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Mortier, el Mourinho de la ópera
Sobre la próxima temporada del Teatro Real: Conmigo ó sin mí
Por Publicado el: 23/03/2011Categorías: En la prensa

Mortier lanza un órdago

Mortier lanza un órdago
LA NUEVA ESPAÑA, 18-03-2011
Mortier ha barrido en su totalidad lo que se entiende por el gran repertorio operístico

En el Teatro Real de Madrid, al igual que en muchos otros ámbitos de la cultura española, las injerencias políticas marcan la trayectoria de las instituciones y son, en buena medida, responsables del atraso que nuestro país sufre en este ámbito con respecto a otros vecinos del entorno europeo. Los políticos meten sus zarpas en la cultura muchas veces llevados por criterios alejados de las decisiones técnicas y más cercanos a otro tipo de intereses. En el Real, desde sus inicios, los vaivenes han sido constantes lo cual no ha beneficiado en nada su trayectoria, dando una imagen inestable que no ha permitido asentar los diferentes proyectos artísticos que apenas han sido esbozados. Se inicia una nueva etapa que supone un vuelco en relación al trabajo realizado hasta la actualidad y está por ver que se aguante el tirón a medio plazo.

Ahora le toca el turno a Gerard Mortier, responsable artístico del coliseo madrileño y uno de los más polémicos directores «estrella» a nivel internacional que, en la presentación de la próxima temporada, está generando enorme debate puesto que para el próximo curso el Real se embarca en una andadura tremendamente radical para el gran público que puede hacer que la taquilla se resienta, hecho este muy delicado en un momento de crisis como el que atravesamos. En la temporada en curso, Mortier buscó un equilibrio razonable entre el gran repertorio y propuestas novedosas. Pero, en realidad, da la impresión de que no era este su plan para Madrid, sino que amalgamó proyectos ya encauzados con otros de su cosecha. En contraposición lo que ahora presenta para el próximo curso supone un vuelco espectacular con respecto a la trayectoria del Real desde su reapertura.

Indudablemente el director artístico belga realizó una labor ejemplar en el teatro de La Monnaie de Bruselas y en el Festival de Salzburgo. Luego otros cometidos suyos como el de la Ópera de París no salieron adelante con la misma brillantez. La razón es muy sencilla: Mortier repite un esquema a piñón fijo sin tener en cuenta las peculiaridades del público de cada teatro. Por las declaraciones que le he seguido en estos primeros meses suyos en Madrid se tiene la sensación de que pensaba que venía a trabajar a un erial y que poco, o muy poco, se ha molestado en ver la rica trayectoria del teatro desde su reapertura y lo mucho y bueno realizado antes en el teatro de La Zarzuela. Si su llegada se convirtió en un revulsivo la más que exigente nueva temporada puede acarrear problemas importantes a medio plazo.

Lo primero que llama la atención es que Mortier ha barrido en su totalidad lo que se entiende por el gran repertorio operístico. Ni un título de Verdi, Puccini, Donizetti, Rossini, Bellini o Bizet por poner ejemplos de autores por todos conocidos. Y de otros como Mozart que sí están no se acude a las obras más conocidas. Pero hay otro asunto que me parece gravísimo: la presencia de cantantes españoles es testimonial –excepción hecha de Plácido Domingo–. Sólo algunos papeles de comprimarios les son asignados, pero la mayoría están realizados por cantantes extranjeros. ¿Cómo se puede permitir que un teatro nacional que se paga con los impuestos de todos los españoles deje de lado a nuestros cantantes? Sobre todo porque hay varias generaciones de estupenda calidad que están triunfando en teatros del extranjero. Se trata de un absoluto desprecio a los profesionales de la lírica en España no por razones artísticas sino meramente arbitrarias e, imagino, de ignorancia y prepotencia. Es un contraste tremendo porque hasta ahora el Real había sido ejemplar en este ámbito, con una cuidada selección de los repartos que incluían la presencia de numerosos cantantes españoles que estaban ahí porque su calidad así lo justificaba.

En cuanto a los títulos, Elektra de Richard Strauss o Pelléas et Mélisande –esta última según la producción de Robert Wilson– llamarán la atención junto a Lady Macbeth de Mtsensk de Shostakovich. Son las obras de mayor espectacularidad musical. Habrá que ver el resultado de Poppea e Nerone de Philippe Boesmans , basada en la música de Monteverdi, y de Ainadamar de Golijov –que se adelanta por la crisis a Oviedo que fue quien apostó hace un par de años por la presentación en España del título-. Promete y mucho la conjunción de Marina Abramovic, Bob Wilson, Willen Dafoe y Anthony en el estreno mundial de The Life and Death of Marina Abramovic. Y habrá que ver el resultado de C(h)oeurs un espectáculo de Alain Plantel con música de Wagner y Verdi.

Un singular programa doble con Iolanta de Chaikovski y Perséphone de Stranviski, la mozartiana La clemenza di Tito, Cyrano de Bergerac –para cumplir con la «cuota» Plácido Domingo-, e I due Figaro de Mercadante con la dirección musical de Riccardo Muti y la escénica del ovetense Emilio Sagi completan un cartel muy exigente y totalmente ajeno al hilo conductor de la última década del Real. El ballet, por cierto, continúa siendo algo testimonial, casi un mero adorno en el conjunto de la programación. Y en versión de concierto tres son las propuestas: se recupera La finta giardiniera que se pudo ver en Oviedo el pasado diciembre y a esto se añaden Don Quichotte de Massenet y Rienzi de Wagner. Entusiasmo o enfado serán las dos reacciones que se pueden esperar por parte del público. Lo que desde luego no cabe ante semejante órdago es la indiferencia. Veremos si la fórmula Mortier funciona o acaba saliendo por la puerta de atrás después de este alarde de modernidad –los montajes previstos tampoco se pueden calificar como conservadores– que acabará generando sarpullidos en una parte del público madrileño no muy benevolente ante propuestas demasiado agresivas. Quizá lo que más se busque sea la notoriedad. Y es que ya lo dijo Óscar Wilde: «Que hablen de uno es espantoso. Pero hay algo peor: que no hablen». COSME MARINA

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