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Por Publicado el: 31/01/2021Categorías: Diálogos de besugos

Las críticas en la prensa a «Luisa Fernanda»

Las críticas en la prensa a «Luisa Fernanda»

El Teatro de la Zarzuela ha realizado un gran esfuerzo con esta «Luisa Fernanda», con una figura como Davide Livermore en la dirección de escena, un director musical de la talla de Karel Mark Chichón y dos repartos de campanillas, que hubiera escrito Fernández Cid. Un lujo en cualquier momento y mucho más en los días que vivimos. Las críticas coinciden en reseñar la magnificencia de la escenografía, pero también la confusión que aporta al desligarse totalmente del libreto de la zarzuela. No comparten el abucheo de unos pocos recibido por Livermore. Coinciden en alabar la dirección de Chichón y también en los más y los menos del reparto el día del estreno.

Moreno Torroba: ”Luisa Fernanda”. Yolanda Auyanet, Jorge de León, Juan Jesús Rodríguez, Rocío Ignacio, María José Suárez, Nuria García-Arrés, Emilio Sánchez… Dirección de escena: Davide Livermore, Dirección musical: Karel Mark Chichon. Teatro de la Zarzuela, Madrid, 28 de enero de 2021.

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LA RAZÓN, 30/01/2021

Luisa Fernanda, rizar el rizo

Luisa Fernanda” es lo que podríamos llamar una zarzuela “clásica”, de esas que está en boca y en oídos de todos los buenos aficionados al género, que se la saben de memoria. Ahora se nos presenta con un estuche escénico alejado de los habituales montajes y en busca de nuevos y más actualizados efectos. Una iniciativa siempre loable, aunque en este caso el resultado no haya sido, más allá de un evidente empaque teatral y una presentación más efectista que efectiva, realmente positivo.

Esta zarzuela plantea una trama sencilla, en la que se establece, con el fondo de las trifulcas entre monárquicos y liberales en las postrimerías del reinado de Isabel II, un triángulo amoroso entre la protagonista, un rico hacendado extremeño y un joven militar, a los que se suma la casquivana y caprichosa duquesa Carolina. Hay un evidente costumbrismo y un manejo de aires populares en una partitura muy resultona, con algunos números de fuerza y melodías muy reconocibles.

Livermore, como casi todos los directores de escena actuales, quiere rizar el rizo, decir cosas nuevas, lo cual es muy loable, pero en nuestra opinión no ha acertado ya que con sus soluciones desnaturaliza no poco la obra y la hace confusa con un continuo cambio de situaciones escénicas y un constante trasiego de plataformas giratorias; con un permanente lugar de acción: el antiguo Cine Doré, actual sede de la Filmoteca Nacional. Se nos sitúa, a juzgar por el aspecto de la fachada, en los años 20 del siglo pasado y se mantiene durante toda la narración en activo una pantalla en la que se proyectan películas mudas e imágenes que quieren ser alusivas a la trama ideada en su día por Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw. Lo que termina por cansar.

Se orilla de esta forma la localización de cada escena, más allá de algún facilón aditamento, con lo que se elimina el discreto casticismo que envuelve a la obra, y se propicia la posibilidad de crear confusión en el espectador. El cuadro de los vareadores parece sacado de una comedia musical. Un efecto que aparece en otras muchas secuencias, en las que tiene continua presencia el ballet  con coreografía de Nuria Castejón. Hay detalles chuscos, como el de convertir al posadero Bizco Porras en Groucho Marx. Lo hizo bien César Diéguez. 

Sobre este escenario se asentaron voces sonoras, con presencia y contundencia. Como la de Jorge de León, un tenor racial, percutivo, de agudos magníficos, bien colocados, intensos, demoledores, incrustados en una línea de canto necesitada de un mayor refinamiento. O como la de Juan Jesús Rodríguez, instrumento amplio, redondo, corpóreo, bien timbrado, que cantó oscurecido y muy limitado y esforzado a consecuencia de una laringitis. Yolanda Auyanet, siempre musical y fina, exhibió su buena técnica y su lustroso timbre de lírica. Rocío Ignacio puso de manifiesto un vibrato “stretto” bien acoplado, un brillo rutilante, penetrante incluso, en la segunda octava, bien que la primera tenga poca carne.

En general el resto del reparto mantuvo el tipo, con una graciosa Mariana de José Suárez al frente. Bien los bailarines, mejor ellas que ellos, y sin problemas el coro (con mascarillas). Orquesta reducida llevada con habilidad por Chichon, que exhibió temple y buenas maneras e imprimió el dramatismo debido a muchos pasajes, aunque le faltara muñeca para recrear lo popular o lo más ligero; así el cuarteto del segundo acto, cantado y tocado con escasa gracia. Todo se aplaudió al final, aunque se escucharon algunas protestas cuando apareció en escena Livermore.  Arturo Reverter

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Luisa Fernanda

EL PAÍS, 30/01/2021

Luisa Fernanda’, el amor como pandemia
El estreno de David Livermore en la zarzuela se salda con un espectáculo que funciona, pero en el que la historia acababa enredada

Turno para una de las grandes zarzuelas, la más popular y apreciada de Federico Moreno Torroba, Luisa Fernanda, estrenada en la noche del jueves en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, otra vuelta de tuerca sobre la mujer madrileña a cargo de la factoría de Romero y Fernández-Shaw, los últimos grandes libretistas de la historia del género.

La música de Luisa Fernanda es un prodigio de inspiración y de buen hacer técnico. La cantidad y variedad de sus números musicales todavía sorprende y no creo equivocarme si afirmo que esa música sostiene a la zarzuela en el pedestal de la inmortalidad del género. Pero, ¿y el libreto? Técnicamente es sólido; el dúo prodigio de la lírica madrileña bordó otro de sus grandes éxitos. Ahora bien, Luisa Fernanda no es Doña Francisquita, no está Lope de Vega detrás. No es que falle, es que envejece mal. Especialmente, porque la temática del amor, con sus ínfimas variantes, daba buenas zarzuelas y no menos apreciables óperas, pero está llena de incongruencias. Hoy, que tanto se habla del amor romántico y de la necesidad de deconstruirlo, cuando no de destruirlo, deberíamos afilar el análisis y hablar también del amor caótico, ese baile constante entre el amor destino y el amor obligación. En La Chulapona, por citar otro título del mismo equipo artístico, la protagonista debe renunciar a su amor destino para que se cumpla la obligación de la paternidad legal. Sin embargo, en esta Luisa Fernanda, el amor destino se impone más allá de la lógica de que el pretendiente bueno, el hacendado Vidal, deba renunciar a su cuota de amor destino para que la amada cumpla con su llamada al amor eterno en brazos de un berzas, uno de los galanes más incoherentes del repertorio lírico, como si el enamoramiento fuera una enfermedad incurable, hoy diríamos una pandemia. Entender esto hoy día cuesta y mucho.

Todo esto viene a cuento porque cuando dos profesionales de muchos quilates, el director musical británico Karel Mark Chichon y el regista italiano Davide Livermore, se enfrentan a una obra de calidad musical incontestable y de difícil actualización, bueno… pues a veces se acierta y otras menos. Les motiva el esplendor de la música, pero la historia se enreda. Livermore, un brillante profesional de la regiduría lírica, propone llevar la acción de la Primera República a la Segunda, momento de la composición y estreno de la obra. Nada que objetar, le añade una visión cinematográfica que funciona muy bien al principio, aunque pierde fuerza gradualmente, sosteniéndose en un buen hacer teatral. En el estreno Livermore fue ululado en los saludos, de modo incomprensible en mi opinión. Pero, es cierto, que al final la historia se hace poco lógica, y no solo la amorosa.

En todo caso, lo que sí funciona, y muy bien, es el espectáculo. No hay apenas disonancias en la puesta en escena, bien los actores, los bailarines, la escenografía y sus aparatosos cambios, y la lógica dramática asociada a la puesta en escena.

La música, en edición crítica del hijo de Moreno Torroba y en la ya tradicional reducción a 23 músicos que obliga la pandemia, resulta muy bien y el director disfruta y hace disfrutar.

En cuanto al reparto, el primero, que fue el del estreno, tiene un nivel coral excelente y prestaciones teatrales de alta dignidad. En lo vocal, que es el meollo, la soprano Yolanda Auyanet brilla a muy buen nivel en Luisa Fernanda, así como Rocío Ignacio en la pérfida Carolina, y graciosa y solvente como suele ser habitual en ella María José Suárez. El reparto masculino tiene más irregularidades. El barítono Juan Jesús Rodríguez fue de menos a más, aunque salió a cantar con una afección laríngea que es digna de alabanza. En cuanto al tenor Jorge de León, bien en lo musical y con algún desequilibrio en la emisión.

En resumen, un espectáculo que los menos habituales del género disfrutarán y mucho reconociendo temas que la abuela les habrá cantado mil veces. Jorge Fernández Guerra

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Foto: Javier del Real

ABC, 30/01/2021

Ver y no creer a «Luisa Fernanda»

Los estrenos en el Teatro de la Zarzuela suelen transformarse en una aclamación popular. Un público de fieles, amigos y halagadores, entre los que asoma una simpática claque, aplauden entusiasmados espectáculos que, a veces, tienen un recorrido muy distinto. La producción de «Doña Francisquita», diseñada por Lluís Pasqual hace dos años, es un buen ejemplo de cómo la protesta de los espectadores puede crecer, función tras función, desde la palmas en la primera representación hasta llegar a la crispación en las inmediatas.

Quizá pensando más en la mano sobre el hombro que en la tropelía de quienes pagan su entrada y algún derecho tienen a opinar, Davide Livermore acaba de presentarse en Madrid con una relectura escénica de la incombustible «Luisa Fernanda». Y quizá por ello, le sentó mal escuchar, en el estreno del jueves, el bufido de algunos espectadores en el momento en el que apareció en el escenario a saludar, lo que motivo que se dirigiera a los inconformistas lanzándoles besos en una actitud claramente descarada.

A Livermore, ya se ha visto en alguna otra ocasión, le molestan muchos las críticas, aunque la primera debería ser la suya. Mirar el trabajo propio con distancia y prevención habría impedido el engendro («plan, designio u obra intelectual mal concebido») escénico con el que ha desdibujado hasta el absurdo la comedia de Romero, Fernández-Shaw y Moreno Torroba…..

…. Es fácil imaginar que las dificultades en tiempos de la Covid se multiplican por mil y que entre ellas está la necesidad de comprimir las obras en una duración prudente y sin descanso. La voz en «off» del director del teatro, Daniel Bianco, advirtió, antes de que se levantara el telón, sobre el esfuerzo que conlleva continuar con las representaciones pese a la alarma sanitaria. ….

…Inmiscuirse durante hora y media en un asunto placentero, como pueda ser la zarzuela, puede ser una experiencia gratificante siempre y cuando no se obligue al espectador a la continua elipsis, a las contradicciones y a los absurdos a los que lleva la síntesis del libreto realizada por Livermore…

Todo ello encuentra el soporte visual de un cine, en este caso el supuesto Doré de Madrid porque así se explica que la acción se traslada al ambiente republicano de los treinta. En realidad la barroca, apelmazada y algo arruinada arquitectura de esta falsa escenografía reconstruye un espacio giratorio e imposible sobre el que se quiere volver a jugar entre lo real y lo imaginario, en el reino de la ficción…

….El propósito de reciclaje que se adivina en la producción acaba por volver anacrónica la puesta en escena, el vestuario y la propia coreografía, a veces en exceso folclorizante y trivial. Incluso en las imágenes proyectadas, tan pronto dispuestas al homenaje, como en los fragmentos de «La verbena de la paloma», o transmisoras de una subliminal y supuesta catástrofe según delatan los negros y «hitchcockrianos» pájaros.

Acompañando la producción está la dirección musical de Karel Mark Chichon que será sustituido durante tres días por David Gómez Ramírez. Su presentación en el foso de la Zarzuela ha permitido descubrir a un director capaz de doblegar y conjuntar a la Orquesta de la Comunidad de Madrid en una sonoridad redonda.

A partir de la potente introducción orquestal inicial, la partitura de Federico Moreno Torroba fue desgajándose en un versión de sonido más abierto, un punto acelerada, siempre pujante y afirmativa. Chichon evitó caer en la complacencia, posiblemente con el fin de sostener en todo su apogeo a un primer reparto que hizo agua constantemente.

Es necesario disculpar al barítono Juan Jesús Rodríguez por el esfuerzo de cantar tras padecer una afección de garganta…/ ….En todos los demás casos, podría haber sido agradable escuchar una línea de canto más depurada, apreciar menos esfuerzo en el intento por llevar la obra a una intensidad y arrebato que son puro fingimiento. Afinar, articular con gusto, decir con fantasía e intención.

Yolanda Auyanet ofreció lo mejor de la noche, sobre todo cuando excepcionalmente llevó el papel de la protagonista al terreno de lo reflexivo porque entonces surge una cantante con gusto. Desabrido, excesivo y áspero, Jorge de León apuesta todo al volumen, a la fuerza y a una rudeza excesiva soportada por una voz muy desigual. Rocío Ignacio, la cuarta protagonista, defendió a Carolina yendo de menos a más sin acabar de recuperar los defectos iniciales…. Alberto González Lapuente

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