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Por Publicado el: 31/07/2026Categorías: En vivo

Crítica: Intensos quilates para el adiós de El Holandés errante en Bayreuth

Intensos quilates para el adiós de El Holandés errante

EL HOLANDÉS ERRANTE, de Richard Wagner. Ópera romántica en tres actos, con libreto de Richard Wagner. Reparto: Nicholas Brownlee (Holandés), Elisabeth Teige (Senta), Mika Kares (Daland), Benjamin Bruns (Erik), Nadine Weissmann (Mary), Kieran Carrel (Timonel). Coro y Orquesta titula­res del Festival de Bayreuth. Direc­ción de coro: Thomas Eitler-de Lint. Direc­ción de escena y escenografía: Dmitri Cherniakov. Direc­ción musical: Oksana Lyniv. ­Lu­gar: Festspielhaus de Bayreuth. Entrada: 1.987 espectadores (lleno). Fecha: miércoles, 29 julio 2026.

Intensos quilates para el adiós de El Holandés erranteEL HOLANDÉS ERRANTE, de Richard Wagner. Ópera romántica en tres actos, con libreto de Richard Wagner. Reparto: Nicholas Brownlee (Holandés), Elisabeth Teige (Senta), Mika Kares (Daland), Benjamin Bruns (Erik), Nadine Weissmann (Mary), Kieran Carrel (Timonel). Coro y Orquesta titula­res del Festival de Bayreuth. Direc­ción de coro: Thomas Eitler-de Lint. Direc­ción de escena y escenografía: Dmitri Cherniakov. Direc­ción musical: Oksana Lyniv. ­Lu­gar: Festspielhaus de Bayreuth. Entrada: 1.987 espectadores (lleno). Fecha: miércoles, 29 julio 2026.

El holandés errante, en Bayreuth

Una función que bordó la perfección. Cantantes, orquesta, producción, coro y hasta la batuta creciente de la ucraniana Oksana Lyniv (1978) se confabularon el miércoles para firmar una representación de El holandés errante de intensos quilates. Musicales y escénicos. Cinco años después de su estreno, la lectura de Dmitri Cherniakov (1970) sigue tan palpitante y vigente como entonces. Hombre de teatro curtido en mil historias, el director moscovita ha esquivado lo previsible -ni una referencia al mar, al agua, al viento, a velas, timones, redes…- para sustancializar la acción de su Holandés bayreuthiano en un sencillo pero sofisticado juego de casitas que se mueven con efectiva pericia por el escenario.

Acaso consciente de su distancia anímica con el universo wagneriano, Cherniakov no se mete en camisa de once varas y se limita a contar la historia con buena letra e intenso sentido teatral. Aunque, al final, la distorsiona drásticamente con un inesperado cataclismo y un fuego que acerca el final del Holandés a los de La Valquiria o El ocaso de los dioses. Pero, en última instancia, se toma la licencia de redimir al Holandés de su destino eterno y errante, y se lo carga con un certero disparo que, en medio del cataclismo incendiario, le propina la buena de Mary, entronizada así como una suerte de wagneriana “Fanciulla de Bayreuth”.

Con ello, Cherniakov se carga de un plumazo la inmortalidad de la leyenda del Holandés y, de paso, la voluntad de Wagner. Pero esto es, precisa y paradójicamente, lo que quería el “señor” de Bayreuth: “La interpretación y reinterpretación permanente de mi obra”. La dirección de actores y el movimiento escénico son magistrales. Rezuman dominio teatral y retratan con sutileza cada uno de los protagonistas, desde un Holandés que pronto se transfigura en humano, demasiado humano, a un Daland que impone sus ganas de vivir a la codicia con la que tantos veces se le parodia.

Erik, sí, es aquí el desesperado maltratador de siempre, mientras que Senta, interpretada por su propia paisana la soprano noruega Elisabeth Teige, deja de ser en manos de Cherniakov la sumisa “hija de papá” para cobrar carácter y ribetes propios. Fumadora convulsiva, joven rebelde, cabreada consigo misma, acaso víctima de su entorno. Ya desde el principio, durante el preludio, Cherniakov le adelanta un futuro que no es otro que el suicidio en la horca tras la “ejecución” del Holandés. Con ello, se cumple la profecía: “Fiel incluso en la muerte”.

De las muchas excelencias musicales, la más remarcable ha sido el debut en Bayreuth del bajo-barítono estadounidense Nicholas Brownlee (1989), quien ha dado vida a un carismático Holandés que marca referencia y remite a los mejores. Su matizado y calibrado torrente de voz deslumbró y se impuso desde la primera intervención, en el monólogo “Die Frist ist um…”, en el que lamenta estar “condenado” a navegar eternamente por los mares. Fue el comienzo de una interpretación que, apoyada en una voz de penetrante proyección, se impuso y resonó con fuerza inesperada en la acústica única de Bayreuth, “con una presencia casi física”, como ha escrito Eloi de Tera.

Desde esa voz privilegiada gobernada con inteligente musicalidad, Nicholas Brownlee, que ya dejó temprana constancia de la alcurnia de su Holandés en el Palau de les Arts de València (marzo 2025), se adentró en los perfiles más psicológicos y recónditos del personaje. Marca así referencia y se afianza como uno de los máximos bajo-barítonos wagnerianos contemporáneos.

En el hilvanado y crecido reparto vocal -la producción se estrenó en 2021, dirigida siempre por Oksana Lyniv- hay que destacar la incorporación como Daland del bajo finlandés Mika Kares, cuyo vocalidad robusta y vigorosa  -tan en línea con los grandes bajo fineses de siempre, desde Talvela a Salminen- empastó y fue complemento ideal a la de Brownlee.

Imagen de la producción

Elisabeth Teige se superó a sí misma, y, como en años anteriores, “lució entrega, convicción dramática, fortaleza vocal”, además de una emisión lírica y efusiva que sienta como anillo al dedo al personaje de Senta. Por supuesto, se lució y mucho en la famosa Balada del segundo acto, pero también en los dúos con Erik y el Holandés (“Wie aus der Ferne längst vergang’ner Zeiten”). Desde su propio yo expresivo, se metió en la piel y entraña de una Senta conciliada con la particular y cruda visión de Cherniakov.

Muy mejorados, respecto a anteriores ediciones, los personajes de Erik y el Timonel. El primero, fue brillante y temperamentalmente defendido por el tenor alemán Benjamin Bruns, que ha dado el salto de Timonel (en la anterior producción, dirigida, en 2015, por Axel Kober) a un Erik de altos y líricos vuelos. Impetuoso, irascible y siempre cantado con el arrojo y tirantez que requiere el personaje, llevado al límite por Cherniakov. Convincente y desenvuelto Timonel del tenor Kieran Karrel, formado en Colonia con Cristoph Prégardien, mientras que la veterana Nadine Weissmann volvió a ser la histriónica y caracterizada Mary de siempre. Ahora, rifle en mano.

En el foso invisible la orquesta sonó con brío, impulso, temperamento y vibrante carácter. Lyniv, tras cinco años conviviendo con el Holandés, le ha cogido el pulso, aunque su versión se resiente de cierta falta de elasticidad. En este sentido, es rígida y cuadrada,  algo que contrasta con los aires románticos y líricos que aún entraña este primer Wagner. Llevó la obertura a un ritmo casi trepidante. Extremo incluso. Lo que no está nada mal para la tempestad que se avecinaba.

Excepcionales, sin peros, los coros de Bayreuth. Las mujeres, formidables, afinadas y empastadas hasta el unísono en el famoso Coro de Hilanderas del segundo acto. Tanto como los hombres, fracturados entre la tripulación del Holandés y los noruegos. Todos, unas y otros, estupendos actores, incluso en las recurrentes imágenes congeladas. El Coro de Bayreuth marca diferencias. Tanto como la acústica, compleja pero incomparable, de su foso invisible. Bayreuth, más allá de esto o aquello, es único. También este afortunado y dramático Holandés de Cherniakov que llega a su fin tras cinco años de ascendente existencia.

Justo Romero. Bayreuth

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