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Por Publicado el: 28/06/2016Categorías: Crítica, En vivo

Filarmónica de Viena, un sonido legendario

      UN SONIDO LEGENDARIO

            Obras de Beethoven, Strauss, Brahms Kodály y Rachmaninov. Javier Perianes, piano. Orquesta Filarmónica de Viena. Directores: Jonathan Nott y Andrés Orozco Estrada. Auditorio Nacional, Madrid. 24 y 26 de junio de 2016. Ibermúsica.

Jonathan Nott

Jonathan Nott

Calidez, sedosidad y transparencia de las cuerdas, terciopelo de las maderas, timbre áureo de los metales. El equilibrio, la finura, el sabor de una secular tradición, que ha venido siendo forjada a lo largo de los siglos y que tiene la impronta de las rancias escuelas instrumentales vienesas otorgan esa rara personalidad de cristal al espectro de la Filarmónica de Viena. Virtudes que hemos comprobado de nuevo en estas dos sesiones que tan prematuramente inauguran la temporada 2016-2017 de Ibermúsica, que otra vez ha hecho posible que disfrutemos de este manjar.

Jonathan Nott (1962), que tantas veces nos ha visitado con la Sinfónica de Bamberg, ha puesto de manifiesto su amplia y sugerente técnica gestual, elástica y armoniosa. Tras una interpretación bien dibujada de la “Obertura Coriolano” de Beethoven, acometió “Muerte y transfiguración” de Strauss. Y lo hizo sin las necesarias gradaciones dinámicas ni la suficiente claridad en las texturas. Una versión algo ruda. La milagrosa progresión postrera no estuvo bien calibrada pese a la esplendorosa brillantez sónica. Todo mejoró en la “Primera Sinfonía” de Brahms, contundente, compacta, que tuvo sus mejores momentos en el alígero “Allegretto” y en la monumental coda. Refinada y bien rubateada “Danza eslava nº 2” de Dvorák, ofrecida como bis.

            De la segunda sesión, dependiente del ágil y movedizo colombiano Orozco Estrada (1977), nos quedamos sobre todo con la interpretación poética, ensimismada y magníficamente fraseada, cuidadosa y estilizada, honda y elegante, que nos regaló Perianes del “Concierto nº 4” de Beethoven. La suprema matización de la extensa cadencia del primer movimiento y la forma de musitar el “Andante” son instantes muy recordables. Muy atento desde el podio, el director pergeñó con mucho aire, con esbeltez y adecuada acentuación rítmica, las “Danzas de Galanta” de Kodály y ordenó con fulgurante trazo las “Danzas Sinfónicas” de Rachmaninov, en las que los distintos solistas dieron un curso de bien tocar. El poder orquestal del primer movimiento, el sensual aire valsístico del segundo y el complejo entramado de tercero quedaron my bien clarificados. La “Amorosa”, de las “Diez Melodías vascas” de Guridi, puso el pertinente broche. Arturo Reverter

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