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Las críticas al "Requiem" con Muti en el Real
Las críticas en la prensa nacional a "Alceste" en el Real
Por Publicado el: 04/04/2014Categorías: Diálogos de besugos

Las críticas en la prensa a «Lohengrin» en el Teatro Real

Aquí tienen las críticas en prensa nacional a «Lohengrin». La pregunta estaba en boca de todos: «¿Qué tiene que ver esta producción con la filosofía de Mortier?» y la respuesta es simple: Absolutamente nada, más que la pasión que sentía por los trabajos del escenógrafo.

Resumen: poderío orquestal y coral, aunque un punto exceso de volumen. Escenografía que ni aporta nada ni molesta, pero que no obliga a realizar un master para entender lo que se ve. Cantantes correctos. Polaski ya no está para estos trotes, Ventris no emite un piano aunque le maten, Hawlata se desdibuja, Johannes Mayer se exhibe y Naglestad resulta sorpresa gratísima.

LA RAZÓN, 05/04/2014

UN “LOHENGRIN” JUSTAMENTE VITOREADO

Teatro Real WAGNER; Lohengrin. Christopher Ventris , Catherine Naglestad, Thomas Johannes Mayer, Deborah Polaski, Franz Hawlata, Anders Larsson. Coro (Intermezzo) y orquesta (Sinfónica de Madrid), titulares del Teatro Real. Director de escena: Lukas Hemleb. Escenografía: Alexander Polzin. Dirección musical: Harmut Haenchen. 3 de abril de 2014; Teatro Real Madrid.

Gerard Mortier se ha apuntado, ‘post mortem’ uno de sus (pocos) grandes éxitos en el Teatro Real, con este “Lohengrin” el que el coliseo ha cuajado una gran representación wagneriana, cercana en lo musical a los títulos –sobre todo “Tristán”- presentados en su día por Barenboim y la Staatsoper berlinesa o al “Parsifal” del recordado García Navarro. Hemos citado a dos directores, y fundamental, decisivo en este triunfo ha sido el germano Hartmut Haenchen (Dresde, 1943), un extraordinario maestro, gran intérprete de Mahler y notorio director de ópera, que, sin embargo, en sus visitas previas, con “Boris Godunov” y “Lady Maccbeth de Mtsensk”, no había obtenido la repercusión deseable a su trabajo. Haenchen, también excelente musicólogo y escritor, ya anotaba en el programa de mano (¡ay, dónde quedaron los otrora modélicos libro-programas del Real!) unas inteligentes reflexiones y observaciones sobre compositor, personaje y partitura, que luego ha trasladado con maestría, sapiencia, ejemplar control y caluroso fraseo a la orquesta, una Sinfónica de Madrid, entregada, visceral, de sonoridad fresca y fulgente, que obtuvo de la mano de su director uno de sus mayores triunfos recientes: ¡qué diferencia tan salvaje entre Haenchen y los Cambreling, Pérez, Piolet, y en parte Currentzis, que tanto han torturado y masacrado al conjunto sinfónico de referencia! Al nivel de la orquesta, sitúese al coro Intermezzo, con fabulosa actuación de conjunto.

Hace quince años, ya en el Real, o veinte, en el Teatro de la Zarzuela, se habría sacado de la sala a tomatazo limpio y con pateo de escándalo a Lukas Hemleb, el director de escena, que trabajaba sobre unos diseños de Alexander Polzin; hoy, con la sucesión de mamarrachadas que se han visto en los últimos tiempos, casi podría haber salido a hombros: apenas alguna parva voz en su contra, en medio de la apoteosis que rodeó, al término de la función, a Haenchen, coro y cantantes. Apuntemos, con todo, algunas de sus ocurrencias: llega “Lohengrin” y a su lado el monolito imaginado por Clark y Kubrick para “2001”, ahora blanco y reluciente; el engendro que aparecía dentro del paralelepípedo, níveo y semi-transparente, en el Acto II, podía ser cualquier cosa, desde una variante venida a menos de la Virgen del Perpetuo Socorro, un pariente lejano de E.T. o una versión congelada del Yeti en modelo infantil; no había cisne –no suele haberlo en ninguna producción moderna, que recurren al haz de luz, al láser o a la filmación-, pero lo peor fue que no hubo Gottfried –el hermano perdido de Elsa- resurrecto al final de la pieza, sino una suerte de espantapájaros alienígena jaleado al grito surrealista de “¡ahí tenéis al heredero de Brabante!”. Pero Hemleb sabe crear una escena inquietante, con hábil, excelente movimiento de figurantes y del siempre estupendo coro, con momentos de lobreguez mórbida y otros de exaltación, y en conjunto se le pueden perdonar algunas de las gansadas antedichas.

Y para rematar un cuadro positivo, el elenco de cantantes, varios de ellos de lo más salvable del “nuevo Bayreuth”: Franz Hawlata como un sólido y seguro “Rey Heinrich”, Christopher Ventris como un “Lohengrin” que daba todas las notas, aunque con poca propensión a matizar o a ‘apianar’; la en tiempos grandísima Deborah Polanski – tiene ya 64 años- en el papel de la “mala” de la obra, “Ortrud”, casi desgañitada al final de la obra, pero que todavía pone la carne de gallina en la invocación a los dioses paganos; Thomas Johannes Mayer como un “Telramund” que supo guardar nobleza ingenua en la sordidez de su personaje; y de nueva planta, la americana Catherine Naglestad, que se fue creciendo (y cantando mejor) en el curso de la pieza, hasta hacer creíble a una “Elsa” que vacila –tampoco es mala idea del director escénico- entre el misticismo amoroso y el delirio psicópata. Hasta el sueco Anders Larsson fue un dignísimo y convincente “Heraldo”. Se vivió, con toda justicia, una jornada de éxito, ya anticipada al inicio del Acto II con la salida al foso de Haenchen, saludada con “bravos” y ovación de gala. ¡Qué raro se había vuelto todo esto en Teatro Real!  José Luis Pérez de Arteaga

EL PAÍS, 05/0472014

LOHENGRIN

De Wagner. In memoriam Gerard Mortier. Director musical: Hartmut Haenchen. Director de escena: Lukas Hemleb. Escenografía: Alexander Polzin. Con Christopher Ventris, Catherine Naglestad, Deborah Polaski, Thomas Johannes Mayer y Franz Hawlata. Sinfónica de Madrid, Coro Intermezzo. Teatro Real, 3 de abril.

La ópera después de…

La atmósfera que se respiraba en los pasillos del teatro Real en la primera representación de Lohengrin se podría definir, imitando la denominación de un popular programa deportivo, como “El día después”. Se hablaba de Mortier, a cuya memoria están dedicadas estas funciones, y eran bastantes los que estampaban su firma en un par de libros de condolencia que el Real había puesto en una mesa del vestíbulo principal. La cultura necrológica en nuestro país es un fenómeno sociológico digno de estudio. Después de la muerte se santifica de inmediato hasta a los enemigos más recalcitrantes. Ahí está el caso de numerosos personajes públicos elogiando al infinito hoy con singular hipocresía lo que ayer era motivo de desconsideración. La conversión “mortierista” que ahora reina en gran parte del público operófilo madrileño no creo que le hubiese sorprendido al exdirector artístico del Real. Algo similar le ocurrió tras su marcha del Festival de Salzburgo o de la Ópera de París. Pero, qué quieren que les diga, cuando ayer se percibía que del clima de apoteosis se beneficiaba hasta el mismísimo equipo escénico, no le queda a uno más remedio que hacerse unas cuantas preguntas sobre la fragilidad de la condición humana en lo que se refiere a la fidelidad de los sentimientos. El pesimismo que late en Lohengrin, en la corroboración de la felicidad perdida como tema principal, viene como anillo al dedo para reflexionar sobre la vida y sus circunstancias. Sobre todo, si para esa reflexión se tiene de fondo una música tan maravillosa como la de Wagner en la última ópera de su trilogía romántica juvenil.

Lohengrin es una ópera que ha inspirado montajes muy rompedores e imaginativos en los últimos años. En el Liceo de Barcelona, por ejemplo, se pudo ver el de Peter Konwitschny, en coproducción con la Ópera de Hamburgo, que llevaba la acción a una escuela infantil alemana de 1865, en una estética que por momentos recordaba la del gran Tadeusz Kantor en alguno de sus espectáculos teatrales más emblemáticos. Otra muestra significativa es la del último Lohengrin del Festival de Bayreuth, Hans Neuenfels optaba por un tratamiento alegórico del cuento y la leyenda, representando a veces como ratas a los colectivos humanos, en un ejercicio tan irónico como demoledor que en el fondo reflejaba la incapacidad del ser humano para conseguir un mundo mejor o, al menos, más idealista. El punto de partida de Lukas Hemleb y Alexander Polzin para la puesta en escena del Real es prioritariamente plástico y tiene, por encima de otras consideraciones, valores escultóricos o espaciales para crear una atmósfera donde desarrollar en primer plano la historia. No molesta. Es más, es una estética atractiva, reforzada poéticamente por la iluminación. El cisne no figura como símbolo figurativo y se reemplaza por la luz en una aproximación más conceptual. El suelo “adoquinado” no facilita el movimiento natural de los cantantes y algunos como Catherine Naglestad se las ven y se las desean para mantener el tipo. Pero lo que se cuenta llega a la sala con facilidad, y eso es importante. No es que estemos ante una estética para el recuerdo, pero al menos teatralmente lo fundamental funciona.

El gran triunfador de la noche fue, desde mi punto de vista, el director de orquesta. O la orquesta en su totalidad, si se prefiere. Tras un comienzo algo titubeante, Haenchen cogió el pulsó a la situación y planteó una versión muy coherente, con sentido dramático y riqueza tímbrica. Al comparecer después del segundo intervalo fue aclamado con “bravos”, algo insólito en las funciones de estreno en el Real. A un nivel más plano el sobrevalorado coro del Real. El exceso de volumen dejó en segundo plano la matización, sobre todo en los pasajes más heroicos. No se puede decir que no canten y actúen bien, pero la ópera no es únicamente exhibición de poderío. En ese sentido, llamémosle sutil, las mujeres estuvieron más en su sitio. El reparto vocal fue bastante homogéneo con un cuarteto de cantantes equilibrado. Las aportaciones de Ventris, Naglestad, Polaski y Mayer, contribuyeron, con sus más y sus menos, a dar empaque a la representación. En el minúsculo programa de mano, para gloria de los diferentes comités de apoyo y patrocinadores, hay en esta ocasión un sugerente texto de Enrique Gavilán, uno de los grandes conocedores y analistas de Wagner en nuestro país. El buen nivel artístico, en líneas generales, de las representaciones de Lohengrin facilita además el rápido olvido del precipitado y paupérrimo “homenaje” a Mortier el pasado miércoles en el Real. Como mínimo, podían haber hecho algo más imaginativo, más a la altura intelectual y artística de la persona recordada. Juan Angel Vela del Campo

 

EL MUNDO, 4/04/2014

Cómo escuchar ‘Lohengrin’ sin Gerard Mortier
Una nueva producción de Wagner, primer estreno tras la muerte del director belga

Quizá no sea demasiado forzado imaginarse a Gerard Mortier como un Lohengrin que abandona el reino de Brabante (el de los vivos) después de las dudas y desconfianzas de aquella a la que salvó y por cuyo amor estuvo dispuesto a morir. Al director belga le gustaban las conexiones, pero nunca podremos saber todas las que pensó para esta nueva producción de la ópera de Wagner, estrenada ayer en el Teatro Real de Madrid, un día después de que el mismo escenario acogiese el homenaje a su figura.

Lohengrin es el primer estreno de la época post-Mortier, tras el fallecimiento del que fuese director artístico del Teatro Real el pasado 9 de marzo. Aunque sin llegar al furor que despertó el anterior estreno wagneriano, el Tristán e Isolda de Peter Sellars y Bill Viola, en el coliseo madrileño (los claros en la sala dejaban ver que no se vendió todo el papel), el montaje cosechó el aplauso general. Más concretamente, el público del estreno apreció el trabajo del coro y del director musical, Hartmut Haenchen, que fue vitoreado antes de comenzar el tercer acto, para mayor regocijo del alemán.

A pesar de lo espectacular del espacio escénico (un diseño de fibra de vidrio que se asemejaba a una cueva de columnas basálticas, obra del artista Alexander Polzin), esta nueva producción que programó Mortier se ciñe a lo musical y deja a un lado fuegos de artificio e interpretaciones sui generis de la idea histórica-mitológica que pensó Wagner. El director de escena Lukas Hemleb así lo había anunciado y así se pudo ver ayer en un montaje alegórico, aunque sin perder de vista la escala humana. Su trabajo y el del resto de los responsables de la parte visual fue también reconocido, a pesar de un leve rumor de desaprobación en el momento de los saludos.

Sin demasiados elementos para el despiste, los espectadores pudieron sumergirse en la música y, como señalaba Mortier en un vídeo proyectado durante su homenaje, en «el pensamiento del compositor», que es lo que a él más le interesaba transmitir. Y el pensamiento de Wagner en Lohengrin es amplio y generoso. De un lado, se puede leer como un encuentro entre el mito (en este caso, la leyenda del Santo Grial y la fábula medieval sobre el Caballero del Cisne) y la historia (la época de Enrique I el Pajarero y los albores del Sacro Imperio Romano-Germánico). Pero también muestra algunos rasgos del propio momento en que fue concebida, la revolución de 1848. Así, en las partes corales se trasluce el ímpetu de un pueblo, del mismo modo que en los coros de Verdi se filtra el espíritu del nacionalismo italiano. Pero también se puede adivinar qué partes extrajeron los nazis de Wagner para crear el aparato artístico-filosófico de su ideología: la necesidad que el mismo coro, como representación de la masa popular, tiene de un caudillo que les lidere militarmente contra el enemigo que acecha.

Un contexto que el propio Haenchen resume así en el texto del programa: «Con Lohengrin, Wagner se situó en la cima de la creación poética, en la que estaba en situación de relacionar los mitos con la vida real. Para Wagner, es éste el material más triste de todas sus obras, que esbozó, como narra Cósima en sus diarios, en la ‘estrechez y miseria’ de la casa de campo de Graupa, junto a Dresde». Darío Prieto

 

El cisne del subsuelo

‘Lohengrin’

Autor: Wagner. / Director musical: Hartmut Haenchen. / Director de escena: Lukas Hemleb. / Reparto: C. Ventris, C. Naglestad, T. J. Mayer, D. Polaski. / Orquesta y Coro titulares. Teatro Real, 3 de abril / Calificación:**
El compositor austríaco Franz von Suppé estrenó una parodia de la ópera de Wagner en 1870, 20 años después de su estreno. La opereta se llamó Lohengelb, cambiando la última sílaba, grin, de pronunciación parecida a grün (verde) que en la humorada se convertía en gelbt (amarillo). Sana costumbre de antaño, la parodia, una práctica que hoy parece corresponder a los directores de escena.Una tarea particularmente ardua en esta fantasía wagneriana, quizá la más difícil de representar hoy por la debilidad de un cuento maravilloso donde el héroe es un fatuo, la heroína una pazguata influenciable, y la pareja de malvados no conocen el desarrollo del otro gran perverso, Wotan, el dios de la destrucción.

La nueva producción del Teatro Real ambienta el Brabante medieval en un subsuelo, entre la mina abandonada y una dependencia del infierno. No hay cisne que transporta al héroe ni énfasis guerrero, sino una fealdad que se agota en sí misma.

Pero los espectadores que se asomen a la cueva, acostumbrados a lo inhóspito de la excursión, saldrán con la impresión de que han asistido a la ópera romántica en tres actos de Richard Wagner, gracias a la competencia de gran parte de sus artífices. El director musical, Hartmut Haenchen, logra de una orquesta segura y en plena madurez una lectura vigorosa y paladeada, pendiente de lo que la música propone en cada momento, sin preocuparse demasiado por opinar sobre los conflictos vagorosos que acucian a unas figuras no siempre de carne y hueso. El coro, dirigido por Andrés Máspero, se entrega tan pletórico como bien templado, demostrando que los supuestos enigmas de sus frecuentes intervenciones se solventan a base de estilo y musicalidad.

Del reparto destacan los protagonistas. Christopher Ventris, humanizado por un pijama, domina con soltura el exigente papel y consigue que el caballero que tan buena opinión tiene de sí mismo parezca más un hombre sinceramente enamorado que el enviado de una secta prestigiosa.

Pero es Catherine Naglestad quien eleva la interpretación musical y vocal hasta la excelencia; su Elsa recorre el camino de la doncella aturdida a la mujer atormentada por la duda, sin que en la primera asome el menor rastro de cursilería, ni concediendo a la segunda ningún resabio extemporáneo. El dúo del tercer acto consigue que el espectador se olvide de la lobreguez del subsuelo, perdone la ausencia del cisne y se reconcilie con la ópera como alimento.

 ABC, 04/04/2014

«Lohengrin»
El legado de un viejo romántico
«LOHENGRIN» * * *
Autor: R. Wagner Intérpretes: Ch. Ventris, C. Naglestad, Th. J. Mayer, D. Polanski. E. Hawlata, Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Dir. escena: L, Hemleb. Dir musical: H. Haenchen Lugar: Teatro Real.

Llama poderosamente la atención la nueva producción de «Lohengrin», que el Teatro Real
estrenó anoche, por las distintas cuestiones que deja al descubierto. La primera es la profunda decepción de un teatro banal, meramente decorativo y alejado del noble y gran proyecto de futuro que se venía anunciando en el Real a través de la reflexión, la inteligencia y la agitación. No puede serlo la cueva feona y anodina donde el director de escena Lukas Hemleb sitúa la obra, ni el vestuario insustancial de Wojciech Dziedzic, ni la luz muy elemental de Urs Schónebum, pues nada de ello aporta un ápice de interés a la gran ópera romántica de Wagner más allá de la consideración de oficio trasnochado. remedo corpóreo de un estilo de naturaleza decimonónica.
Sorprende que un reconocido profesional como Hemleb acabe transcribiendo la obra de manera tan esquemática y a veces torpe. Los momentos reseñables son varios y entre ellos, por lo que de significativo tiene en el contexto del drama, el momento mágico de la aparición de Lohengrin: un agujero rebosante de luz en el techo de la gruta, el coro congelado mirando hacia las alturas con los brazos en alto, una vitrina luminosa, que más tarde mostrará en su interior a Gottfried con aspecto de zombi, pero que sorprendentemente aparece desde el suelo, y la entrada, por fin, del héroe por una abertura a la izquierda. Demasiados errores de rácord como para hacer emocionante una situación que podría llegar a tener su encanto romántico, si es que tal recreación es la que se pretende en ese ámbito cavernario.
Ante semejante observación, parece que si este «Lohengrin» interesa al público, que a tenor de lo visto ayer sí interesa y mucho, es por otras razones. Merece la pena, fijarse en el prodigioso preludio del primer acto, música digna de un iluminado que ya, en 1850, estaba inventando el futuro, y que el maestro Hartmut Haenchen aborda con un sonido de cierta obviedad, presente. Basta escuchar como los instrumentos se superponen en progresión a la búsqueda del momento culminante, antes que fusionarse en una creciente textura que ya, desde el arranque, cabría imaginar más sutil, compacta y con una afinación más precisa por parte de la cuerda (si bien esto último no deja de ser un hecho coyuntural sucedido ayer).
En resumen, toda una declaración de principios, más aún, una intención expresiva digna de un director que a partir de ahí mantiene el pulso de la obra con autoridad, acompañando con finura, animando a la orquesta a que saque mucho bueno, pero renunciando a ese punto de misterio, que es tan fácil desear. Incluso de delectación que es exactamente lo que el tenor Christopher Ventris no acaba de lograr en su «declaración» final. Él es Lohengrin
 en el primer reparto. Un intérprete que se maneja con seguridad y calidad heroica, y que alcanza al lado de Catherine Naglestad, en el dúo de cierre, el momento culminante de la representación. Elsa adquiere entonces tonos delicados que se añaden a una cuidada interpretación, de particular lirismo.
Deborah Pólanski, por su parte, manifiesta un color muy apropiado para dar verosimilitud a Ortrud, y lo logra con brillantez en los momentos de mayor recogimiento, si bien destempla la voz llegado el punto del arrebato. Merece, asimismo, recordarse la interpretación de Thomas Johannes Mayer pues otorga a Telramund personalidad a partir de una emisión algo opaca. Y. por supuesto al Coro del Teatro Real, actor fundamental en «Lonhengrin» para satisfacción de un público que anoche acabó reconociendo la calidad y cantidad de la que hace gala en muchas de sus intervenciones. El quid de este «Lohengrin», directo, inmediato y popular. Alberto González Lapuente

 

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