Fallece Bruno Campanella, el último caballero del belcanto
Fallece Bruno Campanella, el último caballero del belcanto
El pasado martes, tras años de lucha silenciosa contra la enfermedad, nos dejó Bruno Campanella a los ochenta y tres años. Con él se apaga una de las últimas voces genuinas de una manera de dirigir ópera hoy casi extinguida: la del músico que entiende su función como servicio a la partitura y no como plataforma para el lucimiento personal. Hasta donde su salud se lo permitió siguió subiendo al podio, y esa tenacidad discreta define mejor que cualquier elogio la clase de artista que fue.

Bruno Campanella
Vino al mundo en Bari el 6 de enero de 1943, ciudad que raramente aparece en las biografías de los grandes batutas italianos. Cursó el bachillerato humanístico en su ciudad y después se trasladó a Florencia, donde el Conservatorio Cherubini le otorgó los títulos de composición y dirección orquestal. Los nombres que guiaron su formación no son menores: Nino Rota y Luigi Dallapiccola en la escritura musical, Hans Swarowsky y Thomas Schippers en el arte de conducir una orquesta. De esa doble herencia —el orden centroeuropeo de uno, el instinto escénico del otro— nació probablemente el carácter tan reconocible de su dirección. A esa formación estrictamente musical añadió además una licenciatura en filosofía centrada, sorprendentemente, en el estudio de las tradiciones budistas, prueba de una curiosidad intelectual que rebasaba con creces el pentagrama.
A partir de los últimos años setenta se erigió en una de las autoridades mundiales indiscutibles del repertorio del bel canto, ese universo de Rossini, Bellini y Donizetti donde un director necesita algo que los conservatorios rara vez transmiten: la sabiduría de retirarse cuando la voz debe hablar sin por eso abandonar las riendas del conjunto orquestal. Fue pieza clave en la recuperación de títulos entonces sepultados por el olvido, en un momento en que ese redescubrimiento aún no gozaba de la consideración que hoy damos por descontada. Reducirlo, sin embargo, a esa especialidad sería empobrecer su legado ya que dirigió con igual autoridad a Mozart y a Verdi, y se adentró sin ningún complejo en Stravinski, Ravel o Britten.
Entre 1992 y 1995 asumió la titularidad musical del Teatro Regio de Turín, donde levantó tres temporadas líricas y con el que después siguió colaborando como director invitado principal. Su actividad, no obstante, desbordó ampliamente las fronteras italianas: pisó los podios de la Scala milanesa, la Fenice veneciana, el Metropolitan neoyorquino, la Lyric de Chicago, la ópera sanfranciscana, la Ópera parisina, el Covent Garden, la Staatsoper de Viena, el Liceu barcelonés, el Municipal de Santiago de Chile y el New National Theatre tokiota, entre muchas otras casas líricas. Muy pocos directores de su quinta pueden reivindicar una trayectoria geográfica tan dilatada y a la vez tan coherente en sus principios.
Su legado discográfico conserva momentos de gran valor: el Don Pasquale junto a Enzo Dara y Luciana Serra, el Barbero de Sevilla con Rockwell Blake y la propia Serra, o aquel disco de arias de bel canto grabado en 1993 junto a Kathleen Battle para el sello amarillo, testimonios todos de su talento para sostener a las grandes voces sin jamás eclipsarlas. En 2002 el gobierno francés reconoció su trayectoria nombrándole Oficial de la Orden de las Artes y las Letras, distinción que resume bien el peso internacional de una carrera construida sin atajos ni estridencias.
Quienes compartieron atril o foso con él coinciden en destacar la absoluta ausencia de vanidad en su trato, la generosidad hacia los cantantes noveles a quienes formó a lo largo de décadas, y esa distinción de gesto que hacía de sus lecturas ejemplos de nitidez sin renunciar nunca al pulso dramático. La Scala ha expresado ya su dolor por la pérdida. Se ha ido uno de los últimos directores que entendían la ópera italiana como una tradición viva que había que servir con humildad, no como un escaparate para el propio lucimiento. Descanse en paz. S.B.



















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