Crítica: La guinda de la tarta nupcial. ‘Las bodas de Fígaro’ en el Liceu
La guinda de la tarta nupcial
Las bodas de Fígaro, de Mozart. Luca Pisaroni / Alejandro Baliñas, Sara Blanch / Anna Prohaska, Andrè Schuen / Samuel Hasselhorn, Adriana González / Anett Fritsch, Julia Lezhneva / Mercedes Gancedo, Roberto Scandiuzzi / Alejandro López, Mireia Pintó, Roger Padullés, Moisés Marín, Lucía García Guerrero, Luis López Navarro. Orquesta Sinfónica y Coro del Gran Teatro del Liceo. Dirección musical: Giovanni Antonini. Dirección de escena: Marta Pazos. 9 y 10-VI-2026.

Producción de Marta Pazos de Las bodas de Fígaro
La verdadera guinda de la gran tarta nupcial ideada por Marta Pazos para la escenografía de Max Glaencel de Le nozze di Figaro de Mozart en el Gran Teatro del Liceo ha sido el imaginativo vestuario de Agustin Petronio, con el que cada personaje de la ópera se convierte en un ingrediente afín a su personalidad, ya sea una terrina de mantequilla, un paquete de cacao o un celebrado Ferrero Rocher para la Condesa.
La imaginativa propuesta de Pazos da un colorido y unas dimensiones muy especiales a la trama mozartiana, que funciona a ratos magníficamente y que fue muy bien recibida por un público que se divirtió con la propuesta. A pesar del éxito alcanzado, la misma complica en los dos primeros actos la compleja trama escrita por Da Ponte, pero resuelve mucho mejor los dos últimos, especialmente en las escenas del jardín.
Del primer reparto merece destacarse al completo el plantel femenino del primer reparto: Adriana González fue una Condesa de emisión amplia y elegante, capaz de modular el fraseo con gran técnica. No así Anett Fritsch, de recitativo y presencia remarcables al igual que en el registro central pero que no estuvo convincente en un registro agudo, con algún problema al final del aria Dove sono.
La soprano Sara Blanch volvió a demostrar su gran momento de forma recreando una Susanna de gran nivel interpretativo y con un instrumento ideal por su maleabilidad, proyección y perfecta adecuación al estilo. Su personaje fue a más cerrando un último acto memorable con una gran profundidad interpretativa en su aria Deh vieni, non tardar, mientras que Anna Prohaska mostró un instrumento que ha perdido algo de fluidez y musicalidad, siendo mucho más convincente en el aspecto teatral.
Mireia Pintó fue una sobresaliente Marcellina de buena presencia escénica, mientras que el Cherubino de Julia Lezhneva fue la guinda del reparto con un muy divertido y juvenil Paje, vocalmente sorprendente, incluso jugando con chispeantes agilidades incorporadas a su parte, al estilo de épocas pasadas donde lo que imperaba era el virtuosismo de los artistas y no su fidelidad a la partitura. Mientras que Mercedes Gancedo lo interpretó con corrección pero sin la chispa y agilidad que requiere el personaje. Por su parte Lucía García fue un verdadero encanto como una pizzpireta Barbarina de notables medios vocales.

Puesta en escena del clásico mozartiano
En el apartado masculino los dos reconocidos liederistas Andrè Schuen y Samuel Hasselhorn fueron dos muy competentes Condes, de gran naturalidad en la composición del personaje y perfecta dicción y estilo a pesar de una proyección canora algo limitada para ambos que cumplieron con gran dignidad.
El Figaro de Luca Pisaroni presenta una muy cuidada madurez interpretativa de un personaje que domina a la perfección, mientras que el joven bajo gallego Alejandro Baliñas ofreció un instrumento de gran amplitud, calidad y belleza, en un personaje que sobresalió muy especialmente aunque todavía deba de madurarlo en próximas actuaciones.
Muy correcto el resto de ambos repartos destacando Roberto Scandiuzzi y Alejandro López como Bartolo, el Curzio de Moisés Marín, el Basilio de Roger Padullés y el Antonio de Luis López Navarro. Excelente la vivaz y cuidada dirección musical de Giovanni Antonini ante un Orquesta Sinfónica del Liceo reducida pero de impecable sonoridad, con un muy notable acompañamiento al clave de Rodrigo de Vera. Bien el Coro del Liceo, a pesar de cantar en una ocasión desde el foso y muy interesantes las coreografías del grupo de bailarines que rellenaban algunos espacios vacíos de la escena, a pesar de que interferían en algunas de las arias más destacadas de la excelente partitura mozartiana.






















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