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"¡SÁLVATE, TRISTÁN!"
FIESTAS MUSICALES EN CANTABRIA
Por Publicado el: 08/08/2014Categorías: Recomendación

INCOMBUSTIBLE (PERO MENOS) BAYREUTH; PERFECTAMENTE EN COMBUSTIÓN RNE

Escena de El oro del Rin

 

INCOMBUSTIBLE (PERO MENOS) BAYREUTH; PERFECTAMENTE EN COMBUSTIÓN RNE

Malos, yo diría que malísimos, tiempos corren para Radio Nacional de España. Y en concreto para una parte de sus emisoras, las que no entran en la brega –sin que se note- para, cada día,  salvar el trasero al partido del Gobierno. Radio Clásica es una de ellas, aunque las hay en peor situación, desde luego. Y es que en esa casa no parece haber nadie que sea capaz de poner freno a las ocurrencias de cada directivo nuevo que aterriza cada cierto tiempo, cuando los grandes jefes se ponen de los nervios al ver cómo cae y cae y sigue cayendo la audiencia. Se habla, se dice, se comenta que alguna va a desparecer; una desaparición que se va a maquillar para que parezca lo contrario, pero que, por mucho que se empeñen los fabricantes de dialéctica de quiosco que dirigen la casa, va a ser una desaparición en toda regla. Y a los que seguimos Radio Clásica, cuya dirección ha cambiado hace poco, se nos pone  a temblar todo, pues las razones del descalabro son económicas, sin más matices: aunque tal tipo de asesinatos con nocturnidad y hasta cierta alevosía no ahorren sino un par de euros, como sería el caso de Radio Clásica, esta  es, al fin y al cabo, una emisora que se dedica a la cultura (¡musical!), ya se sabe no más que un entretenimiento inocuo. Conclusión: ciertamente estamos en manos de inútiles; no es la crisis, es que estamos en manos de memos.

       Radio Clásica no es solo una emisora gracias a la que mucha gente escucha música; sus retransmisiones  internacionales en directo permiten a los que no tenemos los bolsillos forrados saber algo acerca de cómo va la Europa musical esa, que parece también tener que ver con la otra, la Económica, pues muchos de los grandes mitos al respecto parecen hundirse sin piedad en la miseria. Hasta hace unos días, y sin ir más lejos, hemos podido hacer un seguimiento de la parte musical de las obras que conforman el que hasta hace nada ha sido un auténtico VIP: el Festival de Bayreuth. Hemos podido escuchar (sin morir en el intento) El holandés errante, Tannhäuser, Lohengrin y la Tetralogía completa, todas ellas de Wagner, desde su templo dorado, y la conclusión ha sido bastante desoladora. Este artículo, como todos los de la serie que llamo RECOMENDACIÓN, lo es también a pesar de todo, pues a pesar del poco interés artístico de los resultados esta temporada, escuchar Wagner en aquella sala y con esa orquesta y ese coro sigue pareciéndose a un orgiástico lujo oriental. En realidad la noticia es esa: los mimbres persisten, pero las personas, una vez más, fallan estrepitosamente. La actual directora, Khatarina Wagner, bisnietísima del compositor, crea  un  problema, porque es juez y parte en la actual deriva en que han caído las puestas en escena que allí se contemplan; ella, haciendo sus pinitos poniendo en escena las óperas de su ilustre antepasado, suele protagonizar severos destrozos, pues se apunta sin reservas a la línea destructora imperante (disfrazada de autocrítica histórica), e invita a que otros terroristas escénicos la secunden. Animan así, ella y sus contratados, un cotarro en el que, con un poco de suerte, lo único que al final queda servible es la música, la versión musical de turno, es decir, esa parte que nos ha regalado Radio Clásica, al frente de cuyas retransmisiones desplegó ironía y divertida retranca José Luis Pérez de Arteaga (se preguntaba él si un Anillo podría resistir la estética Tarantino…)

         Hoy, el 16, el 20 y el 24 se podrá ver en el teatro de la verde colina Holandés; mañana y el 17, Lohengrin; el 12, el 18 y el 21, Tannhäuser, y todavía habrá dos Oros, dos Walkirias, un Sigfrido y un Ocaso de la actual Tetralogía, estrenada el curso pasado y esta vez también abucheada inmisericordemente por el público. ¿Puedo recomendar de verdad algo de toda esta programación? Escénicamente solo puedo hablar de oídas. Pero como me he sentado delante de la radio unas cuantas horas, algo sí puedo decirles de las versiones musicales. En primer lugar, los cantantes. Bayreuth es un teatro del que hace ya tiempo han desertado las más interesantes voces wagnerianas del momento. Sigue sucediendo esto. Les diré: creo que el mejor cantante que ha pasado por allí este año es Klaus Florian Vogt, haciendo de Lohengrin. Fíjense; que esta vocecita sea lo mejor que se ha escuchado por allí este año es revelador. Es cierto que canta bien y tiene una bonita voz, pero ¿cómo creerse a un Lohengrin que suena como un niño? ¿Acaso con dar las notas es suficiente? ¡Pobre Wagner! Y después, los directores. Es verdad que el joven Vasily Petrenko (Anillo) dirige con mucho fuego… pero Tetralogía requiere a alguien que no se pierda tanto entre las pasiones y piense un poco.  Y no voy  a seguir, iré al grano: Christian Thielemann  dirigió Holandés. Sin duda, la mejor dirección de toda la muestra (con permiso de Andris Nelsons, que en todo caso hay que escuchar soportando los ratones de Neuenfels –está en DVD, Opus Arter, 2011-) . Pero… hay algún pero que otro. Como muy bien observó Miguel Ángel González Barrio en la retransmisión de RNE, al final, en el coloquio, a este señor le encanta hacer cosas distintas a los demás, y a veces se pasa de original. Bien; a mí me pareció que dirigió con buen pulso, pero otra vez, con errores de bulto considerables, pasando por encima de la obra en alguna ocasión importante. Mejor dicho, transformando sin, a mi juicio,  mucho sentido alguna que otra cosa. Por ejemplo, convirtió el coro de marineros del tercer acto en una amable reunión de amigos, cuando en realidad la tensión allí debe hacer arder la escena porque sí, se trata de tomar unas cervezas entre amigos y colegas, pero ¡muertos y muy cabreados con su incontrolable destino! Sonó muy bonito.

     En fin, no me extenderé más. Otra de las razones por las que recomiendo la visita a Bayreuth –a  pesar de los pesares- es porque se produce el insólito hecho de que hay entradas. Todas las que se quiera. Usted mismo. Pedro González Mira

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