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PRIMERA GIRA INTERNACIONAL DEL TEATRO REAL
El do de pecho y la muerte
Por Publicado el: 19/08/2011Categorías: En la prensa

Mozart, el santo masón que apasiona a Ratzinger

Mozart, el santo masón que apasiona a Ratzinger
Roma / El Vaticano publica el documento del siglo XVIII en el que se concede al compositor el rango de caballero, aunque Amadeus, músico de cabecera de Benedicto XVI, perseveró en la masonería. Por Rubén Amón
El Mundo, 18 de agosto de 2011
La melomanía de Benedicto XVI y la dimensión divina que la tradición y el tópico atribuyen a Mozart sobrentienden que Amadeus pueda considerarse el compositor predilecto de Joseph Ratzinger. Más aún admitiendo que el Papa ha repasado en el piano las partituras del prodigio y teniendo en cuenta que el desenlace justiciero de Don Giovanni implica una condena al hedonismo, el desenfreno, el relativismo.

El problema es que, al mismo tiempo, Wolfgang Amadeus Mozart tuvo problemas con la Iglesia en Salzburgo -el arzobispo Colloredo lo expulsó de la ciudad- y participó del fervor masónico e intelectual de Viena en el umbral de la Revolución.

Lo prueban las cartas, los documentos y las obras. Incluida La flauta mágica, cuya apariencia de cuento infantil entre papagenos y papagenas disimulaba un rito de iniciación que la Iglesia de entonces -y la de ahora- juzgaba blasfemo.

Mozart no corría peligro, entre otras razones porque el papa Clemente XIV otorgó al compositor la Orden de la Espuela de Oro con rango de caballero. Es un pormenor histórico conocido en cualquier biografía solvente, pero nunca hasta ahora el Vaticano había autorizado la exhibición pública del documento que acredita la distinción. Quizá ha influido la opinión de Benedicto XVI, cuya devoción a Mozart no se aleja de las palabras que Clemente XIV «administró» al joven Amadeus en 1770. Empezando por la «excelencia» de la música y la «inusitada genialidad» del joven.

El asombro provenía de la proeza que Mozart consumó en la Capilla Sixtina del Vaticano el 11 de abril de 1770. Catorce años había cumplido el muchacho cuando escuchó el Miserere del sacerdote y compositor Gregorio Allegri (1582-1652).

Se trataba de una partitura especial porque se interpretaba tradicionalmente en Semana Santa y porque las autoridades eclesiásticas de Roma habían prohibido su divulgación fuera del perímetro sagrado del Vaticano. Corrían el riesgo de excomunión quienes osaban a traspapelar y copiar la obra de Allegri más allá de la muralla.

Mozart, en cierto modo, desafió la prohibición. Fue capaz de memorizar y de transcribir el Miserere en cuanto llegó a su alojamiento romano. Revestía mérito la hazaña porque la partitura de Allegri se prolonga un cuarto de hora y porque es un ejemplo de la polifonía renacentista, de tal modo que Mozart supo reproducir la melodía de la primera voz y la respuesta más elaborada de la segunda.

Ya puestos, la criatura hizo una versión propia con las correspondientes variaciones. No queda constancia del manuscrito, pero el Museo Capitolino de Roma sí va a exponer el documento pontificio original en que Clemente XIV se regodea en la proeza sobrenatural de Mozart y en los méritos de la dorada espuela.

Se la impuso su santidad en una audiencia extraordinaria y el galardonado presumió bastante de ella. Una carta remitida a su hermana, entre muchas otras, aparece firmada orgullosamente como «Caballero Mozart», mientras que un lienzo de 1777 retrata al compositor con el trofeo expuesto descaradamente en la solapa de la levita.

Decidió despojarse de la medalla a raíz de una disputa dialéctica con unos nobles que se mofaron de él. «Lo que lleva usted en el pecho vale menos que una hebra de tabaco. No es oro, sino cobre», le dijeron entre carcajadas. «Ni oro, ni cobre: es plomo», replicó el compositor bastante airado, aunque los hechos desdijeron la bravuconada y Mozart terminó subestimando la importancia del galardón, más o menos al tiempo que crecía su implicación en la masonería.

La flauta mágica, escrita en el año de su muerte (1791), representa una exégesis bajo el pretexto de una aparente fábula: el príncipe Tamino quiere la mano de la hermosa Pamina, aunque la madre de ésta, la Reina de la Noche, pretende convencerla para urdir el homicidio del sumo sacerdote Sarastro. La venganza no llega a producirse porque interviene la sabiduría. De modo que la pareja, envuelta en un ritual catártico, conquista la cima del altar después de haberse demostrado perseverante, taciturna y paciente.

Perseverancia, taciturnidad, paciencia. He aquí el principio triangular de la iniciación masónica en tiempos de Mozart. Triangular porque el número tres, símbolo de la pirámide egipcia y de la perfección pitagórica, se manifiesta explícitamente en el desarrollo de la ópera. Lo hace en los acordes iniciales y en los pasajes sublimes, aunque también aparece escénicamente a la vista de los espectadores: tres son las damas, tres son los niños, tres son las pruebas que debe superar Tamino y tres son las puertas que se le presentan al príncipe en el trasunto del primer acto: Razón, Naturaleza y Conocimiento.

Pocos espectadores de la época percibieron el hermetismo y la simbología del rito mozartiano. Tampoco debieron apreciar que el compositor austriaco recurre siempre a la misma tonalidad -mi bemol mayor- para aludir al trance del ceremonial masónico. No importa. La grandeza democrática de Mozart estriba en la accesibilidad. No todas las llaves conducen a la profundidad de su misterio, pero cualquiera de ellas, cualquiera, relaciona al oyente con la plenitud del arte musical.

Mozart es el preferido de Benedicto XVI y de Umberto Eco. Al primero le atrae la metafísica de las misas. Al segundo le impresionan el esperma y la sangre de Don Giovanni, aunque ambos personajes anteponen el culto a La flauta mágica. Será porque la ópera admite una interpretación maniquea: el bien contra el mal. O porque la obra también es un himno al conocimiento, al paganismo, a la alquimia y al esoterismo.

El propio Mozart, políglota, culto, perfecto conocedor del latín, conjugaba la devoción cristiana con la militancia en la logia de la Nueva Esperanza Coronada, como les sucedía a los grandes ilustrados contemporáneos. Unos y otros encontraron en La flauta mágica la unio mystica entre naturaleza y razón, masculino y femenino, alto y bajo, pobre y rico, alma y cuerpo, antiguo y contemporáneo, tinieblas y luz, vida y muerte, muerte y vida. Mozart, claro, alude al principio de la ambivalencia. También lo hace en sentido químico, como Paracelso, cuyos restos mortales reposan en Salzburgo cerca de los del padre del compositor. Ruben Amón

Y el Papa ‘perdió los papeles’ ante Plácido Domingo

De un modo u otro, puede decirse que Benedicto XVI perdió los papeles delante de Plácido Domingo. O que Plácido Domingo se los hizo perder interpretando el ‘Panis angelicus’ de Cesar Franck en la visita del Papa a Washington en abril de 2008. Había 45.000 personas en el estadio de béisbol de los Nationals, todas ellas incapaces de atenerse a la preceptiva sobriedad litúrgica. Prorrumpieron en una ovación cuando Domingo terminó el aria; y no fueron los únicos en desatarse, puesto que Benedicto XVI, melómano, pianista y devoto de Mozart, se levantó del trono pontificio para ir a buscar al tenor, congratularlo y abrazarlo a contracorriente de los imperativos jerárquicos. Supo corresponder Domingo a Su Santidad. Se postró con una rodilla en tierra y le besó el anillo del pescador mientras Ratzinger lo invitaba a alzarse. Transmitieron la escena decenas de televisiones. No estaban así las cosas cuando el joven Domingo cantó por vez primera ante un papa. Se trataba de Pablo VI, cuyas actitudes impertinentes y frialdad no debieron de procurarle demasiada confianza al tenor.

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