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Por Publicado el: 29/03/2019Categorías: Recomendación

Recomendación: Dido y Eneas, el canto del agua

Dido y Eneas en el Teatro Real: el canto del agua

Esta es la tercera vez que sube a escena Dido y Eneas, de Henry Purcell, en el Teatro Real tras su reinauguración. Las otras dos se dieron en versión de concierto, una, y  como adaptación infantil, la otra. Recordamos la primera como una especie de pesadilla musical, no en vano en el podio estuvo el irrepetible Teodor Kurrentzis en memorable tarde creativa. Por consiguiente, es una felicidad poder volverla a escuchar, ahora representada, aunque en una al menos singular versión. Se trata de una interpretación con coreografía y texto hablado (?) además de las partes cantadas, que excede en al menos un setenta y cinco por ciento su duración normal. Nada que objetar. El asunto puede tener que ver con las mascaradas de la época, un tiempo en el que la ópera no existía en las islas, vapuleadas por los enfrentamientos y guerras religiosas, y ajenas por estas últimas a la eclosión musical que supuso en el continente la introducción de nuevas prácticas dramáticas tras la Reforma. Realmente, y aunque se siga leyendo que Dido y Eneas es la ópera más importante de Purcell, lo correcto sería decir que es la única ópera de Purcell; sus otros ensayos, musicalmente todo lo hermosos que se quiera, no alcanzan los estándares del género, incluso en un momento  en que este se está consolidando en Italia y Francia. Sin embargo, daría un poco lo mismo; es vana la discusión canónica, porque lo que realmente importa es poner en primer plano la absoluta y turbadora belleza musical de la pieza, en esencia un apasionado canto al (des)amor, cuando se convierte en renuncia por estar envuelto en conflictos  e intereses que lo perturban hasta el límite: como les sucederá a Tristán e Isolda, un conjuro, esta vez protagonizado por las brujas y no por la acción de ninguna pócima, acabará con todo, incluida la muerte de Dido. Mucha modernidad en cuanto a la temática, pero en realidad nada nuevo en las primeras estéticas operísticas del Barroco, aunque algo que se agradece especialmente cuando las músicas alcanzan semejante altura, y no,  como casi es la norma, se quedan en algo bonito pero pequeño. En este caso, ni Haendel había llegado todavía (¡cuánto debe este a Purcell, y concretamente a los coros y las partes orquestales de esta ópera!) ni a los ingleses, demasiado ensimismados en sus cuitas sociales y envuelto el país en un parón musical de calado, le interesaba demasiado el asunto. Con mirarse al ombligo, una vez más a estos señores les era suficiente. Realmente les importaba un bledo lo que la Europa continental les pudiera ofrecer. Tenían a Shakespeare. Pero a ningún Monteverdi. Era ya el mil seiscientos y mucho pico, pero parece que, 300 años más tarde, nada ha cambiado allí. O sí: ya no tienen a Shakespeare. Ni a Purcell ni, después, a Britten. Ellos verán si quieren seguir mirando de reojo al continente. Un coro del primer acto de Dido y Eneas reza:» Cuando los monarcas se unen, ¡qué felices son los estados!»

En esta coproducción con Berlín, Montpellier y Luxemburgo hay un elemento escénico de gran impacto, un enorme tanque lleno de agua, de alguna manera ese mar por donde llega el vencido Eneas y por donde se va tras la falsa orden de los dioses para que vuelva  a partir, más vencido,  esta vez por el amor de la despechada Dido. Parte de los bailarines harán su trabajo dentro. Pero fuera escucharemos cantar con normalidad a la pareja protagonista y a Belinda, y a las mujeres y al maravilloso coro. Se baila, desde luego, pero en un estilo que  parece no irrumpir en la música, ni  interrumpirla u obstaculizarla. ¿A lo Pina Bausch?  Plásticamente funciona bien. De manera que, en principio, parece que se cumplen los requisitos escénicos esenciales para que  todo funcione. En cuanto a la parte musical, el grupo invitado, el director y los cantantes, lo mejor es consultar el artículo que José María Irurzun publicó en esta misma plataforma hace unos días – disponible aquí -. Por mi parte, la recomendación de la semana me parece más que pertinente. Pedro González Mira

PURCELL: Dido y Eneas. Una coreografía de Sasha Waltz. Director de escena: Sasha Waltz, Thomas Schenk. Marie-Claude Chappuis, Nikolay Borchev,  Aphrodite Patoulidou, Yannis François. Akademie für alte Musik Berlin. Vocalconsort Berlin. Director musical: Christopher Moulds. Teatro Real. Domingo 31, 18.00; 1, 3, 4 de abril, 20.00. Entre 84 y 390 €. (domingo); entre 183 y 219 e. (resto)

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