Crítica: Nadine Sierra, clamor y fracaso en Les Arts
Nadine Sierra: clamor y fracaso
CICLO “LES ARTS ÉS GRANS VEUS”. Nadine Sierra (soprano). Bryan Wagorn (piano). Programa: Obras de Donizetti, Mozart, Puccini, Verdi, Rodrigo, Villa-Lobos, Velázquez, Ponce, Mendoza y Cortés, y Giménez. Lugar: València, Palau de les Arts (Sala Principal). Entrada: Alrededor de 1.400 espectadores (lleno). Fecha: jueves, 26 marzo 2026

Les Arts recibe a Nadine Sierra © Miguel Lorenzo
El éxito fue tan clamoroso como su fracaso. Nadine Sierra (1988), voz privilegiada de soprano “kikirikí” (por utilizar la terminología de Helga Schmidt), marcó en su debut en el ciclo “Les Arts es Grans Veus” del Palau de Les Arts su jornada más vitoreada, pero también la más decepcionante y frustrante.
La diva estadounidense, una de las voces más cotizadas de la actualidad, cantó, sensualizó ¡y taconeó! los evocadores Madrigales amatorios de Rodrigo como Cielito lindo; y el Cielito lindo como un Mozart -“Deh, vieni, non tardar…”-, que daban ganas de salir corriendo. Un batiburrillo monótono, caprichoso y monocorde en el que estilo e intención parecían asuntos de otro galaxia.
El programa del recital era en sí un despropósito, solo equiparable al cutrerío de que no hubiera programa de mano ni cosa que se le pareciera salvo una hojilla que por no ser no era ni parroquial. El desconcierto fue tan enorme como la incertidumbre y falta de criterio artístico de la diva, que crucificó las canciones de aires renacentistas de Rodrigo tanto como a un Mozart fuera de estilo y criterio y una Mimì caricaturizada y hasta persignada.

Momento “descalzo” del recital
© Miguel Lorenzo
Ni siquiera en el repertorio más apropiado a su voz ligera -la Norina de Don Pasquale, la Violetta del primer acto de La Traviata o la Musetta de La Bohème– acertó la diva en interpretaciones en las que el gag fácil o la gracieta impertinente eclipsaron el brillo de una voz superdotada que pide a gritos un concierto a tono con ella. Tempi de goma, gradaciones dinámicas y fraseos sin más criterio que el capricho ramplón de la diva.
Eso de plantar discrecionalmente calderones y eternizar a capricho notas y metamorfosear fraseo y expresión a su conveniencia vocal puede resultar muy efectista y arrancar el entusiasmo fácil, pero crucifica la expresión y sentido estético hasta el empacho. Juan Diego Flórez lo hace, sí, pero puntualmente y en momentos bien determinados.
Más que discretamente acompañada al piano por “mi compañero de estudios” Bryan Wagorn -no otra razón podría justificar su presencia en el escenario- la Sierra optó por convertir la segunda parte del programa en una sucesión de propinas o bises. Pidió al público palmas y canturreo; habló de su padre puertorriqueño; de su madre portuguesa; de sus abuelos con ancestros napolitanos, y de dios bendito… Se quitó los zapatos y siguió y siguió parloteando. Más descalza que La condesa de… Mankiewicz… No faltó Estrellita, la “Primorosa” de Giménez y hasta el Cielito lindo.
Platea y palcos se vinieron abajo. El público, enfervorizado y piropeador, como si quien estuviera en el escenario fuera Rosalía o Marifé de Triana. Llovieron bises en este programa ya saturado de bises. Entonces, en medio del dislate, entre Summertime y el O sole mio, llegó el único momento de relieve del recital. Justo y paradójicamente, en lo más remoto a su vocalidad y talante. La diva mentó a la Callas, a la Caballé, Freni, Scotto y se transfiguró en verdadera artista para cantar un inesperadísimo y perfilado Vissi d’arte que cortó el aliento. Tuvo el mal gusto de no acabar ahí y añadir aún dos propinas que, erre que erré, retomaron la monserga de tan clamorosa pero fracasada noche.
Publicado en diario LEVANTE





















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