peñasco”, precisa el libreto. Un siglo después, Elon Musk se empeña en las excursiones espaciales. Acaso tenga en Bacchus su primer viajero. Pero Ariadne, el Compositor y Zerbinetta sí son, de verdad, seres de otro mundo. “Aquí vivo y te espero, / te espero noche y día. / ¿Desde cuándo?… ¡No lo sé!”. Palabra de Ariadne. Justo Romero.

Ersan Mondtag firma la nueva producción de Ariadne auf Naxos © SF/Thomas Aurin



















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