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Por Publicado el: 29/07/2010Categorías: Crítica

Plácido Domingo en «Simon Boccanegra»

SIMON BOCCANEGRA (G. VERDI)
 
Teatro Real de Madrid. 28 Julio 2010.
 
Es ésta la última representación de Simón Boccanegra con la presencia de Plácido Domingo en el personaje que da título a la ópera. Al propio tiempo, era, prácticamente, la última representación en el Teatro Real bajo la dirección artística de Antonio Moral, y llegaba justamente tras el éxito mediático de la representación del domingo pasado, en que se batieron todos los récords de aplausos en el teatro. Hay dos expresiones comunes en el mundo del deporte y referidas a los montes y a los récords. Los primeros existen para ser conquistados y los segundos para ser batidos. Y así fue.
 
Plácido Domingo es más bien un personaje de ficción que real,  como ocurre con Supermán. Existe, pero es de otro planeta y es capaz de desarrollar una actividad que únicamente les está permitida a seres de ficción o de origen extraterrestre. La sensación de que estamos ante un personaje único e irrepetible ha calado profundamente en los aficionados a la ópera y en el público en general. No puede sino generar admiración que a sus 69 años ofíciales Supermán Domingo sea capaz de desplegar una energía inagotable o que en un capricho personal – o no tanto – decida abordar uno de los personajes verdianos más importantes en  la cuerda de barítono, y todo ello tras superar con éxito una seria intervención quirúrgica. Lo que quizá el público que ha asistido ayer al Teatro Real no sepa es que entre representación y representación de Simón Boccanegra, Supermán volaba – poco mérito en su caso – a Italia para profundizar su nuevo reto de Rigoletto con Zubin Mehta. Todo esto ha hecho que el público de Madrid haya decidido ofrecer un homenaje no oficial a su paisano y el entusiasmo demostrado ha sido tal que el Teatro Real pudo haberse venido abajo ante las aclamaciones, que duraron nada menos que 31 minutos, porque, efectivamente, los récords – también los de aplausos – están para ser batidos.
 
¿Ha sido la actuación de Supermán tan extraordinaria como para justificar semejante alboroto? La pregunta me parece un tanto ociosa, ya que los homenajes no están basados en una actuación, sino en algo mucho más amplio e importante. Yo había tenido la oportunidad de verle en este mismo personaje a principios de Julio en Londres y su actuación me ha parecido tan digna de elogio como entonces. Londres le recibió como triunfador. Madrid, como ídolo, al que no falta más que decirle aquello de “Queremos un hijo tuyo”.  Como en Londres, ofreció una estupenda interpretación del Doge de Génova, con una rara intensidad, cantando estupendamente y sin intentar en ningún momento emular a un barítono, que Domingo no lo es, sino siendo siempre él mismo. Supermán Domingo, por su origen extraterrestre y pasarse la vida volando, es un prodigio de inteligencia y sabe siempre perfectamente lo que hace. El paso del tiempo no ha hecho sino poner en evidencia su inteligencia y su capacidad artística.
 
Creo que el público de Madrid ha demostrado en sus aplausos y vítores que Plácido es un personaje muy querido, aparte de que pueda ser admirado. Eso se nota y más que nadie el protagonista del homenaje, que estaba emocionado. En cualquier caso, hizo una demostración de compañerismo excepcional, ya que se resistía a saludar solo y siempre pedía que le acompañara el resto de artistas, incluidos coro y orquesta. Todos sabían quién era el objeto de admiración y amor por parte del público. Hubo dos detalles que demuestran su especial sentido de la oportunidad. Por un lado,  y, transcurridos más de 20 minutos de ovaciones, se quitó la capa del Doge y se marcó un par de verónicas y una revolera, que fueron recibidas en delirio en un día taurino tan señalado como el de ayer. Por otro, insistió una y otra vez en hacer que Antonio Moral subiera al escenario a recibir las ovaciones del público, a lo que el todavía Director Artístico del Teatro Real no accedió, lo que les honra a los dos.
 
Pasado el homenaje multitudinario a Supermán, algo tendré que decir sobre la representación de Simón Boccanegra, aunque tengo la impresión de que para muchos espectadores ayer eso casi era secundario.
 
A pesar de todos los nervios existentes con anterioridad,  Domingo se plegó a las ideas de Giancarlo del Mónaco y. únicamente, cambió parcialmetne su actuación en la Escena del Consejo, bajando del trono en la segunda parte, lo que resulta de mayor impacto dramático, aunque no sea lo mejor estéticamente..
 
Jesús López Cobos ofreció una lectura francamente buena de la ópera y, de hecho, fue mejor que la del día del estreno. Ha sido una de las mejores actuaciones del maestro zamorano en el Teatro Real.
 
Estas funciones de Domingo como Boccanegra suponían la presencia de la diva rumana Angela Gheorghiu como Amelia Grimaldi, pero no parece que el calor de Madrid sentó muy bien a señora Gheorghiu, que únicamente cantó la primera de las tres representaciones, sintiéndose irremediablemente enferma a continuación. Ocupó su lugar Inva Mula y su actuación ha sido muy buena, mejor que el día del estreno, ofreciendo una excelente interpretación, aunque se notan algunas carencias en la parte baja de la tesitura. Nadie echó de menos a la rumana.
 
Marcello Giordani fue un Gabriele Adorno más dramático de lo habitual, lo que es del gusto de muchos aficionados. Es la voz más importantes de los tres a los que he visto interpretar el personaje en este mes y su actuación fue premiada con ovaciones. El centro no tiene la belleza de Sartori, pero es más poderoso y tiene un agudo como un auténtico cañonazo.
 
Ferruccio Furlanetto repitió su  Fiesco, personaje del que hace una convincente y destacada interpretación. Como siempre, es su voz la que no me convence.
 
Ángel Ódena fue un estupendo intérprete de Paolo Albiani, ofreciendo una voz magníficamente adecuada a las exigencias de este difícil personaje. Ha sido una de las mejores actuaciones que le recuerdo en un escenario.
 
 
En el Teatro Real no cabía ni un alfiler. Supermán fue recibido con el público puesto en pie, como si hubieran colocado un resorte en los pies y el griterío era ensordecedor. Todos fueron vitoreados, pero nadie en el escenario podía dudar de quién era el destinatario del entusiasmo popular. Hubo lanzamiento de flores de la sala al escenario y viceversa, en un auténtico gesto de agradecimiento compartido.
 
Los aplausos finales, como ya lo he dejado escrito más arriba, duraron nada menos que 31 minutos, que es exactamente lo que duró todo el Acto I de la ópera, y casi lo que han durado este año los aplausos finales en el conjunto de la  temporada de ópera de Bilbao.
 
 

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