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Por Publicado el: 03/03/2018Categorías: Colaboraciones

En recuerdo de Jesús López Cobos

 

Jesús López Cobos con Brigitte y la Reina

En recuerdo de Jesús López Cobos

Traemos aquí algunos testimonios sobre el maestro fallecido.

Compañero en la distancia

Miguel Ángel Gómez Martínez

«Jesús López Cobos fue compañero de estudios desde que ambos éramos muy jóvenes, le conocí con 15 años en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid y mas tarde hemos mantenido siempre el contacto tanto en la Universidad Viena, donde ambos estudiamos Dirección de Orquesta, como en los Teatros de Berlín, Munich, Viena, Hamburgo, Covent Garden de Londres…y tantos otros en que éramos colegas miembros del elenco de Directores de Orquesta invitados o estables.

Mas tarde a Jesús le nombraron Director General de Música de la Deutsche Oper Berlin y tanto en aquel teatro como en otros siempre hemos mantenido el contacto, que aunque no ha sido muy fluido debido a la distancia, también era siempre muy cordial. La última vez que nos encontramos fue en la Ópera de Bilbao, en que vino a verme a una de mis funciones de Rigoletto en 2013, y en que precisamente quedamos en vernos más a menudo, al menos en Suiza, pues viviendo a escasos diez kilómetros (él en Lausanne y yo en Morges) debíamos coincidir algún día, por mucho que la mayor parte del tiempo ambos estábamos lejos de nuestra casa. Desgraciadamente no pudimos hacer realidad ese deseo.

Jesús ha sido uno de nuestros grandes representantes de la Dirección de Orquesta de España y su desaparición deja un gran hueco en la vida musical. Era admirado y querido por muchas orquestas del mundo con las que actuaba, bien como director invitado o como titular y siempre respetado por sus conocimientos musicales y universales. Entre los cantantes tenía una muy buena reputación como buen acompañante y cuidador de las voces, tratando siempre de resaltar las virtudes artísticas de todos ellos, como también entre los solistas instrumentistas. Todo ello muy merecidamente.

Descanse en paz el Maestro Jesús López Cobos. Seguramente se habrá reunido con los músicos que le han precedido en el Más Allá y esté dirigiendo ya nuevos conciertos con las orquestas que sin duda se habrán formado en el Otro Mundo. Nosotros en éste lo echaremos de menos.»

Con Inés Arguelles y Emilio Sagi

Clarificar la ópera

Arturo Reverter

En la muerte de López Cobos nos acordamos, claro es, de su diáfana técnica gestual: brazos en amplio arco, milimétricos movimientos de batuta, en vaivén constante, clara división y subdivisión de compás. Un metrónomo viviente y flexible, sensible y cambiante, aunque manteniendo en todo momento el norte rítmico, el “tempo” de base; lo que hacía que sus interpretaciones fueran firmes, seguras, bien alimentadas en lo agógico. Y, a la vez, cantables, fluidas y desarrolladas a conciencia. Fueron patrimonio suyo también la elegancia, la calibración de timbres, el transparente lirismo y la vitalidad, la habilidad para controlar dinámicas.

Estas características lo hacían un buen servidor de las estructuras operísticas, en las que es tan necesario planificar tantas líneas, vocales e instrumentales. En donde todo ha de cantar, de expresar, de sugerir. Hemos asistido a ensayos suyos en los que entonaba al tiempo que los cantantes y en los que analizaba cada compás con auténtica fruición, buscando en todo momento el lado más expresivo, el punto álgido del discurso, los acentos que podían otorgar humanidad a los personajes. Recordamos ahora en particular su labor en la preparación de aquellas gozosas y tan sevillanas “Bodas de Fígaro” de Mozart con producción escénica de Emilio Sagi en el Teatro Real. El encaje de bolillos que supone esta magnífica “loca jornada” era expuesto por su dinámica batuta con tanta calidez como transparencia polifónica. El maravilloso “Finale” del acto segundo se desarrollaba con una presteza y justeza magníficas.

Fue en la Ópera Alemana de Berlín –allí estuvo durante varios años como director artístico y musical- donde le escuchamos una bien delineada, tan precisa como elocuente, versión de la tan difícil “Lulu” de Alban Berg, de escritura tan esquinada, de serialismo tan conspicuo. Su mano podía hacer claras las más complejas texturas y estilizar muy musicalmente los discursos más espinosos. Lo demostró también en aquellas formidables representaciones en el Teatro Real –donde fue director musical entre 2005 y 2010- de “Los diálogos de carmelitas” de Poulenc en el tan celebrado montaje de Robert Carsen.

Sus juveniles estudios con maestros tan distintos como Franco Ferrara y Hans Swarowsky le proporcionaron una formación muy sólida, rápidamente aprehendida y desarrollada en todos los campos, este de la ópera en primer lugar. Sólo con las cosas muy seguras se puede alcanzar un tan firme dibujo, marcar y diseñar unos “crescendi” tan espectaculares como los que cierran el segundo acto de “Macbeth” o los que pueblan el grandioso “Auto de Fe” de “Don Carlo”; o el impresionante remate del primer acto de “Simon Boccanegra”. En el Real asimismo nos obsequió asimismo con otras buenas interpretaciones verdianas: una vigorosa “Luisa Miller” y un equilibrado “Un ballo in maschera, por ejemplo. Y con acabadas recreaciones de obras wagnerianas como “El Holandés errante”, “Tannhäuser” y “Lohengrin”. Pese a que su batuta no era especialmente flamígera, apasionada o arrebatada, obtuvo estupendos efectos de algunas partituras straussianas, así “Ariadna en Naxos” o “Salomé” –con una deslumbrante “Danza de los siete velos”-. Y, en los Teatros del Canal, nos expuso de forma alígera “La vera costanza” de Haydn.

Señor de la música y de la vida

Justo Romero

Sonó el teléfono por la mañana. Muy temprano, a las siete y cuarto. No había duda. Llevaba semanas ya esperando esta temida llamada. Poco antes, uno de sus tres hijos ya me avisó: “Papá se va en pocas horas”. Jesús López Cobos, era el gran director español, pero era sobre todo, una personalidad excepcional. Culto, exquisito, ecuánime, progresista, recto, consecuente con sus creencias y siempre extremadamente educado, amable, afable, abierto, cortés y extremadamente respetuoso. Era, en este sentido, una especie de Carlo Maria Giulini que desentonaba en el trepidante mercadeo de la música actual. Un señor del arte y de la vida.

Su arraigada pasión musical estaba anclada en los clásicos españoles y la vieja polifonía, que conocía como nadie desde sus juveniles tiempos en el seminario. Guerrero, Tomás Luis de Victoria, Morales… pero también Palestrina, Bach o Monterverdi. Desde ese poso, abrió su horizonte a todo. Pocos músicos han existido tan completos y versátiles como él. De Rossini a Bruckner, Rossini, Verdi, Puccini, Shostakóvich, Mahler, Haydn, Mozart, Strauss, Ravel Albéniz, Turina, Debussy, Franck Brahms, Respighi, Falla, Villa-Lobos, Donizetti, Händel Honegger, Bellini… y siempre su amado Wagner. Sus interpretaciones solían alcanzar una excelencia cargada de rigor, solvencia profesional y autenticidad. Todo lo hizo y todo muy bien.

Con la desaparición de López Cobos, amigo del alma, compañero de mil vivencias y recuerdos, se extingue una extirpe de maestros que basaba su trabajo en la sabiduría, en el conocimiento profundo y vivido de la tradición; en el amor al trabajo bien hecho, más allá de las premuras de tiempo que masacran hoy el artesanal trabajo musical. Una generación que sabía de voces, que no necesitaba de asesores que les explicaran lo que ellos conocían mejor que nadie. Unos directores cuyo conocimiento de las partituras que abordaban en absoluto se limitaba a la solfa y a los batutazos de tantos que dirigen sin saber lo que realmente marcan, que hablan sin saber lo que están diciendo.

Desde Toro, y luego Málaga, en aquél seminario que siempre guardó tan vivo en el recuerdo, saltó a los mejores escenarios del mundo, no sin antes pasar por aquella cátedra milagrosa de Viena que era la de Hans Swarowski, donde fue compañero de Abbado. Mehta, Ivan y Adam Fischer, Mariss Jansons, Giuseppe Sinopoli y algunas otras grandes batutas de la segunda mitad del siglo XX. Luego vinieron se temprano debut en Venecia con el inolvidable Peter Maag; luego Berlín, donde fue Director General de Música de la Ópera de la Deutsche Oper nada menos que en los tiempos gloriosos de Götz Friedrich… Cometió el error de dejar la invitación de la Suisse Romande de Ginebra para venir a la Orquesta Nacional de España, donde –como era previsible- las cosas no fueron como debieron. Como tampoco, años después, su recalada en el Teatro Real de Madrid, donde los trapicheos domésticos y las mezquindades pueblerinas de unos y otros dieron al traste con su proyecto, demasiado internacional, demasiado honorable, demasiado limpio, para esta tierra de María Santísima.

Jesús López Cobos no ha sido únicamente un gran director de orquesta español, poseedor de un inmenso repertorio en el que, como todo gran maestro de verdad, se movía con similar facilidad y felicidad en el universo sinfónico que en el operístico. López Cobos ha sido, sobre todo, un ejemplo de honestidad, de profesionalidad y de amor a la música. Uno de los intérpretes más completos y sabios de las últimas décadas. Un verdadero señor de la música y de la vida. De una vida que, a pesar de muchos baches, amó apasionadamente y quiso saborear intensamente.

Publicado en Diario Levante el 2/03/2018

Con García Abril

Algunos hombres buenos

Roberto Ugarte.  Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid

Se nos ha ido el Maestro Jesús López Cobos. Vacío importante, difícil de llenar para quienes hemos podido disfrutar durante tantos años de su presencia en nuestros escenarios. Inútil e innecesario repasar su trayectoria artística, uno de nuestros grandes artistas.

Castellano, recio, como buen Zamorano, honró durante décadas nuestra música y nuestra memoria, sincero, cercano. Nos acercó al presente cuando apenas teníamos pasado y nos situó en el futuro cuando apenas lo soñábamos.

Dentro de los hombres buenos hoy se nos ha ido uno, y, verdaderamente, es una pena, era, sin duda, uno de los buenos.

Con todo el cariño, amigo

 

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