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Las críticas a Porgy And Bess en el Real
Críticas en la prensa: "La Traviata" en el Real
Por Publicado el: 28/05/2015Categorías: Diálogos de besugos

Las críticas a Fidelio en el Teatro Real

[youtube]https://youtu.be/nodfWgzaXio[/youtube]

ABC, 28/05/2015

Ojos y oídos nos espían

Autor: Beethoven. Intérpretes: M. König, A. Pieczonka, F. J. Selig, A. Fritsch, E. Lyon, G. Juric, A. Held.

Dir. musical: H. Haenchen. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real Dir. escena: Pier’Alli. Lugar: Teatro Real. Fecha: 27 V.

Cuando el nuevo Real abrió sus puertas circuló la idea de que una de las primeras misiones que debía cumplir era la de educar en la ópera al público madrileño. Se olvidaba de que la historia operística de la ciudad había sido hasta entonces importante en títulos e intérpretes, porque lo que en aquel 1997 llamaba la atención era la aparición de nuevos aficionados que se incorporaban al género atraídos por la promesa del gran espectáculo. Desde entonces se han vivido muchas las cosas y, entre ellas, varias cercanas a la instrucción. Merece la pena recordar «Fidelio» de Beethoven, aprendido al lado de Daniel Barenboim y Claudio Abbado, dos grandes maestros que estuvieron en el Real y cuyo recuerdo vuelve inevitablemente a la memoria ante la reposición actual del título. Ayer se ofreció la primera de las ocho representaciones previstas.

El problema es que la comparación empequeñece demasiado al director musical Hartmut Haenchen, responsable de una interpretación excesivamente plana y algo menos de la presencia unos cantantes que, salvo detalles esporádicos, cantan mal y desafinado. El propio Haenchen explicaba estos días que ha estado distanciado de la obra durante años porque «Fidelio» tiene una escritura imposible. Lo confirma un foso de trazo grueso, que suena excesivo sobre todo al principio, que deja escapar momentos sublimes como el coro de prisioneros y se acerca a la vulgaridad en muchos detalles constructivos, por ejemplo en la manera en la que desarrolla la línea del bajo en el aria de Florestán «Gott! Welch Dunkel hier!». La complejidad del momento es evidente y el tenor Michael König lo reitera con timbre penetrante, «fiato» limitado y rudeza excesiva.

A Harmut se debe la decisión de alterar la tradición que Mahler instauró en su día en el cambio de escena previo al final al sustituir la obertura «Leonore III» por los movimientos tercero y cuarto de la quinta sinfonía. La idea tiene sentido, enlaza bien con la obra y además permitió anoche disfrutar de uno de los momentos mejor resueltos desde la perspectiva musical. También lo fue la aparición de Marzelline y su «O wär’ ich schon mit dir vereint» pues Anett Fritsch tiene un vibrato agradable y cantó con gusto abriendo la puerta a una esperanza que el inmediato cuarteto obligó a perder. Dos citas más entre los protagonistas: Adrianne Pieczonka, Fidelio de medida errática y línea tortuosa, y FranzJosef Selig responsable de un guardián de registro grave enmudecido.

La producción escénica procede del Palau de les Arts Reina Sofía. Sirvió para estrenar aquel teatro hace ocho años y medio, y todavía se repuso en el Festival del Mediterrani siempre bajo la dirección musical de Zubin Mehta, otro director capaz para «Fidelio». Responde de ella el director teatral Pier’Alli y el tiempo ha terminado por convertirla en un escenario utilitario que tiene su momento de gloria entrando en la prisión de Florestán a través de una hábil mezcla de audiovisual y realidad. En ese espacio se confirma que «Fidelio» es obra de lecturas ilustres y de palabras nobles: compromiso, emancipación, progresismo… Cosas que merece la pena aprender pero que, en esta ocasión, se enseñan mal a un público que hoy ya no es tan lego. «Ojos y oídos nos espían», cantan los prisioneros cegados por la luz de la libertad. Alberto González Lapuente

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EL MUNDO, 28/05/2015

«Fidelio» no vuela en el Teatro Real
Éxito moderado para una efectista y convencional lectura de Beethoven a cargo de Harmut Haenchen y Pier’Alli en Madrid

No era fácil desenvolverse esta noche en el vestíbulo del Teatro Real. Había un Jaguar aparcado. No el del marido de Ana Mato, sino uno  nuevo, expuesto para atraer compradores entre los melómanos pudientes de los estrenos, de forma que el templo musical madrileño adquirió el aspecto impropio de un concesionario, transgrediendo la liturgia. Daban ganas de llamar a la grúa, de convocar a los agentes de movilidad.

Son malos tiempos para la lírica. Quiere decirse que hacen falta recursos financieros. Y tanto sirve vender un coche en el vestíbulo del Real como garantizarse la  repercusión de taquilla con óperas de repertorio y montajes convencionales. Ocurrió con «La Traviata» (Verdi) y ha vuelto a suceder con «Fidelio», cuyo estreno  se atuvo a las convenciones y a la rutina de la ópera de crucero: un éxito moderado -cinco minutos de aplausos-, un reparto correcto, una dramaturgia vistosa y una concepción musical de menos a más -oficiaba Hartmut Haenchen- que se resintió en exceso de la tediosidad -un primer acto al borde del sopor- y que logró aglutinar los clamores gracias a la pirotecnia beethoveniana del desenlace.

No, no era sencillo plantear un «Fidelio» en Madrid después de haberse custodiado  la memoria de Beethoven con el escrúpulo y el misterio que demostraron anteriormente Daniel Barenboim (2001) y Claudio Abbado (2008). Más aún considerando que uno y otro maestro, idolatrados en el Real hasta los extremos de la mitomanía, comparecieron con sus respectivas orquestas y establecieron un hito en la historia contemporánea del teatro.

Hartmut Haenchen tuvo que bregar con las huestes de la Sinfónica de Madrid, pero es cierto que ha trabajado con ella esmeradamente el repertorio de Beethoven -compartieron una reciente «Novena» en la catedral- y que la versión resultante de anoche se atuvo al viaje de la oscuridad a la luz con que el compositor germano concibió su plegaria a la humanidad.

Ésa misma modulación, de las tinieblas a la claridad, explicaría que el propio Haenchen decidiera incorporar una especie de interludio sinfónico en la transición de la última escena. Acostumbra a interpretarse la obertura «Leonora III», pero el director alemán decidió recurrir al tercer y cuarto tiempo de la Quinta sinfonía, aprovechando el mismo contexto compositivo, la coincidencia tonal y predisponiendo el amanecer de la ópera.

La idea puede  y debe discutirse, pero se ajusta al espacio escénico  y hasta conceptual de Pier’Alli, cuya versión de «Fidelio», tradicional en lo dramatúrgico, vanguardista en lo tecnológico, ha envejecido con achaques, considerando que se estrenó en Valencia hace nueve años y que ha recalado en Madrid como remedio a una propuesta de La Fura dels Baus que no se llegó a concretar más allá de las buenas intenciones.

La contingencia requería una solución incruenta, un montaje estático y vertical que da lo mejor de sí mismo en el segundo acto -el medievo de las mazmorras de transforma en Metrópolis- y que aloja un desenlace tan embarazoso como el grotesco desfile de los soldados, montando guardia por un «Fidelio» que nos hizo añorar y llorar a Abbado. Rubén Amón

fidelio elmundo

EL MUNDO, 28/05/2015

Un humanismo musical

 ‘FIDELIO’

Autor: Ludwig van Beethoven. / Director musical: Hartmut Haenchon. / Director de escena: Pier’Alli./ Repar­to: Michael Kónig, Adrianne Pieczon­ka, Franz-Josef Selig, Anett Fritsch, Ed Lyon, Alan Held, Goran Juric. /Or­questa y Coro titulares. / Producción del Palau de les Arts de Valencia. / Escenario: Teatro Real./ Fecha: 27 de mayo. Calificación ***

La ópera, dedicada desde el ini­cio a indagar en la mente, el co­razón, la Historia y las creencias de los humanos, ha culminado cada siglo una obra para celebrar y defender el humanismo, síntesis de los valores espirituales del animal racional, en frecuente conflicto con los dioses, el poder o sus propios semejantes.

En el siglo XVII fue Orfeo, La flauta mágica en el XVIII, Wozzeck en el XX, y en el XIX ninguno de los grandes composi­tores de la época más idóneo que Ludwig van Beethoven para de­fender virtudes como la fidelidad y el valor, dirigidas al logro de la libertad y la justicia, valores esenciales. Hay aquí seres de car­ne y hueso, junto a una colección de arquetipos. La vida cohabita con el símbolo, la emoción con la plegaria, el sermón con la fiesta y el júbilo.

El montaje del Palau de les Arts de Valencia sigue la tradi­ción de enfatizar el aspecto carcelario, que funciona mejor en la sobriedad del primer acto, desplazándose en exceso hacia el, melodrama en el segundo. Hart­mut Haenchen logra de la ductili­dad de la orquesta un Beethoven sobrio y seco de una rara autenti­cidad: El Coro, demasiado que­jumbroso en el número de los prisioneros, se anima expectorante al celebrar el triunfo final del humanismo.

La soprano canadiense Adria­nne Pieczonka; de voz fresca y amplia, es una Leonore poderosa en su discreción, vehículo de un amor que parece recibir también de la Marzelline de Anett Fritsch, espumosa como la chica enamo­rada de la persona equivocada. Michael König prolonga la estir­pe del tenor áspero, en la estela de un James McCracken, sin su pathos, en un Florestán en exce­so abrumado y envejecido por la celda de castigo.

Versión en conjunto competente del gran clásico, quizá algo escasa de efusividad, que acabó lo­grando animar a un público, frío en la noche veraniega, como si más que reflexiones humanísti­cas prefiriera un poco dé distrac­ción. Álvaro del Amo

alvaro del amo fidelio

LA RAZÓN, 28/05/2015

“Fidelio” en el Teatro Real

Segundas partes…

“Fidelio” de Beethoven. M. König, A. Pieczonka, F. Selig, A. Fritsch, E. Lyon, G. Juric, A. Held. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. Pier’Alli, dirección escénica. H. Haenchen, dirección musical. Teatro Real. Madrid, 27 de mayo de 2015

Los cambios en la dirección artística del Teatro Real y los ajustes económicos han traído como una de sus consecuencias la sustitución de la nueva producción de la Fura dels Baus inicialmente prevista para “Fidelio” por un intercambio con el Palau de les Arts valenciano, a través del cual llega la producción de Pier’Alli estrenada allí en 2006 como su verdadera inauguración operística. Esta obra también se vio en Madrid en 2001, con las huestes de Barenboim, en los carísimos pero añorados festivales de verano y en 2008 con Abbado.

“Fidelio”, la única ópera de Beethoven, es una obra que habla de libertad y que desarrolla su acción en Sevilla. Ciudad que cuenta con media docena de títulos del gran repertorio que localizan en ella su acción. También es un gran título a pesar de que Beethoven la viese fracasar en los estrenos vieneses de 1805 y 1806 y sólo triunfase en el tercero de 1814, haciendo honor al refrán. Es indudable que en ella se refleja la admiración que el compositor sentía por Haydn -hay varias anotaciones en la partitura original- y por Mozart y su “Flauta mágica”, con la que comparte muchas cosas. Así el alejamiento de los moldes tradicionales líricos, el exponer mucho más que una relación amorosa, el carácter de sus peculiares “singspiel”, incluso ese único dúo entre Florestan y Leonora que, como en el caso mozartiano con Tamino y Pamina, no es exactamente un dúo de amor. Cuando aparece el personaje de Don Pizarro es cuando Beethoven decide separase de Mozart y ahondar en su propia personalidad. Buena música, con momentos excelentes, pero ópera fallida en muchos aspectos.

En la producción de Pier’Alli, dentro de una concepción tradicional sobresale el empleo de proyecciones, muy bien realizadas, que otorgan una nueva dimensión a la acción. Mención especial merece el descenso a los calabozos, partiendo de una imagen congelada que parece inicialmente uno de los decorados. El Palau de les Arts ha logrado amortizarla sobradamente, ya que son unos cuantos los teatros a los que ha viajado. En Valencia se contó con una dirección musical y un reparto muy superiores a los madrileños. Allí dirigió Zubin Mehta a la mejor orquesta de foso española y cantaron Peter Seifert, Waltraud Meier –qué mal lo pasó ella y nosotros-, Matti Salminen, Reinar Trost… e incluso en un par de funciones participó Jonas Kaufmann. Sin duda tiempos que posiblemente no volverán, pero que permanecerán en el recuerdo como un gran proyecto cultural que la política grande impulsó y la política pequeña hundió.

fidelio la razon

La pareja protagonista no lo tiene fácil, pues Beethoven lleva el tratamiento vocal con frecuencia a su límite en su concepto de primar la expresividad sobre la belleza canora. De ello ni se salva el aria de Florestán, con su inicio en un pianísimo que se va abriendo, pero del que Michael König huyó. Más suficiente estuvo Adrianne Pieczonka, si bien con voz demasiado lírica para Leonora y un punto calante en el concertante final. Discretos Ed Lyon, Goran Juric y Alan Held como Jaquino, Don Fernando y Don Pizarro respectivamente, mientras que muy correcta la Marzelline de Anett Fritsch y sobresaliente el Rocco de Franz-Josef Selig.

El coro tiene parte importante en dos escenas y el del Real mantiene su calidad habitual. En cambio la orquesta suscita algunos temores, ya que últimamente su nivel parece no sólo no avanzar sino incluso bajar. Hartmut Haenchen sustituyó la Leonora III por los dos últimos movimientos de la “Quinta”, algo que le habría encantado a su mentor Gerard Mortier. No queda mal el cambio, pero su lectura pecó globalmente de tosquedad y cierta pesantez, exceptuando el brioso final. Todo en su sitio, aunque sin interés particular, muy lejos del Mehta en Valencia o de los Barenboim o Abbado del propio Real. Pinchas Steinberg, presente en el patio de butacas, también habría aportado mayores matices. No hubo discrepancia alguna en los aplausos, tampoco excesivo entusiasmo. Gonzalo Alonso

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