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Por Publicado el: 21/04/2021Categorías: Diálogos de besugos

Críticas en la prensa a Peter Grimes en el Teatro Real

PETER GRIMES (B. BRITTEN)

Regresa con enorme éxito Peter Grimes al Teatro Real. Este título, que se presentó por primera vez en el coliseo poco después de su inauguración en 1997, ha despertado tanta expectación en el apartado musical como el escénico, que vuelve a contar con artistas de la premiada producción de Billy Budd, también de Britten. Según apuntan los críticos de los diarios nacionales, cuya opinión recogemos a continuación, el montaje de Deborah Warner no alcanza el genio teatral de esta última pero sí se confirma como uno de los atractivos principales de esta temporada, «al que no puede hacerse ningún reproche», subraya Luis Gago.

En el plano musical, los críticos destacan de forma unánime la actuación de Allan Clayton como protagonista, una interpretación exquisita y precisa que también consiguen sus compañeros de reparto, Maria Bengsston, Christopher Purves, Catherine Wyn-Rogers, John Graham Hall. Ivor Bolton, director titular de la Orquesta del Teatro, ajusta su lectura a la propuesta escénica de Warner, «controlando y respirando con las voces, estableciendo compás a compás los matices y los reveladores claroscuros» de una partitura estudiada al detalle, incide Arturo Reverter.

Britten: Peter Grimes: Allan Clayton, Maria Bengtsson, Christopher Purves, Catherine Wyn-Rogers, John Graham Hall, Clyve Bayley, James Gilchrist, Jacques Inbrailo, Rocío Pérez, Natalia Labourdette, Saúl Esgueva. Orquesta y Coro del Teatro. Dirección musical: Ivor Bolton. Dirección de escena: Deborah Warner. Producción: Teatro Real. Coproducción con la Royal Opera House, Opéra National Patris y Opera de Roma.

El País 20/04/21

La jauría humana

Deborah Warner y Ivor Bolton, al frente de un reparto perfecto, repiten con ‘Peter Grimes’ el éxito avasallador que cosecharon hace cuatro años con ‘Billy Budd’

En Masa y poder, una exhaustiva taxonomía de las turbas y los colectivos humanos, Elias Canetti explica el funcionamiento de las que bautiza como “masas de acoso” (Hetzmassen). Su objetivo es muy claro: “La masa sale a matar y sabe a quién quiere matar. Con decisión incomparable avanza hacia esa meta y es imposible escamoteársela. Basta con dársela a conocer, basta con comunicar quién debe morir para que se forme la masa. (…) Todos quieren participar, todos golpean. (…) Todos los brazos salen como de una misma criatura”. El Prólogo de Peter Grimes, tal como lo ha imaginado Deborah Warner, parece una perfecta plasmación visual de esta descripción. Los habitantes del Borough, armados con linternas que acentúan su apariencia espectral, acosan a Grimes, ovillado en el suelo y envuelto en una red de pesca a modo de sábana, que vive el interrogatorio inicial de la ópera como una pesadilla en medio del sueño, lo que lo sitúa en la estela del personaje original de George Crabbe, un rufián propenso a los terrores nocturnos y a sufrir apariciones de sus antiguas víctimas. Una barca suspendida en lo alto refuerza la atmósfera onírica y un sosias vestido igual que él, que cae braceando desde el cielo como si estuviera ahogándose, ejerce de presagio de su propio final. Por eso volveremos a verlo justo antes de caer el telón, cerrando el círculo.

Aunque conducido por Swallow, el juez de paz, algunos otros personajes van desfilando por el juicio con una música que, por una vez, suena solemne y desprovista de su habitual aire farsesco. La masa semeja una mancha de aceite oscura, negruzca, móvil, soberana, ingobernable, que va desparramándose de un lado a otro del escenario con agilidad y precisión, las mismas virtudes que admiramos en los movimientos grupales del montaje de Billy Budd, fruto de una minuciosa coreografía preparada ―ahora como entonces― por Kim Brandstrup. La afinación exacta de Maria Bengtsson y Allan Clayton permite distinguir los cuatro sostenidos de ella (Ellen) y los cuatro bemoles de él (Peter) en el extraño dúo final, donde la ausencia de instrumentos sirve de metáfora de la soledad absoluta de ambos, tanto en sus adentros como con respecto a la comunidad en que viven. Cuando, al final, Grimes hace suyos los cuatro sostenidos, su supuesta unión con Ellen se desvanece al cabo de siete efímeros compases, que dan paso sin transición alguna al primero de los interludios.

Deborah Warner se toma el Prólogo tan en serio, y es tal el genio teatral que despliega en unos pocos minutos, que luego resulta difícil mantener ese mismo nivel. Quizá no se consiga en todo momento, o no en la medida de su Billy Budd, pero tampoco cabe un solo reproche al planteamiento de la directora británica, a la que hay que elogiar por renunciar a cualquier lucimiento escénico gratuito durante los seis famosos interludios, en los que deja que la música acapare todo el protagonismo, con sus respectivos números proyectados incluso a modo de cuaderno de bitácora para los espectadores menos avezados.

Solo al comienzo del tercer acto la proyección del correspondiente rótulo se ve precedida de una breve analepsis, cuando, situándonos al otro lado del escenario al final del segundo, vemos a Grimes cargando con el cadáver del niño envuelto en una red (como él mismo al arrancar la ópera). El escenario del drama es un lugar paupérrimo, inspirado en algunos pueblos miserables —que los hay— de la costa suroriental inglesa, abatidos por el paro, el abandono y el azote inclemente del mar del Norte. Aparejos de pesca desvencijados y botellas y latas vacías revelan las dos principales ocupaciones de sus habitantes. Cuando se guarecen del temporal en la taberna —que vemos con la perspectiva invertida, como si estuviéramos del lado de la barra en que se sirve a los clientes—, Michael Levine nos ofrece una estancia destartalada, con antiguas decoraciones superpuestas, en la que la masa humana va cobrando poco a poco forma y densidad con cada nuevo embate de la tormenta, meteorológica y musical. El mar lo simboliza, casi como una abstracción, una gran pantalla fija, retroiluminada, en la que luces cambiantes y levemente irisadas reflejan su aspecto mutable e imprevisible: no es ni invasivo ni omnipresente, pero, al igual que el resto de la portentosa iluminación, sirve para acompañar y acentuar el drama. Sobre ese mismo mar se proyecta, excepcionalmente, el rótulo del último de los interludios.

Grimes canta su primer monólogo de cara a la puerta de la taberna, de espaldas a nosotros, como un animal enjaulado por sus captores y ajeno a la multitud que se apiña en el interior, pero imantando al mismo tiempo todas sus miradas, como si fuera el único ser capaz de apaciguarlos y, a renglón seguido, de enervarlos, que es lo que sucede después del round tabernario (“Old Joe has gone fishing”), cuando el pescador vuelve a concitar todas las iras. Sus rudezas en el segundo acto no remiten a un hombre violento, menos aún a un maltratador, sino que nacen de su propio sufrimiento interior, de su desubicación emocional y social. Como es imposible no establecer mentalmente semejanzas entre esta producción y la de Billy Budd, que tantos justos premios ha granjeado al Teatro Real y a Deborah Warner, es obligado referirse a la más significativa. Aunque el agua es el punto de conexión más obvio entre ambos argumentos (entonces el “mar infinito” convertía a un barco, el Indomitable, en una cárcel, mientras que ahora cerca, determina e influye decisivamente en las vidas de los habitantes del Borough) y la función de las jarcias/barrotes de Billy Budd queda ahora en manos de las omnipresentes redes de pesca (que sirven sucesivamente de manta, almohada y —estremecedoramente— mortaja), hay un detalle fugaz y aparentemente menor que, sin embargo, no puede pasar inadvertido, porque revela el alcance de la hondura psicológica que impregna las puestas en escena de la directora británica. En el momento culminante de Billy Budd, cuando el capitán Vere comunica al joven gaviero la sentencia del tribunal, Billy, a punto de desaparecer por la escotilla, y en la antesala de su muerte, hace exactamente el mismo gesto que vemos hacer ahora con Grimes a su aprendiz segundos antes de que el niño se despeñe y muera: posar la mano brevemente sobre su cabeza, a modo de la imposición de manos católica para transmitir la gracia del Espíritu Santo. Billy perdona a su juez, al que luego bendecirá públicamente en el momento de su ejecución; John (el niño aprendiz) exculpa ex ante al que todos van a considerar su verdugo, que actúa angustiado por la cercanía de la turba, por la “masa de acoso” que avanza hacia su cabaña al son militar del tambor que toca Hobson de forma implacable. Es imposible decir más con menos.

Como afirmó Britten, “cuanto más depravada es la sociedad, más depravado es el individuo”. Sin embargo, ya desde el Prólogo mismo, el compositor absuelve decididamente a Peter Grimes con su música. Deborah Warner, a su vez, lo redime con su puesta en escena. El pescador que compone Allan Clayton en un ejercicio actoral sobresaliente (el tenor inglés se consagró en 2017 encarnando en Glyndebourne al protagonista de la ópera Hamlet, de Brett Dean) es un hombre lleno de heridas, sufriente, melancólico, en absoluto brutal o belicoso. Desde la pesadilla inicial, parece barruntar el trágico desenlace y nada indica que vaya a luchar para cambiar su signo. No incide tampoco Warner en la posible homosexualidad de Grimes para explicar la animadversión de sus vecinos, pero tampoco la descarta: ni sus palabras ni sus acciones demuestran un excesivo apego por Ellen, más una tabla de salvación, una madre putativa, que una verdadera amante. Clayton aprovecha sus contadas intervenciones (en el juicio, en su dúo con Balstrode, en el monólogo estelar, en los momentos previos a la muerte del niño, en la escena de la locura final, mucho más comedida de lo habitual, pero tan o más intensa) para llenar de musicalidad y desamparo a su personaje. Por edad, por aspecto físico, por idoneidad vocal, por empatía, por credibilidad, su Grimes nace llamado a marcar una época y consigue ir mucho más allá de la clásica dicotomía (“ni héroe ni villano”) formulada en su día por Peter Pears, su primer intérprete.

En una ópera esencialmente coral como Peter Grimes, llama poderosamente la atención la excepcional calidad de absolutamente todo el reparto. Tres reveladores botones de muestra: John Graham-Hall, que cantó en el Real el exigentísimo papel de Aron en Moses und Aronde Schönberg (y que fue Aschenbach en el montaje de Death in Veniceque Deborah Warner dirigió en la English National Opera), tiene confiado ahora el modesto papel de Bob Boles, el intransigente pastor metodista que empuña en la primera escena una pancarta en la que se lee: “El Señor es Nuestro Salvador”. Jacques Imbrailo, el memorable Billy Budd de hace cuatro años, es ahora Ned Keene, el boticario y curandero, otro personaje menor. Y Christopher Purves, que cantó en el estreno de Written on Skin de George Benjamin en Aix-en-Provence (y en la versión de concierto dirigida por el compositor que ofreció el Teatro Real en 2016), es un capitán Balstrode de enorme entidad vocal y actoral. Tener al espléndido tenor James Gilchrist cantando el personaje del párroco es otro lujo casi inconcebible, y así hasta cubrir la totalidad del reparto, en el que debe destacarse la excepcional Ellen que nos regala Maria Bengtsson. Con una actuación llena de matices y una voz no muy grande, pero sí de gran belleza y expresividad, la soprano sueca transmite a la perfección la dulzura doblemente maternal (hacia Grimes y hacia el niño) de la maestra de escuela, víctima a su vez, por contagio o por ósmosis, de la furia del pueblo en el segundo acto por el solo hecho de respaldar a un Grimes que ellos han decidido ya excluir de la comunidad: apoyar al paria, al asesino, al monigote que empuñan en lo alto de un palo en el tercer acto para lincharlo, para destruirlo, la convierte en un ser igualmente despreciable. Imposible, por último, no destacar la excelente actuación de Clive Bayley como un Swallow hipócrita y de gran empaque vocal.

La dirección musical de Ivor Bolton nace muy pegada a la poderosa concepción escénica de Deborah Warner y peca quizá de conservadora, primando el control sobre el desafuero ocasional. Se decanta abiertamente por los tempi moderados, ya desde el Prólogo, huye de los excesos fáciles a los que puede dar pie la partitura y solo decide cargar las tintas en los momentos en que la masa hace valer su ley con la máxima crueldad. Después de que la calidad se resintiera en SiegfriedNorma,el británicologra que la orquesta —su orquesta— vuelva a rendir a su mejor nivel, con una perfecta planificación de planos sonoros, una conjunción permanente con cuanto acontece sobre el escenario y extraordinarias intervenciones individuales de la flautista Aniela Frey (que ya brilló en Billy Budd y vuelve a hacerlo ahora con fuerza), el oboísta Cayetano Castaño, la arpista Mickaele Granados, el trompetista Francesc Castelló, el tuba Ismael Cantos (perfecta su sirena de niebla tocada fuera de escena) y la violista Ewelina Bielarczyk, que bordó sus solos al comienzo de la Passacaglia y al final del segundo acto.

El coro tampoco defrauda y, aun con las preceptivas mascarillas y menos cantantes de los que tendría en otras circunstancias, se entrega a la causa de dar vida y voz amedrentadora a ese enemigo monstruoso que no ceja hasta llevar a cabo lo que Elias Canetti llama una “ejecución colectiva” (Zusammen-Töten). Cuando, en la última escena, todos los habitantes del Borough no pueden hacer otra cosa que mirar fijamente el mar, el crimen, por indirecto que sea, ya se ha consumado. Sus últimos versos, cantados casi como si se tratara de un himno eclesiástico, remedando su intervención inicial en el primer acto, parecen querer derivar la responsabilidad del crimen hacia el mar “hondo y terrible”, pero a estas alturas, después de lo visto y oído, ya nadie puede dudar de su miseria y bajeza moral. Salimos del teatro cabizbajos, acongojados, prueba de que el mensaje de Britten mantiene intacta su vigencia y razón de más para no perderse de ninguna manera este soberbio espectáculo, aplaudido con entusiasmo por el normalmente poco generoso público del estreno, y tan solo afeado en demasiadas ocasiones por el habitual catálogo de errores, omisiones e invenciones en los sobretítulos. Hemos podido disfrutarlo, eso sí, y de qué forma, pese a las zancadillas y los malos agüeros de tirios y troyanos. Como ya sucediera con Billy Budd, este nuevo montaje se da a conocer en el Teatro Real y serán otras grandes capitales europeas (Londres, París, Roma) las que, como coproductoras, recogerán el testigo de Madrid, y no viceversa. Todas se estremecerán por igual al ver cómo el desdichado Peter Grimes sucumbe a este juego macabro y mortal: tocado y hundido. Luis Gago

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Escena de Peter Grimes en el Teatro Real

ABC 20/04/21

En el fondo de «Peter Grimes»

Benjamin Britten tiene estrella en el Real desde que «Peter Grimes» se presentará en una perturbadora producción de Willy Decker, al poco de inaugurarse el teatro en 1997. A partir de ahí, el autor británico ha sido un argumento transversal con escenificación de esas pequeñas obras maestras que son «El diluvio de Noé» y «El pequeño deshollinador», […] y «Billy Budd» (2017). Esta última se ha recordado estos días ya que su puesta en escena fue responsabilidad de Deborah Warner, quien logró un éxito incontestable al lado del director musical Ivor Bolton. La nueva puesta en escena de «Peter Grimes», estrenada anoche en el Real, confirma que ambos son una asociación inapelable.
Bajo el amparo del dilema moral, las lecturas de «Peter Grimes» son muchas y muy distintas. […] Warner se limita a facilitar la recreación del ambiente y el dibujo de los personajes. Aquí se sostiene sobre el buen trabajo de Allan Clayton, particularmente ante el monólogo del segundo acto y la definitiva derrota del Grimes en el siguiente. Le acompañan Christopher Purves muy sólido en el papel del capitán Balstrode y Maria Bengstsson quien crece en el retrato de Ellen Orford desde una posición vocalmente prudente aunque siempre bien perfilada. […]
Warner trata a Peter Grimes sin bálsamo, más allá del consuelo que pueda deducirse del libreto de Montagu Slater. Y todo ello se enfatiza a través de una lectura musical realmente singular. Bolton maneja la partitura con detalle, reconstruyendo una lectura de extraordinario refinamiento. La orquesta surge desde el foso como un personaje al que también hay que escuchar como bien refleja cada uno de los interludios que suenan a telón bajado. […]. Alberto González Lapuente
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Escena de Peter Grimes en el Teatro Real

EL MUNDO 20/04/21

Naufragio tras la derrota

Los responsables que finalmente se hicieron cargo de la dirección del Teatro Real tras su azarosa gestación se encontraron con que la primera obra maestra de Benjamin Britten se encontraba ya contratada, y apechugaron con un montaje, dirigido musicalmente por Antonio Pappano y escénicamente por Willy Dekker, con la orquesta del Teatro de La Monnaie. Las cinco funciones, celebradas en noviembre de 1997 fueron, a la vez, un éxito y una grata sorpresa (la ópera resultaba en gran medida desconocida por el público madrileño).

Regresa ahora, en esta época de crisis general, la historia del raro loco, vecino de un burgo en severa decadencia, que, estrenada en 1945 pudo verse como la intuición genial de sus dos autores, la pareja formada por el compositor Benjamin Britten y el tenor Peter Pears, cuya clarividencia detectó la situación en que se encontraba el mundo después del espanto de la Segunda Guerra Mundial. Locos peligrosísimos habían llevado la humanidad al borde de la catástrofe; unos perecieron, otros, permanecieron. La rara locura brota del pueblo, consecuencia y expresión de su miseria moral y social. Es el caso del pescador Peter Grimes.

La coproducción presentada del Teatro Real con tres teatros europeos se aparta de una concepción trágica, que requiere una cierta abstracción poética, para optar por un realismo que subraya la vulgaridad del lugar y sus habitantes, sin ocuparse de ofrecer pistas suficientes para descifrar la historia. Porque se trata de un relato que mucho tiene de enigmático, pues el huraño pescador cuyos grumetes acaban sepultados en el mar es un tipo complejo que necesita ser interpretado escénicamente.

La bondadosa maestra Ellen y el bienintencionado capitán, los únicos apoyos del desventurado protagonista, bien servidos por Maria Bengtsson y Christopher Purves, no requieren un análisis especial; no así el enigmático pescador, una figura sospechosa de brutalidad y que despierta piedad por su indefensión, en la cuerda floja entre la debilidad mental y el victimismo. Allan Clayton, buen actor y cantante, presenta al enigmático sujeto como un neurótico algo obtuso, más cerca del pobre hombre sentimental que del arquetipo violento. El público deberá decidir si es héroe o villano.

La orquesta, en manos de Ivor Bolton, suena elegante sin apartarse de la visión superficial del montaje. Un espectador, que había visto la función primitiva, comentaba que él recordaba un drama sombrío y le parecía estar asistiendo a una comedia musical que acaba mal. El paisaje después de la derrota que preludia el naufragio no resulta en este caso opresivo, increpando a la vez la mente y el corazón del espectador, que tiene que contentarse con un gamberrismo playero poco estimulante.

El público del Teatro Real recibió el encuentro, o reencuentro, con la fábula sombría, con interés, aplaudiendo a todos. Una función larga que termina poco antes de que suene el clarín del toque de queda. Impecable profesional, escasa originalidad y la sospecha, tal vez algo melancólica, de cómo nuevas visitas a títulos supuestamente situados con firmeza en la memoria son sometidos, al revisarlos, a una difusa impresión de no es ésta la obra que creíamos poseer, por culpa de sus intérpretes, de la obra misma o de nosotros mismos. Álvaro del Amo

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Escena Peter Grimes en el Teatro Real

EL CONFIDENCIAL 20/04/21

‘Peter Grimes’ o la poética de la sordidez

La disciplina de las mascarillas ha tenido sus efectos secundarios positivos. Ha malogrado, por ejemplo, el aparato social de los estrenos. O los ha convertido en un baile de máscaras. Los ‘paparazzi’ no aciertan del todo a reconocer a los famosos, por mucho que los famosos se esmeren en diferenciarse del anonimato normativo que les confiere la disciplina del embozo.

Efectos secundarios positivos. Y hasta ventajas teatrales cuando se trata de caracterizar a la turba. Sucedió este lunes en el Teatro Real con el estreno de ‘Peter Grimes‘, entre otras razones porque el montaje deslumbrante de Deborah Warner aprovecha el ‘uniforme’ de las mascarillas para borrar el rostro de los coristas. Y para convertirlos en la abstracción del pueblo justiciero, cotilla y alcoholizadoEs la masa frente al apestado, la gentuza contra un pescador condenado al suicidio entre las habladurías y las dudas. Al marinero Peter Grimes se le ha ahogado un aprendiz en circunstancias accidentales, así que la muerte de un segundo muchacho que trabaja a sus órdenes y que él mismo adopta termina precipitando el sacrificio de la turba. Se trata de repudiar al intruso, de ajusticiarlo, haciéndole expiar la rudeza y las incomprensiones.

La historia deslumbró a Benjamin Britten (1913-1976) cuando tuvo noticia de un poema dramático de Crabbe George (1810) que indagaba en la desdicha arcaica de Grimes. Después intervino el instinto teatral de Montagu Slater, cuyo libreto no recreaba tanto la desgracia de un marinero en la miseria de un villorrio de Suffolk como trasladaba una lacerante reflexión sobre la persecución del chivo expiatorio. Y sobre la crueldad con que las masas purgan al ‘extranjero’ y se constituyen en tribunales paralelos, esgrimiendo un crucifijo o una botella de ron.

Tiene sentido que la historia sacudiera las orillas de la Revolución Industrial. Y que Britten y Montagu ambientaran la ópera a principios del XIX, pero las coordenadas espacio-temporales pueden ubicarse en 2021 sin el peligro de incurrir en arbitrariedades dramatúrgicas.

Es un rasgo contemporáneo la relación asimétrica de los fuertes contra el débil. Y lo son la angustia proletaria, la frustración social, la hipocresía, el recurso anestésico del alcohol en un pub de mala muerte. Deborah Warner acierta a ponernos delante un fresco devastador de nuestro tiempo. No solo con las intenciones estéticas o pedagógicas que podrían encontrarse en una película ‘anticapi’ de Ken Loach, sino recurriendo a una poética del feísmo que engendra escenas de enorme belleza en medio de la desolación y de la ferocidad humana.

Un buen ejemplo consiste en el cuarteto de voces femeninas que sacude de emociones el segundo acto. Un himno matriarcal que aspira a serenar en vano la violencia ebria de los varones. Y que proporciona al espectáculo todo el lirismo que Britten acertó a cultivar en una partitura ecléctica, caleidoscópica y provista de un instinto teatral que ha sobrevivido al tiempo y al oleaje.

Nadie mejor que el tenor Allan Clayton para indagar en la complejidad psicológica, musical y vocal de Peter Grimes. Nadie mejor que el maestro Ivor Bolton para mediar entre el foso y la escena provisto de una clarividencia y de una sensibilidad extraordinarias. No es que el director británico interpretara la partitura. La escrutaba. E indagaba en todos sus misterios y sus certidumbres. Sentíamos el instinto de Puccini, la angustia alienante de ‘Wozzeck’, la agilidad de un musical de Broadway y toda la riqueza posimpresionista de los interludios.

Bolton navegaba con los músicos como si estuvieran en el vientre de un galeón. Le aclamaron con justicia. Y se premiaron las cualidades de un reparto coral sin menoscabo de la gigantesca interpretación de Allan Clayton. Su monólogo del tercer acto forma parte de los hitos de la temporada y de la década. Se diría que Britten había escrito el personaje a su medida. Y que la degradación del personaje solo tiene sentido en el cuerpo y en la voz del tenor inglés. No digamos cuando amortaja al niño entre las redes del pescador. Y cuando el réquiem musical de Britten incorpora a la escena un dolor y un estupor más profundos que el océano.

No es habitual que haya tantos clamores ni entusiasmos en una noche de estreno, menos aún cuando la euforia se deriva de un montaje sórdido, desolador y vanguardista. Ni siquiera el mar es el mar en la concepción despiadada de Warner. Es un mar metálico, muerto, inasequible a las plegarias de los protagonistas, una cortina de alquitrán, un cementerio marino donde expira Peter Grimes en nombre de todos los marineros sin patria, sin tierra, sin esperanza. Rubén Amón

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La Razón 20/04/21

Estampa marina a falta de grises  

El Teatro Real recibió por primera vez esta ópera en 1997, a poco de reabrirse como sala lírica, en un ejemplar montaje de Willy Decker. Hay que aplaudir una nueva presencia en nuestros escenarios de esta gran obra maestra, escrita en un estilo, por decirlo así, antiwagneriano, que aparece constituida por números aislados, independientes, con especial atención al manejo de la voz. Obra coral, de recia tradición inglesa, con un admirable retrato de personajes. La rica orquesta subraya puntualmente el desarrollo de la acción y pone en ambiente al auditor, crea atmósfera. La naturaleza, protagonizada por un mar ora amenazador, ora tranquilo y bienhechor, está presente de principio a fin y brilla en todo su esplendor en los seis famosos “Interludios”.

Lo más señalado de la representación de ayer noche ha sido la prestación del foso, en donde Ivor Bolton, especialista en este repertorio, se mueve como pez en el agua (nunca mejor dicho). Los ”Interludios marinos” han tenido elocuencia, han estado bien planificados y acentuados, con la respuesta de una orquesta (algo más de 70 instrumentistas bien separados entre sí), rica en timbres, brillante en los “tutti”, con solistas de talla y un fraseo que el director ha sabido ahormar. En todo momento la rectoría –sin batuta, como es habitual- ha controlado y ha respirado con las voces estableciendo compás a compás los matices y los reveladores claroscuros. Buen manejo asimismo de las cambiantes dinámicas.

Todo ello ha dado como consecuencia una notable noche de ópera en la que los inspirados y eclécticos pentagramas (resonancias puccinianas, stravinskianas, mahlerianas), en los que hay mucho de original, han tenido también una respuesta vocal más que digna. Allan Clayton ha mostrado sensibilidad, cuidado en el matiz haciendo crecer una voz de por sí no especialmente relevante. Es un tenor lírico, a falta de un mayor mordiente y de un mayor desahogo en la zona superior. Pero ha cumplido con creces. Lo mismo que Maria Begnston, una Ellen Orford emotiva, sensible, refinada. Su voz de soprano lírica tiene un aceptable vibrato, aunque no es potente y flaquea en la zona grave. Estupendo el Balstrode de Christopher Purves, expresivo, severo, que suple con buen arte y dicción soberana, una cierta falta de brillo y un peligroso engolamiento.

El resto del reparto, incluido el temblón y apuradillo Bob Boles de John Graham-Hall y el opaco Swallow de Clive Bayley, funcionó a satisfacción. Mención especial para las dos jóvenes “sobrinas”: Rocío Pérez y Natalia Labourdette, saladas y en su sitio, también como actrices. Algo esto último que hay que poner, claro es, en el haber de la directora de escena, Deborah Warner, a la que ya se aplaudió, y mucho, en su “Billy Budd” del propio Britten hace tres temporadas. Ha movido muy bien a los vecinos de Grimes, con orden –a veces excesivo-, con intención y con excelentes resultados dramáticos.

Hemos echado en falta, en una puesta en escena que sitúa la obra en nuestra época, un mayor reflejo de la sordidez, de la grisura, de la desolación del paisaje y de las almas. Todo es muy colorista. Pero hay momento logrados. El Prólogo, por ejemplo, con un juicio simbólico, ofreció una magnífica plástica y una ágil disposición. Cada escena tiene su tempo y cada personaje su pauta, aunque no se pierde la noción de que, después de todo, estamos ante una obra coral. Mal resuelta la incidencia de la segunda escena del segundo acto, en el que se emplea el decorado de fondo de la escena primera del acto inicial. No se hace comprensible la muerte del segundo aprendiz. No es tampoco muy convincente la partida de Grimes hacia su fin.

Bien está que el mar, un fondo luminoso e irisado, aparezca ante nosotros en varios de los cuadros. Y estupendamente realizada la escena de la taberna El Jabalí, con todas las estrecheces y la ominosa acusación contra el desgraciado y falto de amor, el aherrojado e inadaptado Peter. Con todo una representación disfrutable y muy aplaudida bien que sin llegar a las  excelencias de Billy Budd. Arturo Reverter

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