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Por Publicado el: 16/09/2014Categorías: Diálogos de besugos

Las críticas en la prensa a «Las bodas de Fígaro» en el Teatro Real

 Pues esta es una de las veces en las que practicamente todos los críticos están de acuerdo en el medio sopor de una inauguración tristona de temporada.

EL PAÍS, 16/09/2014

Un arranque soporífero

«Bodas de Fígaro» De Mozart. Luca Pisaroni, Sylvia Schwartz, Sofia Soloviy, Elena Tsallagova y Andreas Wolf, entre otros.

Director musical: Ivor Bolton. Director de escena: Emilio Sagi. Sinfónica de Madrid, Coro Intermezzo.

Coproducción con ABAO de Bilbao, Teatro Pérez Galdós de Las Palmas y Ópera de Lituania.

Teatro Real, 15 de septiembre.

El teatro Real pasa página e inaugura su nueva temporada con ausencia de pasión teatral

El teatro Real pasa página, con el cambio de dirección artística, y lo hace descolgándose en la última semana con una serie de modificaciones en la programación que, tanto por el fondo como por la forma en que se han comunicado, han dejado desconcertados a los espectadores habituales de ópera en Madrid, y no precisamente en sentido positivo. Volveremos a ello al final de esta crónica.

Por razones o sinrazones que en gran medida se me escapan, la historia se repite o, si cabe, empeora. La temporada anterior del teatro Real comenzó con una representación insulsa de El barbero de Sevilla,de Rossini. Se decía entonces que era una consecuencia natural de la falta de sintonía de Mortier con Rossini, lo que llevó a la elección de un director musical que quizás en otros repertorios es muy solvente pero su enfoque rossiniano carecía de la más mínima chispa. Este año se insiste en la otra ópera inspirada por un texto de Beaumarchais, Las bodas de Fígaro, una obra maestra absoluta del género lírico, que en cierto modo permitía una solución de “consenso” al estar implicados en ella, de una forma u otra, sus cuatro últimos directores artísticos. En el Real se presentó en 2009 y se repuso en 2011, con niveles artísticos de realización entre lo discreto y lo correcto, entre lo melancólico y lo nostálgico. Seleccionarla otra vez con los honores de inauguración de temporada tenía sus riesgos, pero en estas cosas de la lírica nunca se sabe. Desgraciadamente, la representación careció de la más mínima emoción y resultó sencillamente soporífera.

Vaya por delante que Mozart no admite medias tintas. Las bodas de Fígaro es una ópera aparentemente sencilla pero de extrema dificultad. Es puro teatro y exige dominio del estilo. Cada detalle necesita eso tan difícil de conseguir que es la naturalidad. La realimentación entre teatro y música es absolutamente irrenunciable. Un director tan estupendo como Ivor Bolton no se ha hecho todavía con el pulso de la Sinfónica de Madrid y a su lectura le faltó brío, gracia, ritmo, transparencia. A su favor, la implantación de cierta impronta historicista que da personalidad a su versión. El nivel global de los cantantes fue, en líneas generales, vulgar. O, más que vulgar, plano, triste. Que arias como Voi che sapete,de Cherubino, o Porgi amor, de la Condesa, no despierten un solo aplauso en la sala es revelador. Quizás Sylvia Schwartz tuvo el momento más inspirado vocalmente de la noche en su aria del último acto, aunque no es, ni de lejos, el de Susanna su papel ideal. Teatralmente los cantantes estuvieron agarrotados en la mayor parte de la representación. Mala cosa para una ópera como ésta. La ausencia de pasión teatral lleva al aburrimiento. Si a ello añadimos que la puesta en escena de ese gran director teatral que es Emilio Sagi es, en esta ocasión, convencional, tópica y previsible, nos encontramos con ese tono lánguido y superficial que dominó la representación.

Del resto de la temporada lo más irritante es el aplazamiento a 2017 del estreno de La ciudad de las mentiras,de Elena Mendoza, inspirada en textos de Julio Cortázar. La compositora española residente en Berlín terminó el encargo en abril, e incluso se ha realizado ya un ensayo escenográfico. La noticia del retraso se la comunicaron avanzado julio. Sin comentarios. Otra pérdida notable es la suspensión de la puesta en escena de José Luis Gómez con el pintor Eduardo Arroyo de Goyescas. La obra se escuchará en versión de concierto. La caída de Alex Ollé, de La Fura dels Baus, para Fidelio no es responsabilidad del teatro sino del artista, según manifestó el lunes en el intermedio Joan Matabosch, que a renglón seguido insistió en que lamenta profundamente esta ausencia. Sin embargo se manifestó entusiasta del encargo de Hänsel und Gretel a Laurent Pelly en vez de la propuesta inicial de Joan Font, de Els Comediants, y Agatha Ruiz de la Prada. No dudo de la calidad de Pelly pero la presencia de Agatha había levantado mucha curiosidad. Ya Mortier tenía previsto La viuda alegre con la pareja Tambascio-Agatha, pero no parece que estas combinaciones tan “osadas” estén en las coordenadas estéticas del nuevo director artístico. No entro en los cambios de algún cantante en la temporada pues la salud no es siempre controlable, pero el anuncio tan a última hora de estos nuevos equipos artísticos en los espectáculos del Real ha dejado desilusionados a bastantes abonados. “Además ni avisan, ni nos devuelven una parte del dinero” decía un espectador en el intermedio de Las bodas de Fígaro. Probablemente las decisiones, sobre todo económicas, vengan de más arriba y tengan que ver con la indiferencia, más bien con el rechazo, hacia la cultura del actual Gobierno. Pero, en fin, eso es otra historia. Juan Angel Vela del Campo

Las bodas de figaro

El Teatro Real arranca su año con la diversión de `Las bodas de Fígaro’

EL PAÍS, 16/09/2014

El coliseo madrileño inicia su primera temporada dirigida por Joan Matabosch

El siglo XVIII fue de todo menos tranquilo. Revolucionario, radi­cal, en plena ebullición hasta que a su cierre explotó el Anti­guo Régimen. Y en ese magma crecían los genios, autores que aprovecharon para ajustar cuen­tas con el poder y que crearon en el filo de la navaja.

Uno de ellos fue el dramatur­go francés Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais, más conocido sencillamente por Beau­marchais, maestro de la sátira, genio del panfleto, y autor de obras como La folle journée, ou le mariage de Figaro, un buen misil de flotación contra el po­der, tanto que a Mozart le picó lo suficiente el gusanillo como para pedirle, en su primera cola­boración, al libretista Lorenzo da Ponte una versión para crear una ópera bufa. Da Ponte acep­tó, pero tuvo que pulir algunos de sus momentos más salvajes, y de ahí surgió Las bodas de Fíga­ro, que pasado por la genialidad de Mozart deviene en una estupenda y magistral diversión. El libreto estuvo listo en julio de 1785, y Las bodas de Fígaro —con el título original de Le nozze di Figaro— se estrenó en Viena el 1 de mayo de 1786. La pareja volvería a colaborar en Cosí fan tu­tte y Don Giovanni.

Anoche, la ópera de Da Ponte-Mozart se convirtió en la prime­ra representación de la primera temporada —la 2014 / 2015— en el Teatro Real post Gerard Mor­tier, el anterior y ya fallecido director artístico, que fue sustitui­do por el patronato del Real por Joan Matabosch. Las bodas de Fígaro, con dirección en escena de Emilio Sagi y la musical del titular del coliseo madrileño, Ivor Bolton, se podrá ver hasta el 27 de septiembre. Sagi asegu­ra que para esta comedia, el es­pectador debe de apreciar a «Sevilla como un personaje más», y no como el simple escenario de las correrías de condes y conde­sas, notarios, médicos, pajes, profesores, jardineros, donce­llas y criados, con uno de estos sirvientes, Fígaro, a la cabeza. En Madrid a Fígaro le encarna Andreas Wolf, a Susana, su prometida, la soprano Sylvia Schwartz, mientras que Luca Pi­saroni se hace cargo del personaje del conde de Almaviva.

«La mayoría de las veces en la ópera se encuentra uno con temas horribles, historias incomprensibles y lagunas sin sen­tido. Aquí en cambio todo es per­fecto: no hemos cortado ningún recitativo», asegura Emilio Sagi que también dirigió El barbero de Sevilla con el que el Real inau­guró la temporada pasada. Tan­to El barbero de Sevilla como Las bodas de Fígaro se mueven en la misma atmósfera: si Mozart se basó principalmente en la segunda parte de la Trilogía de Fígaro de Beaumarchais, Rossini deci­dió inspirarse en la primera.

El día de la presentación de la programación el presidente del patronato del Real, Gregorio Ma­rañón, anunció «una excelente no­ticia», el aumento de abonados 15.100 más, mejorando un 13% la cifra de la anterior temporada. En el debe, los cambios y las reba­jas de cartel de algunas produccio­nes que han pasado de propias a alquiladas, o que han tenido que desprenderse de algunos colabo­radores, como le ha ocurrido a Fidelio, que finalmente no conta­rá con la participación de La Fura deis Baus. Marañón recordó las dificultades de armar una tempo­rada programada en pocos me­ses, entre el anuncio en agosto de 2013 del cáncer que acabó con la vida de Gerard Mortier, y la incor­poración de Matabosch. El presidente aseguró que habían avisado a los abonados: «Estoy en con­diciones de decir que no va a ser un problema para ellos». G. B. Madrid

Criados contra señores

EL MUNDO, 16/09/2014

 ‘LE NOZZE DI FIGARO’

 Autor: W. A. Mozart / Director: Emilio Sagi. / Escenografía: Daniel Bianco. / Director musical: Ivor Bolton 1 Coreografía: Nuria Castejón. / En escena: L. Pisaroni, S. Solo­viy. S. Schwartz, A. Wolf, E. Tsallagova. Teatro Real de Madrid. Calificación: **

 El montaje recuperado de Emilio Sagi cambia cada vez según quien ocupa el foso y el escenario. El director de orquesta Ivor Bolton im­pone un ritmo tan parsimonioso que, más que una comedia de enre­do, el público sorprendido cree asis­tir a una misa o un extraño Réquiem. La batuta impone un crite­rio que condiciona decisivamente el trabajo de los intérpretes. La conse­cuencia principal es que el conde de Almaviva suena igual que Fígaro, el personaje Chenibino prácticamente desaparece y Susana y la condesa, buenas cantantes, no logran demostrar su calidad.

Se produce una desdramatiza­ción general que influye en la ac­ción escénica que avanza a trom­picones, sin que a nadie parezca importarle lo que allí ocurre. La actitud de cada personaje está en­turbiada. A Fígaro no parece im­portarle que su primera noche de bodas sea interrumpida por la ac­ción intolerable del señor. El conde, cuyo propósito es disfrutar de la primera noche a la que tenían derechos los señores feudales, tampoco parece tener gran interés en Susana. La condesa, mujer do­liente y celosa, resulta más bien triste y quejosa, lo que tiene poco que ver con la hondura del perso­naje. El público, que recibió el final de la representación con aplausos para todos, sí demostró un cierto desconcierto a lo largo de la repre­sentación, como si no acabara de entender que lo que él conocía co­mo una acción vivaz y dinámica, dentro de una historia que tiene mucho de hondura y de crítica social, acabara en una pura disgre­sión, donde todas las tensiones ha­bían desaparecido.

Es normal que cada función de ópera sea absolutamente única y distinta a todas las demás, lo que hace que siempre sea estimulante acudir a ver lo que se supone que se conocía pero que resulta siempre radicalmente nuevo. No es difícil detectar en algún espectador un cierto desconcierto sobre el criterio musical elegido, pero al final se im­puso en la recepción general un aprecio tanto por el montaje como por los intérpretes, aunque su valía no siempre pudo aparecer en to­do su esplendor. Las bodas de Fíga­ro es una de las piezas más logradas dentro del repertorio del Teatro Real, que no cuenta con muchas obras capaces de ser repuestas. Sin duda volverá otra vez al mismo es­cenario, y es seguro que será una vez más una representación perfec­tamente nueva y desconocida, por mucho que se haya transitado una peripecia que casi todo el mundo se sabe de memoria.

Sí cabe esperar que la próxima aparición de la obra maestra de Mozart recupere la vitalidad, el sentido crítico y el jolgorio que en esta versión han quedado seriamente mitigados. Pero habrá quien acepte la versión ofrecida anoche como una opción perfecta-mente válida. ALVARO DEL AMO

Las bodas de figaro

Un desfile con fondo de armario

EL MUNDO, 16/09/2014

La era post Mortier se abre con una aplaudida reposición de “Las bodas de Fígaro” que contó con el convencional montaje de Emilio Sagi y el debut musical de Ivor Bolton

Las bodas de Fígaro. Indiscutible, desde la perspectiva del éxito y de la taquilla. Y discutible tam­bién, puesto que el montaje cos­tumbrista de Emilio Sagi recala­ba en Madrid por tercera vez en menos de cinco años.

No es habitual entre los teatros punteros la solución de inaugurar el primer desfile del año con el fondo de armario, así es que el in­terés de estas terceras Bodas de Fígaro radicaba fundamentalmente en la versión musical de Ivor Bolton, nuevo director musi­cal del teatro madrileño y espe­cialista acreditado en el reperto­rio del siglo XVIII.

Se explican así las buenas sen­saciones que trasladó el impacto de la obertura: trepidante, colo­rista, intensa y, en cierto modo, engañosa de cuanto iba a suceder después, fundamentalmente porque esta concepción sinfónica, opulenta y voluminosa de Las bo­das de Fígaro se resintió a menu­do de un cortocircuito con el es­cenario.

La música bullía en el foso, pero Bolton parecía desentenderse de su misión de concertador en la tarima. Sucedía muchas veces que la orquesta devoraba a los cantantes. Y que la elección de los tiempos rápidos proporciona­ba excesivos desajustes.

Se agradecieron por la misma razón los pasajes contemplativos. Apareció así la calidad y el refi­namiento de Sylvia Schwartz en el cuarto acto -costó escucharla hasta entonces- y se produjo también un entendimiento con las arias de la Condesa. Fluía la música en claroscuro, aunque las expectativas sensatas de conmo­verse se malograron o entorpe­cieron por la escasa idoneidad de Sofía Solviy.

Ni el timbre de la ucraniana ni el estilo parecen adecuarse al re­pertorio de Mozart, reforzándose la sensación de un reparto bas­tante desequilibrado.

El Fígaro de Andreas Wolf, co­nocido en Madrid con el Cosi fan tutte de Haneke, no sobrepasó las convenciones ni pareció ha­ber dado lecciones de italiano, mientras que la profesionalidad de Helena Tsagallova tampoco concedió excesivo vuelo al papel de Cherubino.

Quede claro que el público aplaudió a todos ellos en una velada de predisposición lúdica, pero la generalización del aplauso no puede sustraerse a la cobertu­ra que ejerce la extraordinaria música de Mozart ni puede amal­gamar los méritos. Que los tuvo José Manuel Zapata en el papel cómico de Don Basilio, como los demostró Luca Pisaroni en su aristocrática manera de cantar el papel del Conde, sumándose así el cantante a una fiesta lírica programada.

Se trataba de inaugurar la era post Mortier y de reencontrarse con Las bodas de Fígaro de Emi­lio Sagi. Tan celebradas en Ma­drid como en ultramar, pues el montaje ha viajado desde Litua­nia hasta Suiza con sus guiños idiomáticos y folclóricos.

Puede entenderse el éxito porque es una versión ágil, vistosa, descriptiva y hasta pedagógica de la enredadísima ópera de Mozart y Lorenzo da Ponte. Emilio Sagi la españoliza. La reviste de casti­cismo.

Le pone castañuelas en la co­reografía. Y crea sobre el escena­rio un segundo plano en el que proliferan mas las anécdotas o que las esencias, de forma que sus Bodas de Fígaro, perfumadas lite­ralmente con azahar y ambientadas con efectos especiales (el agua de la fuente, el metrónomo de los grillos), se decantan más por el enredo y el gag que por el dolor en la sombra de algunos de sus personajes. Que no son tan lejanos a nosotros en sus frustra­ciones y ambiciones.

El asunto del derecho de pernada, por ejemplo, representa un fenómeno menos anacrónico de cuanto pudiera sospecharse. Nos lo ha demostrado Dominique Strauss-Kahn -y Clinton…- en un hotel de Manhattan, reivindicando al macho poderoso que se pone a salivar con delirios de omnipotencia y de inmunidad cuando se le cruza una camarera. RUBEN AMÓN

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De cómo volver a soñar

 ABC, 16/09/2014

 MOZART, «LE NOZZE DI FIGARO» ** Int: Pisaroni. Soloviy, Schwartz, Wolf Tsallagova, Schneiderman. Coro y Orq. Titulares del Teatro Real. Dir. de escena: Emilio Sagi. Dir. musical: Ivor Bolton. Lugar: Teatro Real. Fecha:15-IX

 Parece que nada ha cambiado, pero el paso del tiempo deja arrugas. Ayer, el Teatro Real abrió su temporada con «Las bodas de Fígaro» y el espectador con­tento, como el escolar con su nuevo plu­mier, se sienta, observa y recuerda. Cree encontrarse en aquel julio de 2009 en el que la producción dirigida por Emilio Sagi se estrenó con la intención de considerar la nostalgia desde una perspec­tiva positiva. El mismo lo explicaba sin desvelar que el escenario aparentaría encanto tras el realismo de estancias y jardines, ambientes de carácter sevilla­no en los que se oye la chicharra, surge el agua, ilumina la luna y huele el aire.

Volver debería ser agradable, si no fuera porque repetir es difícil. Entonces, en el Real, había prosperidad, ilusión y debate sobre lo que se hacía y sobre lo que merecía la pena hacer incluyendo propuestas como las de aquellas «Bo­das», cuya corrección fue sinónimo de buen acabado y solvencia. Ahora, por el contrario, se anuncian cambios sustan­tivos en la programación de este año que acaban de pillar al espectador a contrapié y se le niega solemnidad a la inau­guración del curso reponiendo la ópera de Mozart en una realización cuya sosería general sólo invita al tedio.

Todo es extraño, desde luego, pues coincide con la presentación del nuevo director musical del teatro, Ivor Bolton, cuyos méritos le preceden y de quien se espera una gestión artística con carác­ter. A su favor queda, de momento, el intento por plantear una lectura mo­zartiana en un estilo informado histó­ricamente, cuidado y comedido ante las voces. Exigente, hasta el punto de en­contrar fondo en la Orquesta Sinfónica de Madrid cuya calidad es irregular y cuya presencia apenas tiene brillo. La falta de un ritmo interno claro, la difu­sa articulación, la escasa vivacidad de la propuesta, la superficialidad del men­saje matizado a partir del estrecho ám­bito expresivo en el que se mueve la in­terpretación tiene consecuencias funestas en el resultado final.

La más inmediata es la grisura que transmite a un primer reparto que se conforma con cumplir y que apenas añade al foso un mínimo entusiasmo, más allá de algún destello ocasional. Es el caso de Sofia Soloviy, la condesa de Al­maviva, cuyo «Dove sono» pone de ma­nifiesto que una voz sin especial belle­za y con problemas de afinación es capaz de lograr interesantes resultados gracias a la calidad del «legato», una su­til expresión de apariencia trascenden­te y un plus de personalidad capaz de doblegar a la orquesta hasta llevarla a su terreno. Otra voz con posibilidades es la de Luca Pisaroni a pesar de la flo­jera espiritual de su «Hai gia vinta la cau­sa» y alguna nota destemplada Apurando, cabe mencionar Sylvia Schwartz, cuya actuación se resume en las buenas medias voces de «Deh vieni non tardar».

Todo ello configura un resultado agridulce, triste, aburrido, pues son muchos los momentos en los que a una interpretación musical alargada en una monótona horizontalidad se une un movimiento escénico reconstruido sin chispa ni comicidad, marmóreo y con­formista: envejecido con las arrugas de un «día loco» muy distinto al que cualquiera podría imaginar al pensar en «Las bodas» y sobre el que, a falta de alguien más cercano y capaz, escri­be con finura el musicólogo Tim Car­ter en el programa de mano. ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE

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Temporada del Teatro Real

No hubo quinto bueno

“Las bodas de Fígaro” de Mozart. L.Pisaroni, S.Soloviy, S.Schwartz, A.Wolf, E.Tsagallagova, H.Schneiderman, C.Stamboglis, J.M.Zapata, G.López, K.Gardelia, M.Sola, etc. Orquesta y Coros titulares del Teatro Real. E.Sagi, dirección escénica. I.Bolton, dirección musical. Teatro Real. Madrid, 15 de septiembre.

 Bodas de Fígaro” se han programado en el Real en las temporadas 1997/98, 2002/03 y, ya con la presente producción de Sagi, en 2009 y 2011. Al público le interesan no sólo los divos sino también y fundamentalmente los títulos. Dado que teatros y salas de concierto son deficitarios y que las instituciones públicas han de ser quienes fundamentalmente los financian, debería ser requisito indispensable mantener una alta ocupación de las salas mientras duren los recortes, satisfaciendo a la mayor cantidad de público y tratando de lograr máximos de taquilla para que la financiación pública sea la más reducida posible. Ello, junto a la conveniencia de que no hiciesen falta muchos ensayos antes de un temprano estreno, han aconsejado la reposición por quinta vez y con diez representaciones, aunque a muchos les haya sorprendido. También pueden justificarse cambios de última hora en la programación como la salida de la Fura del “Fidelio”, ante su falta de tiempo para prepararla, o incluso el cambio de producciones para “Hansel y Gretel”. No así, en modo alguno que, junto al “Gianni Schicchi” ideado por Woody Allen, se ofrezca “Goyescas” en versión de concierto, porque ni siquiera el ajuste presupuestario lo disculpa. Sobre todo desde que las entradas del Real están exentas de IVA. Aunque hayan decidido no bajar su precio.

Estamos ante unas “Bodas” realistas, pero también ensoñadoras y nostálgicas, de Emilio Sagi, regista habitualmente de buen gusto y a quien le gusta meterse en las obras y comprender las intenciones de los compositores, que cuenta con goyesco vestuario de Renata Schussheim y vistosa escenografía de Daniel Bianco para una acción en la Sevilla del siglo XVIII. No hurta luz, pero los recortes se han llevado parte los olores a azahar. Allí está la opresión de los nobles sobre los sirvientes, pero también la alegría de vivir de estos y, por doquier, la componente erótica innata a la pieza teatral y también a la música. Se trata de un gran título en el que Beaumarchais, Da Ponte y Mozart lograron hacer realidad lo que la ópera debe ser: teatro y música, música y teatro. La producción del Real hacía justicia a la obra, pero a fuerza de verla se van apreciando carencias y defectos, como en ocasiones una excesiva amplitud que deja desnudos a los actores.

Se esperaba mucho de la dirección musical de Ivor Bolton, tantas veces admirado en este repertorio y aún más recordando las bien ordenadas pero pesantes lecturas que ofrecieron López Cobos y Victor Pablo en el pasado.  Sin embargo no apareció más que en la obertura el carácter ligero, vivo y centelleante de Mozart. Bolton dirigió para el Mozarteum y no para el Grosses Festspielhaus, para la Zarzuela y no para el Real. Le sobraba escena para tan contenida lectura. En el reparto sobresalió la condesa de Sofia Soloviy, particularmente en el «Dove sonó», más por musicalidad que por calidad vocal. Luca Pisaroni, como Conde, no logró apartar los tics de Fígaro, papel   que abordó aquí en el pasado, escaseando autoridad y quedando alicorto en su gran escena del acto III “Hai gia vinta la causa”. Cumplieron Sylvia Schwartz como Susana con una voz pequeña -¿cómo es posible no ser aplaudida tras el «Voi che sapete»?- y Elena Tsallaova como Cherubini, flojeando bastante Andreas Wolf como Fígaro con carácter más propio de un votante vengativo de cierto partido político en boga que de un siervo ocurrente. Apena ver a José Manuel Zapata en el bien interpretado pero poco enjundioso papel de Don Basilio.

Se dice que no hay quintó malo, pero esta temporada de transición tuvo un inicio tristón, sin genialidad alguna, con apenas seis minutos de aplausos finales a pesar de tratarse de Mozart. Una novedad: los críticos sentados, juntos en fila, en uno de los sitios con peor acústica del teatro. ¿Será que no querían que escuchasemos? Quizá ello haya influído en el sopor que nos invadió a los de los cuatro medios nacionales que estuvimos juntos. Gonzalo Alonso

Un comentario

  1. Antonio 14/10/2021 a las 07:44 - Responder

    Perdona pero la ultima foto de la crítica a las bodas de Fígaro en el Teatro Real es el último acto de la producción del Teatro de la Maestranza!!!!

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