Crítica: Una «Flauta mágica» para devolver la ópera al Festival de Santander
Una «Flauta mágica» para devolver la ópera al Festival de Santander
75 Festival Internacional de Santander: Wolfgang Amadeus Mozart: La flauta mágica. Javier Camarena, Emily Pogorelc, Theodore Platt, Kathryn Lewek, Franz-Josef Selig, Sofía Esparza y resto del reparto. Orquesta Sinfónica Freixenet del Encuentro de Música y Academia. Academia Vocal de Cantabria. David Afkham, director musical. Rolando Villazón, director de escena. Palacio de Festivales de Cantabria, 5 de agosto de 2026.

Escena
No podía haber mejor manera de celebrar los setenta y cinco años del Festival Internacional de Santander que recuperando la ópera. Han pasado quince años desde la última producción lírica del FIS y el regreso se ha producido con una obra tan difícil de encasillar como La flauta mágica, una producción internacional procedente de Salzburgo y, sobre todo, un proyecto que ha sabido unir nombres consagrados con jóvenes músicos y cantantes vinculados a la Academia Vocal de Cantabria y al Encuentro de Música y Academia.
El resultado fue una verdadera fiesta, como demostraron las largas ovaciones finales, los saludos interminables y hasta la lluvia de globos que convirtió el cierre en una celebración casi circense. Pero conviene separar la fiesta de la función, porque si ésta mereció el entusiasmo del público no fue solamente por la oportunidad de recuperar la ópera, sino porque musicalmente hubo mucho que celebrar.
Rolando Villazón sitúa la acción en los últimos momentos de Mozart. El compositor, acompañado por Constanze y su hijo, permanece en escena mientras La flauta mágica parece desarrollarse en su imaginación. La idea tiene atractivo y permite establecer una relación permanente entre el creador y sus criaturas, entre realidad, recuerdo y fantasía. Además, Villazón conoce bien el teatro y sabe fabricar imágenes: el reloj que cobra vida, los animales, las sombras, las ventanas que aparecen en los telones superpuestos y, sobre todo, una espectacular Reina de la Noche que desciende desde las alturas.
Hay, sin embargo, demasiadas ideas que se quedan en ocurrencias. Algunas referencias necesitan explicaciones externas para ser comprendidas y determinadas alteraciones del libreto resultan discutibles. La más evidente llega al final, cuando la muerte de Mozart se acompaña con el Lacrimosa del Réquiem. Dramáticamente puede defenderse, y el efecto teatral es indudable, pero Mozart no necesita que le añadamos Mozart para emocionarnos.
Más cuestionable resulta todavía que algunas de las pruebas iniciáticas, fundamentales en la dramaturgia de la obra, queden reducidas a soluciones tan elementales como una vela, una partitura quemada o una página introducida en agua. Y el templo de la sabiduría, convertido en una estantería transformable, está lejos de proporcionar la dimensión simbólica que cabría esperar. Villazón acierta más cuando deja trabajar a la imaginación que cuando pretende explicarla.
Musicalmente, en cambio, la función se sostuvo con mucha mayor solidez. David Afkham fue uno de los grandes triunfadores. Al frente de una Orquesta Sinfónica Freixenet extraordinariamente joven, ofreció una lectura flexible, clara y dinámica, con tempi naturales y un acompañamiento especialmente cuidadoso de los cantantes. No buscó convertir a Mozart en una exhibición sinfónica y dejó respirar la música y la palabra.
La Academia Vocal de Cantabria, preparada por Marco Antonio García de Paz, respondió igualmente con solvencia. El trabajo de conjunto, particularmente visible en las damas, sacerdotes y coro infantil, fue uno de los grandes aciertos de una producción que no podía permitirse que el carácter académico de parte de sus efectivos se convirtiera en una excusa.
El reparto estuvo a un gran nivel. Kathryn Lewek confirmó que dispone de todos los argumentos para ser considerada una de las grandes Reinas de la Noche actuales. Las dos arias del personaje, auténticas pruebas de fuego, encontraron en ella seguridad en la coloratura, firmeza en el agudo y una autoridad escénica que evitó reducir el papel a una colección de notas imposibles.
Javier Camarena ofreció un Tamino elegante y musical, con medios vocales ya muy depurados y una línea de canto refinada. Emily Pogorelc fue una Pamina de especial interés, por la naturalidad del fraseo y la emoción contenida de su Ach, ich fühl’s. Theodore Platt convirtió a Papageno en algo más que el obligado elemento cómico: hubo humanidad, gracia y una notable capacidad teatral. No extraña que recibiera una de las mayores ovaciones.
Franz-Josef Selig aportó la autoridad de un Sarastro veterano, con profundidad y nobleza. Daniel Domínguez dio carácter a Manostatos, mientras Sofía Esparza compuso una Papagena encantadora. Las tres damas —Mercedes Arcuri, Sofía Gutiérrez-Tobar y Marina Pardo— estuvieron especialmente acertadas, tanto vocal como escénicamente, y los secundarios mantuvieron el elevado nivel general.
Una mención merece también Vitus Denifl como Mozart, presente durante toda la representación y convertido en auténtico eje de la propuesta de Villazón. Su trabajo actoral contribuyó decisivamente a hacer creíble una idea que sobre el papel podía parecer mucho más arriesgada de lo que finalmente resultó.
La función fue larga, cercana a las cuatro horas, pero el público permaneció entregado hasta el final. Los aplausos, los saludos y los globos hicieron visible una conclusión que interesa más que cualquier efecto escénico: el FIS ha demostrado que la ópera puede volver a Santander con dignidad.
Ahora falta lo más difícil: que no sea un regreso ocasional. Si el nivel artístico de esta Flauta mágica puede mantenerse, habrá merecido la pena esperar quince años. Y el 75 aniversario habrá dejado algo bastante más importante que una celebración: la posibilidad de que la ópera vuelva a formar parte estable de la historia futura del Festival. H.P.




















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