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Por Publicado el: 08/04/2014Categorías: Crítica

Pestiñada musical

Pestiñada musical

Femàs 2014. Programa: Obras de F. Doppler, J. M. del Carmen Ribas, F. Schubert, F. Kuhlau y F. Chopin. Fortepiano: Ere Lievonen. Flauta: Rafael Ruibérriz de Torres. Lugar: Espacio Santa Clara. Fecha: Domingo, 6 de abril. Aforo: Lleno.

Hace ya años que la indagación historicista sobre los modos de interpretación y sobre la búsqueda de las sonoridades olvidadas desbordó los límites del Barroco y del Clasicismo para adentrarse incluso hasta los albores del siglo XX. Hasta ahora ha sido ésta una de las asignaturas pendientes del Femàs, que apenas si ha franqueado a lo largo de sus ediciones la barrera del año 1800. Por esto, sumado a la calidad reconocida de los intérpretes, la cita de ayer en Santa Clara tenía todos los ingredientes para suscitar los mejores augurios, como así resultó finalmente. Planteada como la reconstrucción de una de aquellas famosas veladas musicales en torno a Schubert, las famosas «schubertiadas», Rafael Ruibérriz revalidó una vez más su condición de enorme músico desde la primera pieza, una complicada serie de variaciones sobre la mazurca de Franz Doppler con las que el flautista sevillano mostró su perfecto control del fiato, la variedad de colores mediante los juegos dinámicos, su innato sentido de la línea de canto y su brillante dominio de las agilidades, batiéndose con espectacularidad con los complejos saltos interválicos de la pieza.

Junto a él, en accidentada sustitución, Ere Lievonen, con un instrumento copia de un original de 1816 de una enorme variedad de tonalidades tímbricas, descolló con una articulación perfectamente clara y definida, con una pulsación precisa y de variados matices y con un fraseo de gran delicadeza en los pasajes ligados, especialmente sensibles en una mazurca de Chopin deletreada con todo mimo de detalle. Rocío de Frutos prestó una «improvisada» colaboración cantando un lied de Schubert con su habitual buen gusto y todo terminó con el reparto (al fin y al cabo estábamos en un refectorio conventual) de unos inefables pestiños en su justo punto de consistencia y de miel.

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