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Por Publicado el: 04/06/2016Categorías: Crítica

«Don Giovanni» como en los viejos tiempos

Festival de Música de La Palma

«Don Giovanni» como en los viejos tiempos

“Don Giovanni” de Mozart. P. Gavanelli, E. Mei, R. Saccà, Y. Auyanet, M. Lo Piccolo, A. Gilbrán, E. Sadovnikova, E. Morillo. Orquesta del Festival. G. Korsten, director. J. Saavedra, coordinador de escena. Teatro Circo de Marte. Santa Cruz de La Palma, 3 de junio.

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Durante el siglo XIX el puerto de La Palma revestía gran importancia en el tráfico marítimo entre Europa y América. Era una última escala donde aprovisionarse antes de atravesar el Atlántico y la parada duraba más de un día. De ahí que “Il Trovatore” pudiese escucharse en la isla a los tres años de su estreno en Roma durante los ensayos de una compañía en gira. El tiempo ha pasado y La Palma no es marítimamente lo que fue, pero en cambio hay mucha población alemana, holandesa y de otros países europeos. Este hecho, junto a la idea de potenciar el turismo cultural movió ha organizar hace años unas breves temporadas de ópera que la crisis cambió por conciertos. En la actual edición se añade a estos “Don Giovanni”, gracias al buen sentido de recurrir a artistas ligados a Canarias, como el propio Paolo Gavanelli, con casa en la isla. Entre unos y otros se ha podido montar un entrañable espectáculo que retrocede al espectador al siglo XVIII, cuando las óperas se representaban en las cortes o en teatros pequeños. El precioso Circo de Marte data de 1781, aunque se ha renovado últimamente, y su capacidad no alcanza las 500 butacas. Escuchar en él “Don Giovanni” supone una vivencia sonora irrepetible, tanto por la intimidad de situar al espectador casi en el propio escenario como por la apabullante sonoridad aunque la orquesta se componga sólo de unos 30 atriles. Un regreso total a los tiempos iniciales del género.

Gran acierto ha sido la introducción de movimientos escénicos, que ha coordinado Jerónimo Saavedra, que eliminan la monotonía de los cantantes sentados en sillas junto al director o entrando y saliendo. No se trata de una semiescenificación, sino de una simulación de la acción que sorprendentemente traduce el libreto mejor que muchas puestas en escena, más en esta obra tan difícil de escenificar. Un simple cambio de foulard entre Don Juan y Leoporello o la entrega de mosquetón y pistola de Maseto al libertino basta para comprender lo que sucede. La orquesta, muy animada y extrovertidamente dirigida por Gerard Korsten, suena en el pequeño teatro con una sonoridad que obliga a los cantantes más de lo conveniente. Entre estos, en un reparto sin altibajos, sobresalen las damas: Eva Mei, Yolanda Auyanet, y Ekaterina Sadovnikova, respectivamente Doña Ana, Doña Elvira y Zerlina. Impresiona la rotundidad de la voz de Ernesto Morillo como Comendador. Roberto Sacca es un Don Ottavio casi heroico y Anelio Gibrán un digno Masetto, mientras que, al final, a Maurizio Lo Piccolo se le desfonda algo Leoporello. Paolo Gavanelli luce clase y veteranía aunque en ocasiones sustituya con potencia la merma de brillo en el timbre. Ni qué decir tiene que el público fue consciente de vivir una experiencia casi única y aplaudió a rabiar. Gonzalo Alonso

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