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Crítica de CD: Gustavo Díaz-Jerez y sus Metaludios
Por Publicado el: 15/04/2026Categorías: En vivo

Crítica: María Dueñas y Alexánder Maloféyev, juventud y talento, pero no solo en Alicante

María Dueñas y Alexánder Maloféyev, juventud y talento, pero no solo 

TEMPORADA SOCIEDAD DE CONCIERTOS DE ALICANTE. María Dueñas, violín. Alexánder Maloféyev, piano. Obras de Schubert, Debussy y Franck. Lugar: Teatro Principal de Alicante. Fecha: Lunes, 13 abril.

María Dueñas y Alexánder Maloféyev, juventud y talento, pero no solo TEMPORADA SOCIEDAD DE CONCIERTOS DE ALICANTE. María Dueñas, violín. Alexánder Maloféyev, piano. Obras de Schubert, Debussy y Franck. Lugar: Teatro Principal. Fecha: Lunes, 13 abril.

María Dueñas deslumbra en Alicante junto a Alexánder Maloféyev Foto: Ángel Luis Juste / Kiwo estudio.

Día grande en la ya de por sí imponente programación de la Sociedad de Conciertos de Alicante. La actuación conjunta de dos jóvenes colosos de la interpretación contemporánea como la violinista granadina María Dueñas (2002) y el pianista moscovita Alexánder Maloféyev (2001) hizo que el Teatro Principal se abarrotara el lunes hasta las trancas para escuchar y vivir un recital que marca hito. Juventud, divino tesoro. Sí, desde luego, pero también talento a espuertas y una formación de primera, cargada de estudio, disciplina y escuela.

María Dueñas abruma y fascina. Por su virtuosismo perfecto, por una afinación más propia de un diapasón que de un ser humano, por un arco expresivo que siempre desborda el estereotipo de lo previsible, pero, sobre todo, por una intuición y naturaleza musicales que se ajustan sin artificio a los requerimientos estilísticos y sonoros de cada compositor, de cada obra.

María es música, en estado puro. Que brota a borbotones, quizá incluso más allá de ella misma. Es el talento, sí. Aquello de María Callas cuando le preguntaron cómo hacía tal cosa: “Abría la garganta, y salía così…”. En este sentido, María Dueñas es la María Callas del violín. ¡El mismo magnetismo! La misma fortaleza efusiva, igual facilidad, idéntica entrega. La interpretación sobrevuela al propio intérprete. Todo es natural, como espontáneo, aunque, evidentemente, detrás -en ambas María- habita un trabajo concienzudo y sin fin. La Dueñas cantó y expresó el Schubert del Gran dúo en La mayor con la naturalidad, frescura y aromas populares que la Callas cantaba Una voce poco fa o la Habanera de Carmen.

Fue este Schubert enunciado desde el piano un puntito alla rusa el comienzo de un recital en el que también se escucharon las sonatas para violín y piano, tan distintas y tan excepcionales ambas, de Debussy y Franck. En ambas, como también en Schubert, el piano se sintió demasiado “acompañante” del violín, demasiado apocado por el ciclón Dueñas.

Maloféyev, que es un genio del teclado, se sintió así un poco como un convidado de piedra frente al violín absoluto de la granadina. Un “estar fuera de tu zona de confort” que en la Sonata de Franck fue palmario, y en donde el piano desempeña -al menos-, tanto protagonismo como el violín.

Mientras que Dueñas toca desde la entraña del alma y vuela de memoria por encima de una partitura que tiene en la cabeza y en el alma, Maloféyev la sigue con escrúpulo, virtuosismo y atención, bien pegado a la partitura, sin quitarle el ojo a la electrónica tableta que tenía sobre el atril del piano. Pero su cometido en la Sonata de Franck era, tenía que haber sido, mucho más ambicioso y protagónico que “acompañar” al violín.

Dueñas se adentró en los diversos perfiles, sensaciones y estadios de la vida que retrata esta sonata escrita en 1886, cuando Franck tenía 63 años, como regalo de bodas para el violinista y amigo Eugène Ysaÿe. Infancia, luz, pubertad, juventud, plenitud, ocaso… Todo lo pintó y describió María Dueñas desde sus maravillosos 23 años, desde el talento más que desde la vivencia personal; desde la intuición más que de la experiencia roída del “viejo” que retrata el cantautor Luis Prado en su conocida canción.

Desde el principio, con un pianísimo equiparable al esperanzador nacimiento de la vida, María Dueñas apuntó al núcleo de cada uno de los cuatro movimientos; de cada uno de los cuatro “episodios” que, como las edades de Picasso, retrata Franck en su sonata de vida y plenitud. Maloféyev, sin retirar la mirada al cachivache electrónico, dijo las notas en su sitio y modo, con la perfección previsible en un fuera de serie como es él. Bien atento al violín estimulante, pero ajeno al vuelo del Stradivarius de la granadina y a todo lo que sobrevuela el pentagrama. Su pianismo resultó demasiado pegado a la tierra. “Humano, demasiado humano”, por parafrasear a Nietzsche.

Mejor y más equilibrada resultó, en este sentido, la Sonata de Debussy, tan plagada de colores y contrastes, de luces y más luces (paradójicamente, apenas hay “sombras” en esta sonata postrera, estrenada en 1917 y compuesta cuando el compositor, con 57 años, se encuentra al final de su vida, fustigado por los dolores del avanzado cáncer de colon que un años después acabaría con su vida y el estruendo de la Primera Guerra Mundial). “Esta sonata”, escribió con ironía el creador de El mar, “será interesante desde el punto de vista documental, y como ejemplo de lo que puede producir un enfermo en tiempo de guerra”.

Entre un Schubert llevado al límite -en dinámicas y fraseo-, a la reflexión tornasolada de la Sonata de Frank, la frescura, colores, pincelas y resonancias de Debussy sentaron a gloria en el epicentro del programa. Violín y piano, esta vez en un universo conjunto, matizaron al alimón la escritura libre, pero precisa y casi puntillista, de un Debussy que ya andaba de vuelta de todo.

Al final, la apoteosis. El Teatro Principal, poblado hasta la última butaca de un público variopinto entre el que se distinguía multitud de jóvenes estudiantes de violín -algunos de la edad de la propia María Dueñas-, estalló en un clamor de bravos y aplausos. Muchas y muchísimas salidas a saludar. Después de tres bises en los que no faltaron aires de jazz, el entusiasmo siguió en el vestíbulo y aledaños del Teatro. Fotos, autógrafos, firma de discos…

¡Toda la parafernalia del éxito! Por momentos, María parecía Rosalía. Luego, en el sosiego de la cena, la propia violinista lo reconocía. “Si yo, cuando era más joven, hacía lo mismo que ellos”. Maloféyev, inadvertido y como si la cosa no fuera con él, miraba y callaba entre copa y copa de vino blanco. Nadie o casi nadie se enteró en Alicante de quién era realmente.

Justo Romero

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