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OLEADAS Y TSUNAMIS
Un califato para Zapata
Por Publicado el: 29/06/2007Categorías: Crítica

Miro, kuego mando

MIRO, LUEGO MANDO

56 Festival Internacional de Granada
Obras de RAVEL, SAINT-SÄENS y AlBÉNIZ/ARBÓS. David Grimal, violín. Orquesta de París. Director: Christoph Eschenbach. Palacio de Carlos V, Granada, 28 de junio de 2007.
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Con esta son tres las veces que la Orquesta de París ha visitado el Festival de Granada. La primera fue con Pierre Boulez, 1987, debut en España del artista y principio de una relación duradera y estable. La segunda, 2004, y la de ahora, se han producido con su titular desde el 2000, el germano Christoph Eschenbach (Breslau, 1945), un día extraordinario pianista, desde hace ya tres décadas largas no menos relevante director de orquesta. Aunque el programa de mano no hacía referencia a su recientemente anunciado abandono de la Orquesta de Filadelfia –ha sido su (conciso) director artístico desde 2003-, la marcha de Eschenbach de la ciudad de Pennsylvania constituye uno de los episodios más extraños de la vida musical moderna. Desde luego el enigmático artista, cabeza rapada a medio camino entre Yul Brinner y Pâtrick Stewart –el “Capitán Picard” de la segunda generación de “Star Trek”-, gesto nervioso –quizá no muy preciso, pero tampoco lo era el de Karajan-, y autoritario, ademanes de corrección exquisita hacia los músicos, no parece tener problema alguno en París, en donde su liderazgo se muestra incuestionable.
Hubo mucho de taurino en la actuación de Eschenbach, que paró, templó y mandó, siempre dejando que la música respirara, incluso cuando dirigió al competente solista David Grimal- que no apagó la luz que dos días antes, junto a la Orquesta Ciudad de Granada, había encendido en el mismo escenario su compatriota Renaud Capuçon-; acaso lo mejor de la noche se dio en las piezas de la “Iberia” de Albéniz, que Eschenbach volvía dirigir en Granada, pero de otro forma –hace tres años en la sorprendente, reveladora orquestación del desaparecido (1997) Francisco Guerrero, ahora en la “tradicional”, pero en tantas cosas admirable, versión de Fernández Arbós-; en el “Corpus Christi en Sevilla” pasó de lo tenebroso –arranque ‘staccato’ de la cuerda grave- a lo mayestático, y “El Albaicín” transfiguró al conjunto hasta la ensoñación impresionista más propia de Debussy. Pero le quedaba el “Bolero”: había celebrado bien a Ravel con una “Alborada del graciso” tan ágil como contundente, y había acompañado “Tzigane” con el preciosismo de poner al arpa –solista bis- junto al violín protagonista; pero el inefable “Bolero” lo toreó, literalmente, clavado al podio como un poste, sin apenas movimiento de manos o batuta, sólo “mandando” con ojos, miradas y movimientos de cabeza, así en toda la implacable progresión hasta la casi postrera, única modulación de la orquesta, ya transformada en máquina imparable, a Mi mayor, donde nos recordó que tenía brazos y gesto. El público, ya no sé si el albero, se le rindió, y no lo sacó a hombros porque no estaba bien visto, pero faltó poco…

José Luis Pérez de Arteaga

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