Critica: Schumann frente a Wagner, en el Carlos V de Granada, de la mano de Budapest e Iván Fischer
Schumann frente a Wagner, en el Carlos V, de la mano de Budapest
75 FESTIVAL DE GRANADA. Orquesta del Festival de Budapest. Iván Fischer (director). Solistas: Anje Kampe (soprano), Hanno Müller-Branchmann (bajo-barítono). Programa: Obras de Schumann (Tercera sinfonía, “Renana”) y Wagner (Escena final de La Valquiria). Lugar: Granada, Palacio de Carlos V. Fecha: 4 julio 2026.

Iván Fischer al frente de la Orquesta del Festival de Budapest © Festival de Granada | Fermín Rodríguez
Iván Fischer y su inseparable Orquesta del Festival de Budapest, formación que él mismo fundara en 1983 junto con Zoltán Kocsis con “la crema de los jóvenes instrumentistas de Hungría”, han recalado en el Festival de Granada reiterando un programa ya paseado por la geografía española el pasado mayo, que confronta dos obras y maneras creativas tan disímiles como la Sinfonía Renana y la portentosa escena final de La Valquiria. Schumann frente a Wagner. Dos genios alemanes -uno renano, el otro sajón- nacidos con apenas tres años de diferencia, y protagonistas de peripecias vitales tan distintas como sus músicas.
Un Wagner en el que los húngaros mostraron lo mejor de sí, con esa calidad y manera de tocar que se nutre y en la que brilla la fina tradición instrumental del país de Liszt -suegro de Wagner- y Bartók. La Orquesta del Festival de Budapest es una estupenda formación sinfónica, moldeada a la imagen y manera de Fischer, con un prestigio labrado en décadas de incesante actividad, grabaciones y permanentes giras. Su sonido perfilado se basa en una cuerda corpórea y empastada, que respira y frasea al unísono, y en unos vientos seguros y firmes que en absoluto desentonan con sus colegas de los arcos.
Con estos mimbres, y la maestría veterana y a prueba de bomba de Iván Fischer (Budapest, 1951), sirvieron un Wagner de empaque sinfónico, en el que el podio dio tiempo al tiempo para explayar el decurso wagneriano en fraseos amplios y cuidadosamente graduados en dinámicas, con tendencia más en subrayar los fortísimos que en profundizar en pianísimos que realmente nunca llegaron a ser tales en la acústica particular del Carlos V.
Fischer y sus músicos mimaron y clarificaron el caudaloso tejido sonoro wagneriano -con los contrabajos dispuestos en línea, ubicados al fondo del escenario, como la Filarmónica de Viena; las trompas a la izquierda, y resto del metal a la derecha, como también las arpas-, e hizo teatro y drama con el entretejido juego de motivos que desarrolla Wagner en su peculiar manera operística.
Fue un final de La Valquiria marcado por la pericia y autoridad del avezado maestro y por la sólida y contundente calidad instrumental de la orquesta, a pesar de ciertos desequilibrios en el balance de la escena final del fuego mágico, con el sonido de las arpas perdido en el cielo sin fin del Carlos V y un par de estridentes flautines cuyo ímpetu decibélico desajustó el homogéneo y lírico caudal sinfónico que requiere tan delicado y crucial momento.
Disímil y mucho fue el apartado vocal, en el que la veterana pero aún en forma Anje Kampe (1968), sustituyó -para bien- a la soprano Ingela Brimberg, que fue la que cantó en la reciente gira española. Kampe, wagneriana de pedigrí, dio credibilidad vocal y dramático a una Brunilda que aún conserva el brillo y fulgor de antaño. Se metió en la piel del personaje y en el momento crítico de adentrarse en su sueño quizá sin fin.
El que por infortuna no cambió en el reparto fue el “bajo-barítono” alemán Hanno Müller-Brachmann, que volvió a ser el equivocado y verde Wotan de Madrid, Barcelona y Valencia. A diferencia de la Kampe, que cantó de memoria, con el personaje metido en la cabeza y en el alma, Müller-Brachmann lo hizo pegadito a la partitura, como si tuviera cogido el papel con alfileres. Ni su voz ni su empaque, bagaje y entendimiento se ajustan a los requerimientos del dios wagneriano. Faltan resonancias, cuerpo, proyección, peso, densidad, ímpetu y carácter. Carencias que resultaron enfatizadas ante el contraste con la naturalidad y cultura wagnerianas que irradiaba la Kampe.
Antes, en la primera parte, orquesta y maestro sirvieron una lectura brillante y temperamental de la caótica y nada wagneriana Sinfonía Renana de Schumann, en la que asomaron y se subrayaron sus motivos inspiradores: la rotundidad de la gótica Catedral de Colonia y los aires evocadores de las orillas del Rin a su paso por la capital hanseática. Versión aquilatada y a la vieja usanza, como corresponde al alumno de Swarowski que fue Fischer: natural, vehemente y fluida, pese a un generoso dispositivo orquestal que no llegó a mermar la viveza del conjunto.
Fue una inesperada Sinfonía Renana que en el Carlos V se convirtió en la más singular obertura imaginable para la escena final de La Valquiria. Cosa de festivales. De Budapest y Granada. Por supuesto, y como ya es norma en esta exitosa septuagésima quinta edición, el aplauso del público que abarrotó el Carlos V rubricó con ganas y hasta fervor el final de este programa que puso antes las cuerdas a Schumann y Wagner. Ganaron los dos. Justo Romero.
























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