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CRÍTICA: "Arte honrado"
Festival de Múnich: Sencillez inteligente para Verdi y Strauss
Por Publicado el: 10/07/2013Categorías: Crítica

CRÍTICA: «La Traviata»

VERDI, G.: La Traviata
Nationaltheater de Munich. 9 de julio de 2013.

Este año, como no puede ser más lógico, el Festival de Munich tiene una fuerte presencia de obras de Verdi y Wagner. De hecho, en los días de mi estancia en la capital bávara hay programadas 4 óperas de Wagner y 5 de Verdi, siendo esta Traviata la segunda de las óperas verdianas, tras el Trovador del día anterior.

Se ofrecía de nuevo la producción de Günter Krämer, que ya pude ver el año pasado, y que se estrenó aquí hace ya 20 años. Supongo que será pronto reemplazada, ya que el interés que ofrece es muy escaso. Se trata de una producción minimalista, muy oscura y con algún toque simbolista, que tampoco aporta nada. La escenografía de Andreas Reinhardt se limita a presentar un primer acto en la parte delantera del escenario, con unas puertas, por las que deambulan los invitados a la fiesta de Violeta. En el segundo acto se abre el escenario para mostrarnos un gran espacio con hojas por el suelo, alguna silla y un gran columpio, que parece representar los tiempos felices de la pareja de enamorados. Nuevamente, volvemos a la oscuridad en la fiesta de Flora, con la presencia de una gran lámpara a un lado del escenario. Finalmente, la muerte de Violeta se desarrolla en corbata, donde se coloca un colchón por todo atrezzo. Detrás se puede ver la gran lámpara caída y el columpio en la oscuridad. El vestuario de Carlo Diappi no tiene interés, abusando de tonos oscuros en la fiesta de Flora. En este ambiente lo lógico es esperar el lucimiento del responsable de iluminación, Wolfgang Göbbel, pero tampoco ocurre semejante cosa.

La dirección escénica de Günter Krämer resulta decepcionante, sobre todo en el manejo del coro. Siempre he dicho que el regista que no sabe qué hacer con el coro suele recurrir a que hagan una cadeneta. Pues eso es lo que hace Krámer en el primer acto y, por cierto, bastante mal. El segundo acto tiene mayor interés dramático, pero basado fundamentalmente en la capacidad escénica de Papá Germont y Violeta. A Krämer se le ocurre incorporar a la escena el personaje mudo de la hermana de Alfredo, cuya presencia y actuación resultan casi patéticos. Tampoco hay vida en la fiesta de Flora, con los coros de gitanas y toreros prácticamente inexistentes, además de totalmente estáticos. Me sorprende que esta producción haya aguantado 19 años. Celebraría no volver a verla. Es, simplemente, tradicional, pobre, ramplona y aburrida. Baste decir que lo más interesante de la producción fue la actuación de un prestidigitador en la fiesta de Flora.

Es muy complicado juzgar la actuación musical de un maestro en estas reposiciones de óperas de repertorio, ya que los ensayos prácticamente no existen. De hecho, esta Traviata se ha representado en esta temporada en el mes de mayo y con un reparto totalmente diferente. En estas condiciones tiene bastante mérito que Dan Ettinger haya llevado la obra muy bien controlada y que no haya habido prácticamente desajustes entre foso y escena. Me pareció más interesante la versión que ofreció Meir Wellber el año pasado, lo que no desmerece la actuación de Dan Ettinger. Buenas las actuaciones de la Bayerische Staatsorchester y del Coro de la Bayerische Staatsoper, ambas formaciones algo por debajo de sus actuaciones del día anterior en Il Trovatore.

Era Violeta la soprano letona Marina Rebeka, quien, si no me equivoco, hacía su debut en Munich. Independientemente del triunfo personal que ha cosechado, debo decir que no me ha resultado una Violeta convincente en términos vocales. Siempre se ha dicho que Violeta necesita tres sopranos distintas y es verdad. Lo más convincente de su actuación fue para mí el segundo acto, que es el que mejor le va a sus características de soprano lírigo-ligera, que tiene una buena técnica de canto y sabe expresar. En cambio la encontré bastante rutinaria en el primer acto, con una interpretación de E’strano, donde faltó más brillo y espectacularidad. De hecho, no fue al MI al final de Sempre libera, lo que me resultó sorprendente, ya que la primera vez que le escuché cantar esta escena no tenía problemas con el sobreagudo y apenas han pasado 7 años, lo que no es mucho para una soprano de 33 años. En el último acto se queda corta de emoción, porque su instrumento no es lo que requiere la partitura, independientemente de que como actriz funciona siempre bien. Addio del Passato se cantó con un solo verso y no obtuvo ningún aplauso, como tampoco lo obtuvo el dúo subsiguiente de Parigi,o cara, lo que pone en evidencia que la emoción no llegó al espectador. Marina Rebeka tiene muchas cualidades positivas y es una soprano interesante, que tiene el inconveniente de que su timbre resulta excesivamente metálico en toda la zona de paso. Lo sorprendente fue el recibimiento triunfal en los saludos finales, tras el silencio en sus intervenciones en el último acto.

Saimir Pirgu sustituyó al inicialmente anunciado Piotr Beczala en el personaje de Alfredo. La verdad es que perdimos con el cambio. La voz del tenor albanés sigue siendo muy bella, pero le encuentro un tanto al límite en esta parte. Canta con gusto, pero la voz se reduce en la parte alta de la tesitura, lo que le priva de brillar en la cabaletta del segundo acto. Digamos que fue un Alfredo correcto y no mucho más.

Simon Keenlyside repetía como Germont y volvió a mostrar sus virtudes y carencias de costumbre. Desde mi punto de vista estamos ante un artista importante, que frasea y dice de manera muy notable, tanto en sus diálogos como en sus arias, aunque su voz no responde a lo que podemos llamar un barítono verdiano. En cualquier caso, no tengo duda de que si lo más convincente de la representación fue el segundo acto, en gran parte se debió a la presencia del barítono británico en escena.

Con la excepción de Annina, los personajes secundarios fueron los mismos que el año anterior. La nueva Annina era Silvia Hauer, que quedó por debajo de Tara Erraught. Heike Grötzinger fue una Flora cumplidora. Christpoh Stephinger fue un Doctor Grenvil deficiente vocalmente. Cumplieron Francesco Petrozzi (Gastón), Christian Rieger (Barón Douphol) y Tareq Nazmi (D’Obligny). Desconozco el nombre del prestidigitador, que lo hizo divinamente.

El teatro ofrecía el cartel de No Hay Billetes. El público únicamente mostró su entusiasmo al final de la representación, mostrándose bastante frío durante la misma. De hecho, a escena abierta no hubo ninguna intervención individual a la que el público dedicara una ovación de más de 18 segundos. En los saludos finales, sorprendente triunfo personal de Marina Rebeka, siendo muy ovacionado también Simon Keenlyside.

La representación comenzó con los habituales 5 minutos de retraso en Munich y tuvo una duración total de 3 horas exactas, incluyendo dos intermedios. La duración puramente musical fue de 2 horas, seis minutos más larga que de la Omer Meir Wellber el año anterior. Los aplausos finales se prolongaron durante 6 minutos. Buenos será recordar que el paño pasado estos aplausos duraron 10 minutos, gracias a la presencia de la estupenda Maria Agresta en el personaje de Violeta.

El precio de la localidad más cara era 193 euros, habiendo butacas de platea desde 117 euros. En los pisos superiores había localidades entre 90 y 64 euros. Las había también sin práctica visibilidad por 14 euros. José M. Irurzun

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