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El último recital de Barenboim
"La Gioconda" y sus controversias críticas
Por Publicado el: 28/03/2008Categorías: Diálogos de besugos

El Tamerlano en la crítica nacional

En el “Tamerlano” del Teatro Real hay una cierta unanimidad de opinión entre las principales críticas de la prensa nacional. Meritorio trabajo de la Sinfónica de Madrid para aproximarse a un repertorio que no es el suyo, bajo la dirección de un “cuadrado” Paul MCreesh que cae en una cierta monotonía. Voces muy desiguales, con la importante de Domingo, al que siempre es un placer escuchar, en un papel al que arrimarse también supone mérito, aunque en muchos momentos se encuentre fuera de estilo y las coloraturas le superen. Las voces femeninas bastante inaudibles, con una Tamerlano absolutamente deficiente, echándose mucho de menos un gran contratenor en este papel. Puesta en escena elegante pero reiterativa en algunos absurdos movimientos y escasa de contenido dramático. Y, lo fundamental, lo ya iluminado días antes por Gonzalo Alonso en El Cultural, la barbaridad de obligar al público a soportar cuatro horas y media de recitativo-aria-descanso. Sólo en el último acto Haendel se animó a hacer cantar juntos a los intérpretes. Y otra conclusión: este repertorio no funciona en espacios grandes como el del Real, sino en teatros como el Arriaga, más recogidos y donde el público puede llegar a sentirse integrado y participante en el espectáculo. Tijeras y sala son aspectos que nunca debieran olvidarse a la hora de programar barroco.

LA RAZÓN:
PUES MENOS MAL QUE ESTABA PLÁCIDO DOMINGO…
Teatro Real
HAENDEL: Tamerlano. Mónica Bacelli (Tamerlano), Plácido Domingo (Bajazet), Ingela Bohlin (Asteria), Sara Mingardo (Andrónico). Jennifer Holloway (Irene), Luigi De Donato (Leone). Orquesta Sinfónica de Madrid. Director musical: Paul McCreesh. Dirección escénica: Graham. Vick. 26 de marzo de 2008, Teatro Real. José Luis Pérez de Arteaga

En teoría, insertar a Plácido Domingo en una ópera barroca, podía parecer algo así como montar una paella sobre un soufflé de queso. A la postre –nunca mejor dicho-, la presencia del tenor madrileño fue, en varios momentos de la larga noche, el máximo aliciente de una representación bien intencionada –sí-, con (algunos) buenos mimbres –también-, pero que terminó pesando como una losa sobre buena parte de una audiencia que abandonó con moderación la sala –no fueron muchos, y lo hicieron en los dos entreactos-, que se aburrió en conjunto con educada displicencia y que hizo buena la frase lapidaria que una espectadora pronunció, de manera tan cortés como audible, al caer el telón: “¡Bendito sea Dios, se acabó!”.
“Tamerlano”, ópera número 17 en el conjunto de las 41 redactadas por Haendel, se gesta en un año de bienes para el autor de “El Mesías”, 1724, el que también conlleva la creación de “Julio César”. Esta fue, acaso junto a “Jerjes”, la más conocida página lírica de Haendel durante décadas, antes de la relativamente moderna restauración de su catálogo operístico debida a los Gardiner, Harnoncourt, Jacobs, Curtis, Minkowski o Pinnock. Frente al despliegue de “Giulio Cesare”, “Tamerlano” es una obra contenida, incluso intimista, en la que no hay escenas corales ni complejidades instrumentales: Haendel se ciñe a seis voces, todas protagonistas según los momentos de la obra, y a un conjunto orquestal escueto, sin metales, con un mínimo (pero efectivo) dispositivo de viento-madera que secunda a la cuerda y al continuo. Todo queda en manos de los cantantes y del director.
Había, sí, cantantes especializadas –cuatro voces femeninas, incluida la del personaje que da título a la pieza, y dos masculinas- en esta producción del Maggio Musicale Florentino recogida por el Teatro Real: Monica Bacelli ya fue “Tamerlano” en el 2001 y Sara Mingardo también encarnó a “Andrónico” en una versión que en Florencia dirigió Ivor Bolton. La primera no parecía tener en Madrid la mejor noche de su vida, comprensiblemente “des-ayudada” por las tonterías gestuales y danzadas que la dirección escénica le obligaba a hacer, y algunas de sus coloraturas estuvieron al borde de lo gallináceo; mejor Mingardo, que cantó “Bella Asteria!” del Acto I con hermosa dignidad, aunque luego fue perdiendo fuelle en el curso de la sesión. Bonito y sentido el canto, también idiomático en el estilo, de Ingela Bohlin (“Asteria”) y descolorida Jennifer Holloway en el personaje quizá menos agradecido, “Irene”. ¿Estilísticamente descolocado Plácido Domingo? Seguramente, pero, a su años –podía ser padre o abuelo de algunas de las cantantes mentadas-, la voz era la más hermosa sobre el escenario e, importantísimo, su estupenda dicción permitía que se entendiera todo lo que recitaba o cantaba; en suma, llenaba la escena y daba una lección de versatilidad y preparación técnico-musical que, listas de mejores tenores del mundo aparte, muy pocos intérpretes se han permitido.
Paul McCrees es un admirable músico que ha tenido que venir a bregar con un toro en principio ideado para otro (¿Minkowski, que en estos mismos días va a actuar en el Real?) y con un trabajo lógicamente ímprobo con una formación, la Sinfónica de Madrid, muy distante en la práctica de estas lides. ¿No habría sido más coherente que Mc Creesh se hubiera traído a sus Gabrieli Consort & Players, o a otra formación similar, como se ha hecho con la ópera paralela de Vivaldi, “Bajazet”, confiada a Fabio Biondi y a su Europa Galante? La rectoría escénica, ya “fumigada” por la crítica italiana, es de un hieratismo y parquedad/parvedad irritantes. Los derviches o así que circulan por la escena parecen contratados por Groucho Marx para servir un cocktail en la embajada de Libertonia, y la media esfera adherida a un pie no se sabe si es la opresión del tártaro sobre los otomanos o un ejercicio de rehabilitación para la base del quinto metatarsiano.
Lo dicho: menos mal que estaba Plácido Domingo…

EL MUNDO

El tártaro contra el turco

Un Plácido Domingo soberbio fue lo mejor del estreno de ‘Tamerlano’ en el Real.

ALVARO DEL AMO
Tamerlano . Autor: Händel / Director musical: Paul McCreesh / Director de escena: Graham Vick / Reparto: Monica Bacelli, Plácido Domingo, Ingela Bohlin, Sara Mingardo, Jennifer Holloway y Luigi de Donato / Producción: Maggio Musicale Fiorentino / Escenario: Teatro Real / Fecha: 26 de marzo. **
El rico legado operístico de Händel, nada menos que 43 títulos, se va recuperando, en disco y en escena, como un tesoro cuyas maravillas no siempre son fáciles de apreciar. La música a menudo excelsa, la inagotable variedad de la escritura vocal y la probable fascinación por lo heroico o lo mítico, llegan a través de una dramaturgia hoy obsoleta, sobre libretos abstrusos, arias interminables y prolijos recitativos.
Para que las perlas, gemas, oros y platas de estas obras luzcan como merecen no basta con abrir el cofre y desplegar las piezas sobre el escaparate. La producción del Maggio Musicale Fiorentino invitada por el Teatro Real se aproxima a la belleza de esta poderosa obra sin descubrirla del todo.
Graham Vick propone un lugar en forma de elipse, como un blanco fragmento de anfiteatro, dominado por la fuerte imagen de un gran pie apoyado sobre una bola; acertado símbolo del poder confirmado cuando la bola gira para mostrar en su reverso el trono del tártaro vencedor. La blancura de la escena se enmarca de negro en ocasiones, buscando un cierto contraste, que se completa con la aparición de un gracioso elefante de color añil y en las evoluciones de un breve cuerpo de ballet dedicado a componer cuadros vivientes. La actuación de los intérpretes es convencional, salvo en el caso de Tamerlano, convertido incomprensiblemente en algo así como un enano saltarín, cometido que obliga a Monica Bacelli a combinar esforzada y meritoriamente la ironía del monarca estrafalario con la manifiesta crueldad del tirano.
La batuta de Paul McCreesh obtiene de la orquesta una lectura correcta, pero lamentablemente alejada del color, el calor, el brillo, la intensidad y el pálpito de una música que fluye sofocada y, lo que es peor, monótona. A veces da la impresión de estar asistiendo al oficio religioso de una iglesia.
Los cantantes, comprimidos tanto por el estatismo del director de escena como por la rigidez del director musical, participan de la corrección general, esforzándose en superarla. Algo borrosos Sara Mingardo en Andrónico y Luigi de Donato en Leone, la Irene de Jennifer Holloway y la Asteria de Ingela Bohlin destacan en sus papeles de amantes sistemáticamente repudiadas.
Lo mejor de la función es sin duda el sultán vencido que encarna Plácido Domingo, tardío y prodigioso aterrizaje en un repertorio hasta ahora ajeno. Si los demás no logran nunca sacudirse por completo el hieratismo de unas figuras constreñidas por sus pobres psicologías, el enciclopédico tenor, desde que se alza bajo la bola blanca, vuelve a hacer gala de su proverbial entrega, dotando a un héroe, en principio tan retórico como los otros, de una emocionante humanidad, que brota de una voz casi baritonal, de una dicción diáfana que no se arredra ante las agilidades y de una exquisita musicalidad, rematando algo así como un extenso curso intensivo de arte lírico literalmente apabullante.
Este artista excepcional ha quebrado todas las normas sobre la especialización y la prudencia de un cantante a la hora de ir seleccionando su repertorio; él ha sabido evolucionar añadiendo los más variados estilos, desde Mozart a Wagner, desde Puccini o Verdi hasta Richard Strauss, en un gozoso e insaciable apetito, satisfecho con la más rigurosa exigencia al servicio de un público atónito y nunca suficientemente agradecido.
La audiencia siguió el espectáculo con interés y atención, aplaudiendo casi cada parte, y premiando al final a todos con aplausos unánimes, que sin embargo, no ocultaban una palpable fatiga después de cuatro horas y media de dimes y diretes entre turcos, mongoles y princesas; en el segundo descanso se produjo un movimiento de deserción no muy abundante, pero claramente apreciable.
Tanto el fervor de los espectadores como su cansancio deberían animar a someter estas obras a una enérgica dramaturgia, acortando libretos, suprimiendo algún aria y dinamizando su ejecución musical y escénica. Händel estaría probablemente de acuerdo.
Bienvenido sea, con sus altibajos, este Tamerlano, servido también por un segundo reparto muy prometedor, como muestra de las excelencias de un compositor que la temporada que viene nos visitará de nuevo por partida doble. Cabe esperar que las presentes insuficiencias detectadas esta vez sirvan de ejemplo para su futura corrección.

ABC:
«Tumulti dell´ alma»
ÓPERA
«Tamerlano»
Música: Haendel. Int.: M. Bacelli, P. Domingo, I. Bohlin, S. Mingardo, J. Holloway, L. De Donato, Orquesta Titular del Teatro Real. Dir. escena: G. Vick. Dir. musical: P. McCreesh. Lugar: Teatro Real. Fecha: 26-03-08
ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE
A Plácido Domingo le gusta sufrir. Lo ha hecho al lado de más de un centenar de personajes representados sobre el escenario. Y aún sigue en ello. Podría descansar, que para algo ha de servir la experiencia y la madurez, pero, muy al contrario, sigue recalcitrante mientras atraviesa la larga senda de la veteranía. En un golpe de efecto ha decidido ahora hacer suya la tragedia del sultán otomano Bayaceto, al que acaba de dar vida bajo el nombre de Bajazet, tal y como aparece en «Tamerlano», la ópera de Haendel que ayer se estrenó en el Teatro Real.
No hay duda de que el reto asumido por Domingo es meritorio. Supone mirar al Barroco, un espacio/tiempo que cualquiera, en buena lid, creería alejado de su naturaleza. Que, además, lo haya hecho en Madrid, es una deferencia que le añade interés a una de las temporadas más sugerentes de cuantas se han realizado en la corta historia del moderno Teatro Real. Visto así, quizá la noticia de hoy sea la actuación ayer de Domingo. Pero no sería justo que todo quedara reducido a este hecho, al fin y al cabo algo de complejidad tiene el mundo de la ópera.
Especialmente ante este «Tamerlano» frente al que caben dos modos de observación: desde la totalidad o en el detalle. Y de fijarse en este se observará que cabe reducirlo a una reunión de contrarios. Desde el mismo arranque fue evidente. De manera singular en este momento pues fue cuando se manifestó la dificultad de la Orquesta Titular para alcanzar un sonido convincente, obligada por Paul McCreesh a restaurar lo que le es ajeno. Tanto como para que la entrada de las flautas barrocas en el aria «Deh, lascatemi il nemico» convirtiera al conjunto en algo demasiado contradictorio. Luego el oído se hace a todo, se toca con más aplomo, se pone más interés en el fin que en el medio, y la obra adquiere un pálpito interesante. «Tamerlano» se hizo más consistente.
En el caso de las voces la senda fue similar. Domingo con voz grande, convenciendo que lo heroico no había de llegar por la pulcritud en el acabado, agilidades incluidas, sino por una elocuencia expresiva que le es más cercana. Encontró su mejor baza en la angustiada «A suoi piedi padre esangue», pues ahí importó el trazo largo, el «fiato», pudiendo recrearse en cierta agógica que ni la enfurecida «Empio, per farti guerra», ni la cuadratura de McCreesh ante lo ágil, le permitió. Lo curioso fue comprobar la diferencia de presencia y estilo entre el tenor y el resto del reparto. Voces pequeñas (la de Luigi De Donato, en una noche poco afortunada ha de quedar fuera) que necesitaron su tiempo para calentar, pero voces todas ellas de buena afinación, limpieza en los adornos y cuidado en la transcripción de los afectos.
Sara Mingardo la primera, pues su Andronico tuvo encanto desde la cariñosa y cálida «Bella Asteria», que marcó el verdadero inicio de la obra, hasta otras arias de mayor lucimiento, a la cabeza «Benché mi sprezzi l´idol che adoro». Monica Bacelli le puso voz al protagonista, comenzando con la voz muy atrás y resolviéndolo en el desarrollo de la obra con soltura escénica y gusto. Lo tuvo también, aunque con mayor superficialidad Jennifer Holloway, en el papel de Irene, e Ingela Bohlin, quien manifestó en la primera y delicada aria de Asteria, «Se non mi vuol amar», algunos sonidos fijos y cierto desgarro en el registro agudo que fue templando poco a poco.
También con paso decidido este «Tamerlano» caminó hacia espacios más firmes. Tiene la suerte de estar guiado por el trabajo escénico de Graham Vick, quien recrea un esteticismo ordenado, pulcro y minucioso en el detalle, que se abre una nueva amplitud que trasciende inteligentemente el sentido original de ópera de interiores. Posiblemente hay una coherencia de fondo entre la serenidad que observa la vista y la ancha temporalidad de la obra, sin que esto niegue la presencia de momentos visualmente poderosos: ya puede ser el arranque con Bajazet oprimido por un globo (mundo) que sujeta un inmenso pie, ya el interior del mismo convertido en el dorado trono de Tamerlano, ya el agujero negro que acaba siendo la puerta hacia el Averno por donde se perderá Bajazet.
No importa. Para entonces la representación deja de llamar la atención por sus detalles. Domingo muere con la resolución y el convencimiento escénico de quien tanto ha sufrido. Los demás asisten y asienten en un «lieto fine» cantando con encantadora igualdad. Paul McCreesh le encuentra efusión a una orquesta que suena con cierto atractivo. Y «Tamerlano» se convierte en una ópera de posibles. Tiene mérito, no hay duda.

EL PAÍS:
Plácido barroco. J. Á. VELA DEL CAMPO
EL PAÍS – Cultura – 28-03-2008
De desembarco barroco en Madrid se puede hablar, con las representaciones de Tamerlano, de Händel, en el Real desde el miércoles, con Plácido Domingo de padrino de excepción, y Bajazet, de Vivaldi, escuchada ayer en versión de concierto con Fabio Biondi de maestro de ceremonias. Las dos óperas versan sobre el mismo tema y tienen idénticos personajes. La ópera barroca se impone y eso, mal que les pese a algunos, es un signo de normalización en la actividad de un teatro, pues el mundo lírico tiene ya cuatro siglos a sus espaldas y cada época, cada estilo, debe tener su oportunidad. Es cuestión de equilibrio.

La estrella, en cualquier caso, de esta oleada se llama Plácido Domingo. Haga lo que haga, cante lo que cante, se convierte en el foco de atención. Cuando, hace ya unos añitos, comenzó su travesía wagneriana se armó un revuelo considerable. Ahora es indiscutible en ese repertorio hasta en el mismísimo Bayreuth. Hace un par de años asistió allí de incógnito a una representación de La walkyria, y al ser descubierto en la sala recibió la mayor ovación de la noche. Fue precisamente en uno de los intermedios de aquella representación cuando hablé con él por primera vez de Tamerlano. Lo tenía muy claro. Su intención era terminar su apabullante carrera incorporando tres nuevos personajes. El de Händel era el primero. Después será el turno de El retorno de Ulises a la patria, de Monteverdi, y, para concluir, Simon Boccanegra, de Verdi, en el papel de barítono. Reconozco que no me sorprendió. Domingo se conoce muy bien a sí mismo y sabe lo que puede cantar mejor en cada momento. El barroco era quizás su única asignatura pendiente, y Verdi es uno de sus grandes amores, del que ha grabado toda su obra para tenor. En cuanto al estilo barroco, era cuestión de estudio. Domingo se puso el traje de la humildad y empezó a trabajar sin descanso en una demostración de responsabilidad.

El Real, que se ha apuntado el tanto del estreno, ha puesto alrededor de Domingo un elenco de especialistas. En primer lugar, Paul McCreesh, al frente de una Sinfónica de Madrid, reforzada en el continuo por Benjamín Bayl y Joseph McHardy al clave, por Christopher Buckling al violonchelo y por Jorgen Skogmo a la tiorba. La orquesta sonó bien, aunque con un punto de languidez en el primer acto. Con una lectura más contemplativa y camerística que teatral, pero con despliegue de matices y sobre todo estimulando la creación precisa y poética de una atmósfera barroca. A las voces hubo que irse adaptando, especialmente en el caso de Monica Bacelli, de escaso volumen, pero también a la de la exquisita Sara Mingardo e incluso a la más incisiva de Ingela Bohlin. Las apariciones de Plácido Domingo añadían un punto de fuerza, de temperamento, y el conjunto se beneficiaba de ello. La gran Leonie Rysanek se lamentaba en cierta ocasión de la falta de «personalidades indiscutibles» en el mundo de la lírica actual. Domingo es una de las escasas excepciones. Su presencia en escena lo cambia todo. Y se produce la paradoja de que debiendo ser en Tamerlano el invitado por su falta de práctica de este repertorio se convierte en el anfitrión. Vivir para ver, y para asombrarse.

Tengo a Graham Vick como uno de los directores de escena más interesantes del mundo anglosajón. Sus trabajos en Birmingham o el interrumpido Anillo wagneriano de Lisboa son investigaciones profundas en el tratamiento espacial y en el juego participativo-conceptual. Tamerlano es una de las puestas en escena más previsibles que yo recuerdo de él. Se deja ver estéticamente con agrado y tiene oficio, pero su peso dramatúrgico es limitado y no alcanza el punto de genialidad de sus propuestas más osadas. Lo cual no quita que sea una puesta en escena al menos atractiva.

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