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Por Publicado el: 02/07/2024Categorías: En vivo

Crítica: Klaus Mäkelä, magia y realidad

73 FESTIVAL DE GRANADA. Orquesta de París. Klaus Mäkelä (director). Obras de Stravinski (Petrushka), Debussy (Preludio a la siesta de un fauno) y Mozart (Sinfonía número 31, “París”). Lugar: Granada, Palacio de Carlos V. Fe­cha: 30 junio 2024.

73 FESTIVAL DE GRANADA. Orquesta de París. Klaus Mäkelä (director). Obras de Stravinski (Petrushka), Debussy (Preludio a la siesta de un fauno) y Mozart (Sinfonía número 31, “París”). Lugar: Granada, Palacio de Carlos V. Fe­cha: 30 junio 2024.

Orquesta de París con Klaus Mäkelä © Festival de Granada | Fermín Rodríguez

Decepcionó y bastante la Orquesta de París en su segunda y última actuación en el Festival de Granada. Ni siquiera el gobierno de un director de orquesta tan fuera de serie como Klaus Mäkelä (Helsinki, 1996) pudo corregir, aliviar o velar las carencias de la orquesta ante un programa cargado de riesgo y exigencias.

El programa, con la ciudad de París como protagonista a través de tres obras tan poderosamente arraigadas en la capital gala como Petrushka, Preludio a la siesta de un fauno y la Sinfonía 31 París de Mozart, puso en evidencia las carencias de unas desajustadas secciones de cuerda y un metal distante de la perfección. Solo las maderas fueron propias de un conjunto sinfónico que lleva el nombre de una de las ciudades de mayor raigambre musical.

Acaso no fue buena idea comenzar en frío el concierto con una obra de tantos protagonismos solistas como Petrushka, el ballet nacido en París, en 1911, y que supuso la consolidación de Stravinski como puntal avanzado de la música de su tiempo. Desde los primeros compases, ya desde la equívoca entrada de los violonchelos, se evidenciaron las carencias de una versión orquestal deslavazada y de trazo grueso, en la que los instrumentos de metal parecían empeñados en dar al traste con cualquier intento de perfección.

Tampoco el pianistaJean Baptiste Doulcet-, de tan fundamental desempeño en el ballet maestro de Stravinski, tuvo la alcurnia técnica y artística que requiere dar vida a su exigente desempeño. Mäkelä concertó con detalle, sin dejar nada al albur, y trató de encarrilar una lectura que se le iba de las manos en cuanto la dejaba volar. Atento a todo, no logró, sin embargo y quizá por ello, encontrar el nervio expresivo ni el sabor popular y sarcástico del inspirado retrato stravinsquiano del “pobre, feo, sentimental y desequilibrado” Petrushka.

Klaus Mäkelä

Klaus Mäkelä

Luego, al final del programa, llegó la Sinfonía París, en cuyos tres movimientos asomaron acaso con mayor evidencia las deficiencias de la cuerda, y en particular de unos violines que tampoco encontraron su sitio, perjudicados más que ayudados por un concertino empeñado siempre en dar la nota y dirigir la sección, con un protagonismo que a la postre resultó contraproducente para la cohesión del conjunto.

Mäkelä, por su parte, plantea un Mozart sin remilgos historicistas. Es el suyo un Mozart musculoso y bien articulado, que mira a su entraña dramática. De amplias dinámicas y sonoridades. Luminoso, de penetrante vitalidad y cuidados detalles. Ligero pese a una masa orquestal hoy excesiva en el Mozart temprano de la Sinfonía París, compuesta en 1778, con 22 años, y a las puertas de la gran Revolución.

Pero lo más destacado del concierto llegó al comienzo de la segunda parte del programa, con la música difuminada y sugerente del Preludio a la siesta de un fauno de Debussy. El protagonismo del estupendo flauta solista se alió con la magia de Mäkelä y la realidad de unos músicos que sienten como propia esta página maestra de la historia de la música. Maestro e instrumentistas alentaron de fascinación, colores y sensaciones una interpretación marcada por el fraseado sentido impresionista.

Fue, junto con la Noche transfigurada del día anterior, lo único inolvidable de esta doble y desigual comparecencia de la Orquesta de París y de quien es uno de los genios más singulares y totales de la dirección de orquesta del siglo XX.

Justo Romero

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