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Por Publicado el: 11/08/2022Categorías: En vivo

Crítica: Kátia Kabanová en el Festival de Salzburgo

Kátia Kabanová triunfa por goleada

KÁTIA KABANOVÁ, de Leoš Janáček. Opera en tres actos. Libreto del compositor, basado en La tempestad, de Alexánder Ostrovski. Repar­to: Corinne Winters Katěrina (Kátia), Evelyn Herlitzius (Kabanicha), David Butt Philip (Borís Grigorjevič), Jens Larsen (Dikoj), Jaroslav Březina (Tichon), Benjamin Hulett (Váňa Kudrjáš), Jarmila Balážová (Varvara), Michael Mofidian (Kuligin), etcétera. Dirección de escena: Barrie Kosky. Escenografía: Rufus Didwiszus. Vestuario: Victoria Behr. Iluminación: Franck Evin. Dramaturgia: Christian Arseni. Konzertvereinigung Wiener Staatsopernchor. Orquesta Filarmónica de Viena. Dirección musical: Jakub Hrůša. Lugar: Salzburgo, Felsenreitschule. Entrada: 1.412 espectadores (lleno). Fecha: 7 agosto 2022. Festival de Salzburgo

Escena-de-Katia-Kabanová-c-SFMonika-Rittershaus

Escena de Katia Kabanová (c) SF:Monika Rittershaus

Kátia Kabanová, de la empática mano escénica de Barrie Kosky y musical de Jakub Hrůša, se ha impuesto por goleada como el estreno lírico más acabado y redondo de entre los hasta ahora acontecidos en la actual edición del Festival de Salzburgo. Frente al sopor de Il Trittico dirigido como si fuera Bruckner por Franz Welser-Möst; de la infantiloide Flauta mágica de Lydia Steier; el Barbazul mezclado estrambóticamente con el peor Carl Orff por estúpida ocurrencia de Castellucci/Currentzis, o, en fin, el abigarrado e impresentable Babero de Sevilla refritado por Rolando Villazón a mayor gloria de la diva-divísima Cecilia Bartoli (que más que Rosina parece su tía abuela)… Frente a tanto desatino, la gran ópera de madurez de Leoš Janáček ha triunfado en la agenda operística salzburguesa como dechado de virtudes musicales y, sobre todo, escénicas.

Barrie Kosky (Melbourne, 1967) ha invadido la inmensa escena de la Felsenreitschule de Salzburgo -la más ancha del planeta en espacio cerrado- con cientos de supuestos estáticos figurantes que en realidad son muñecos. Este ficticio e impactante paisaje humano es el único elemento al que recurre el director de escena australiano como marco para desarrollar su limpia y escueta dramaturgia. Nada distrae la esencializada acción. Le bastan las personas, el preciso y bien estudiado movimiento escénico de los protagonistas y su fino sentido teatral para generar un ambiente opresivo que no decae en un solo instante de los tres actos, que se suceden sin interrupción y transcurren en un santiamén.

El antecedente del teatro clásico griego es claro en este nuevo trabajo del director de teatro y ópera australiano. Un volumen aséptico, que aprovecha la inmensidad pétrea del complicado y definido espacio para subrayar la raigambre helenística. Los falsos figurantes emulan el coro griego, y delimitan la extensión del escenario. La primera imagen, con el pueblo -el pueblo soberano, testigo silente del drama de Kátia y su suegra dominante, tan opresiva como la sociedad pequeño burguesa en que transcurre la trama-, que ocupa de extremo a extremo la inmensa anchura de la escena, es impactante y escalofriante. Un pueblo de espaldas, ajeno, que es testigo mudo, pero asfixia e impulsa la tragedia.

Contrasta la grandiosidad escénica con la voluntad esencializadora. Todo está centrado en los protagonistas. Nada distrae el núcleo de la acción. La caracterización de cada personaje -¡Marfa Kabanicha es una especie de Bernarda Alba en versión checa!- es nítida y sutil, sin contemplaciones ni medias tintas. Como también el decurso de una acción que transcurre sin aspavientos ni excesos, concentrada en esa claridad conceptual que subraya la naturaleza del conflicto y su respuesta e incidencia en los personajes, tan cercanos al drama original, La tempestad, del hispanista ruso Alexánder Ostrovski. Kátia se suicida, se tira al río. Acaba así su tragedia. “Aquí no ha pasado nada, seguimos”, viene a decir la gélida Marfa. Y 101 años después de su estreno -en 1921, en Bruno-, todo sigue igual. El drama de Kátia es tan actual hoy como entonces, como siempre.

A la excelencia conceptual y dramática del trabajo de Barrie Kosky se suma el discurso musical proyectado desde el foso por el moravo Jakub Hrůša, nacido, en 1981, en Brno, precisamente la misma ciudad en que se estrenó Kátia Kabanová. Heredero de la brillante saga de directores checos -Talich, Ančerl Kubelík, Neumann, Bělohlávek…-, Hrůša ha optado por cuidar escrupulosamente las voces y su proyección en la sala. Para ello, ha renunciado a explayarse en el brillo y opulencia que brinda una orquesta como la Filarmónica de Viena, orquesta que ya grabó -en diciembre de 1976- y lució esas cualidades en una legendaria versión con el gran janacekiano Charles Mackerras y Elisabeth Söderström como protagonista.

En esta ocasión el dramático personaje de Kátia ha sido defendido por la soprano estadounidense Corinne Winters, que se mete en su piel para ahondar en las artistas más expresionistas y descarnadas, en una experiencia “irreal”, según las palabras fascinadas de la propia Winters. De la mano de Kosky, convence y persuade. Pero vocalmente, carece del fuelle y potencial que, por ejemplo, sí desborda y luce una Evelyn Herlitzius que, finalmente, se lleva el gato al agua con su estremecedora y autoritaria Kabanicha, una suegra ni para desear al peor enemigo.

La calidad vocal, fraseo y empaque estilístico del tenor galés David Butt Philip le convirtieron en otro de los aciertos del cuidado reparto vocal. Hizo un Boris Grigorjevič cargado de credibilidad, comprensión y distancia ante el drama de su amante. Brillaron, igualmente, y en la medida de sus papeles, la mezzosoprano Jarmila Balážová (desenfadada y feliz Varvara), y el tenor Jaroslav Březina como Tichon Ivanyč Kabanov, el borrachuzo esposo de Kátia e hijo de la tremenda Marfa Kabanicha. Gran éxito de este estreno ganador. Pero los verdaderos ganadores han sido Barrie Kosky, que ha certificado -una vez más- su condición de genio del teatro lírico contemporáneo, y sobre todo y siempre, el genio total de Leoš Janáček. Justo Romero

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