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El "Ocaso de los dioses" en Valencia
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Por Publicado el: 30/05/2009Categorías: Crítica

Delirantes monólogos

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Delirantes monólogos
“Delirios, variaciones sobre Shakespeare” de Alfredo Aracil y José Sanchís Sinisterra. H. Colomé, C. Sanchís, M. Lario, J. Hernández-Pastor, G. López. Solistas de la ORCAM. Natalia Menéndez, dirección escénica. Alberto Corazón, espacio escénico. José Ramón Encinar, dirección musical. Teatro Canal. Madrid, 28 de mayo.
Alfredo Aracil ha bautizado su nuevo experimento musical con el nombre “Delirios”. Otros podrían llamarlo tanto “Disparate” como “Masturbación mental”, todo en torno a Shakespeare naturalmente, y todos ellos tendrían razón. Los que no la tienen son quienes lo presentan como ópera de cámara, porque no lo es. Todo lo más, si autores de música y texto quieren, un “monólogo-drama con apoyo musical”. Lo demás es pura y vana pretensión.
Estamos ante dos piezas basadas en “La Tempestad” y “Romeo y Julieta”, en las que los autores deliran sobre los personajes de Próspero y Julieta. Al primero sólo le quedan poderes –y tampoco al final- sobre la música y la segunda resulta que no se suicidó y ha vivido treinta años en el mausoleo, en cuya oscuridad no tiene más compañía que los sonidos. Como la segunda de Shakespeare es mucho mejor obra que la primera, también la segunda de Aracill y Sanchís Sinisterra lo es, pues logra combinar drama con un irónico sentido del humor que hace más llevadero los cuarenta minutos del disparatado monólogo. Una alfombra redonda, una carretilla, una mecedora y dos supuestos ataúdes con armazón a base de cortinas como de baño son los únicos elementos escénicos firmados por Alberto Corazón como reclamo para el espectáculo, pero conceptualmente infantiles, aunque desde luego muy económicos en sí. Para algo estamos en crisis.
Héctor Colomé y Clara Sanchís recitan muy bien sus largas partes, con perfecta dicción. Soprano, tenor y contratenor acompañan de cuando en cuando los monólogos con madrigales que emulan la época. José Ramón Encinar coordina eficazmente un conjunto instrumental compuesto por siete músicos entre viento y percusión en la primera obra, a los que se añaden viola, chelo y acordeón en la segunda para apuntar a veces compases de música barrocos entre las mayoritarias notas de acompañamiento a los textos dramatizados. Los amigos de los intervinientes que llenábamos el pequeñísimo recinto aplaudimos amistad e interpretación, pero otra vez la organización debería avisarnos para que nos dejemos las piernas en casa, porque no hubo donde colocarlas. Gonzalo Alonso

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