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Por Publicado el: 11/10/2019Categorías: Recomendación

Recomendación: Tristán e Isolda en la OCNE

                                                                                                 Supremo deleite, extremo placer

David Afkham tomó una buena decisión cuando empezó a proponer óperas en versión de concierto para la programación de la Nacional. Hemos escuchado ya unas cuantas, entre otras un magnífico Holandés, un Barbazul de Bartók o una Elektra de Richard Strauss. Recuerdo que cuando se reabrió el Teatro Real, Juan Cambreleng invitó a unos cuantos críticos a un desayuno de trabajo en el que se habló de muchas cosas. Quien esto escribe lanzó entonces una idea: por qué no dar óperas en concierto. Todos los asistentes allí congregados se lanzaron como furias contra mí, poco menos que acusándome de traidor a la causa operística auténtica. Años después el Real ha comenzado a presentar óperas bajo ese formato. Para mí, un acierto. Sea en el Real o en cualquier otra sala y siempre que se cuente con los instrumentos musicales correctos: una orquesta y un coro; y se tenga la capacidad de contratar a unos cantantes que aporten garantías al espectáculo musical. La ONE, con su director titular al frente, así lo llevan haciendo desde hace varias temporadas.

Petra-Lang-Isolda

Petra Lang como Isolda en Bayreuth

Es especialmente interesante el caso de un Tristán en concierto. Esta es la ópera más filosófica de Wagner, pero quizá también su aportación al género más radicalmente moderna. Claro que se trata de una modernidad larvada, pues este drama musical inmenso es al mismo tiempo la canción romántica más extensa y especulativa de su tiempo. Tristán e Isolda es una cumbre y, a la vez, la máxima representante de la gran crisis ideológica que se lleva al Romanticismo por delante. Es una obra evidentemente terminal, pero también la gran esperanza blanca para la posterior ópera alemana. Y bien, musical y dramáticamente es todo esto y un montón de cosas más, que  bien pueden ser explicadas, disfrutadas e incluso paladeadas (el tiempo nos sobra aquí para ello) mediante sus elementos básicos. Es decir, en una versión sin escenificación o bajo unos patrones mínimos que marquen los movimientos (¿) de los personajes. Obviamente, nadie se negaría a prescindir de una escena ideada a las maneras de un Müller, un Ponnelle o un Chéreau (o sea, a la creación de un universo paralelo a la propia obra) pero nos tememos que nada de eso sea indispensable para comprender un drama que es básicamente estático y cuya alma está en su imponente arquitectura musical y en lo que podríamos denominar microespacios expresivos. Lo grande, el mensaje último, está en la orquesta, mientras que los relatos están en manos de los personajes, que nunca necesitan expresarse teatralmente sino desde su entorno musical y literario. Sentarse en el patio de butacas sin tener que mirar, con solo la necesidad de pensar en todo esto (en cómo la orquesta define al personaje y en cómo este relata su desamor, primero; amor bruto, luego, y amor supremo, al fin) supone un alivio, pues tal es la avalancha de emociones que ya emana la orquesta y nos transmiten los desdichados protagonistas, que tener que dar también forma a la visualidad, agota. Realmente no hay una ópera, dentro y fuera de Wagner, tan agotadora. Así que una versión de concierto es  más que suficiente para que esa maravillosa aventura de la escucha esté más que justificada en un caso tan grandiosamente musical como el que nos ocupa. Afortunadamente, y tras muchos años de injustificadas dudas, el Auditorio cuenta con paneles de textos con traducción. Porque sería imposible si no entender una obra de mensaje dramático- musical tan complejo.  Escuchar, solo escuchar. Escuchar la música. ‘ Escuchar’  el texto. Escuchar al desnortado Tristán, a la maga Isolda, al despechado Marke, al leal Kurwenal, a la conspiradora Brangania… al marinero desde lo alto del mástil anunciar la tragedia que nos espera tras el preludio, el más inconmensurable coito musical jamás escrito por nadie; sufrir la  inmerecida muerte física de Tristán, o la elevación suprema a los cielos de una Isolda transmutada en polvo sideral… Con todo el tiempo por delante… La experiencia tristanesca es absolutamente única. Ni se le ocurra perdérsela. Pedro González Mira

 

 

WAGNER: Tristán e Isolda (versión de concierto). Petra Lang, Violeta Urmana, Frank van Aken, Roman Sadnik, Roger Padullés, Boaz Daniel, Ángel Rodríoguez Torres,Brindley Sherratt. Orquesta y Coro Nacionales de España. Director: David Afkham. Puesta en escena: Pedro Chamizo. Jueves 17, 19.00; domingo 20, 17.00. Entre 12 y 38 €.

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