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Por Publicado el: 09/04/2014Categorías: Crítica

Zaccharias: Límites y bondades del piano

Límites y bondades del piano

Diario de Sevilla 08-04-2014

 

Programa: Sonatas K162, K226, K193, K183 y K386, de D. Scarlatti; Sonata nº 15 en Fa mayor KV533/494, de W. A. Mozart; Sonata nº 21 en Si bemol mayor D 960, de F. Schubert. Fecha: Lunes, 7 de abril. Lugar: Teatro de la Maestranza. Aforo: Dos tercios.

Cada vez que Christian Zacharias propone en sus programas sonatas de Domenico Scarlatti (que son una de sus tarjetas de presentación desde hace décadas), se plantea el mismo dilema: ¿es lícito artísticamente hablando volcar sobre el piano una música nacida de, desde y para el clave? Yo sigo teniendo mis dudas, sobre todo cuando, como anoche, el pianista alemán es capaz de firmar dos primeras sonatas con gran pulcritud, con una articulación picada y escaso pedal, para luego dejarse llevar en las dos siguientes por ralentizaciones y juegos dinámicos que desnaturalizan por completo la composición original, alcanzando la monotonía expresiva (de la ornamentación ya ni hablamos).

Y pasamos a Mozart: en el Allegro inicial los parámetros interpretativos ya mencionados funcionaron a la perfección, con la sabia dosificación de notas picadas y notas ligadas, en un fraseo muy claro y definido, matizado con detallismo, ágil y claro. Ahora bien, en el Andante volvió a emerger la tendencia al ensimismamiento expresivo, a estirar cada vez más el rubato, a recurrir aritardandi y metiéndose en algunos pasajes en extrañas armonías poco mozartianas, como si hubiese pasado a otra dimensión estilística y no supiese cómo regresar. Mucho más cuadrado estuvo el Rondó: Allegretto final, aunque le hubiese venido bien un plus de vivacidad en el tempo.

Donde no cabe reproche alguno es en la versión de la maravillosa sonata en Si bemol mayor de Franz Schubert, en la que Zacharias supo dar perfecta cuenta expresiva de la ambivalencia innata en esta pieza, con la permanente tensión anímica y tonal entre los temas líricos y las inquietantes figuras que afloran en los dos primeros movimientos en la mano izquierda. En sus manos, la música giraba desde la desolación a la resignación, sabiendo retener la culminación del crescendo y la resolución tonal con verdadera mano de artista del sonido.     Andrés Moreno Mengíbar

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