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Por Publicado el: 10/08/2026Categorías: En vivo

Crítica: Trifonov y Harding cierran en el Festival de Santander una gira de altura

Trifonov y Harding cierran en el Festival de Santander una gira de altura

75 Festival Internacional de Santander. Concierto para piano y orquesta nº 1 de Brahms. Sinfonía nº 8 de Dvořák. Daniil Trifonov, piano. Mahler Chamber Orchestra. Daniel Harding, director. Palacio de Festivales de Cantabria, Sala Argenta, 7 de agosto de 2026.

La Mahler Chamber Orchestra, Daniel Harding y Daniil Trifonov en el Festival de Santander 2026

La Mahler Chamber Orchestra, Daniel Harding y Daniil Trifonov

El Festival Internacional de Santander no podía haber elegido mejor compañía para inaugurar su ciclo sinfónico del 75 aniversario. Daniil Trifonov, Daniel Harding y la Mahler Chamber Orchestra llegaron a la Sala Argenta para cerrar una gira que había comenzado una semana antes en Wiesbaden y que había pasado por Lübeck, Torroella, Pollença y San Sebastián. El cartel era de esos que garantizan la expectación y la sala respondió agotando las localidades. También respondió después, con entusiasmo, a una velada que tuvo en Brahms su momento de mayor interés.

Trifonov afrontaba el Primer concierto de Brahms sin partitura, algo que en su caso deja de ser una demostración de memoria para convertirse en una herramienta más de su interpretación. Conoce la obra hasta el último detalle y pudo concentrarse en el diálogo con la orquesta y en una construcción muy personal del discurso. Su técnica continúa siendo excepcional, pero lo más destacable es que parece cada vez menos preocupado por demostrarla.

El Brahms de Trifonov tuvo delicadeza, hondura y una amplia gama dinámica. Hay momentos en los que su sonido alcanza una potencia extraordinaria, pero también otros en los que consigue adelgazarlo hasta convertirlo casi en una insinuación. El problema, precisamente, es que sus posibilidades son tantas que en algún pasaje la intensidad pareció acercarse al exceso. Brahms requiere pasión, pero también contención; grandeza, pero no necesariamente grandilocuencia.

La relación con Daniel Harding resultó fundamental. El director británico no trató al piano como protagonista absoluto, sino que estableció un verdadero diálogo entre solista y agrupación. La Mahler Chamber Orchestra, formada por músicos de numerosos países y acostumbrada a trabajar desde una concepción camerística, respondió con precisión y transparencia. Sus intervenciones nunca sonaron rutinarias y permitieron apreciar numerosos detalles de una partitura que fácilmente puede quedar sepultada bajo una sonoridad excesiva.

Harding ha alcanzado una madurez que se percibe tanto en el gesto como en los resultados. Su dirección fue firme sin resultar aparatosa y supo graduar las tensiones sin convertir el concierto en una sucesión de clímax. Quizá en algún momento habría sido deseable una mayor intensidad acumulativa, pero la lectura ganó en claridad y en equilibrio.

Los largos aplausos obligaron a Trifonov a regresar al piano y el pianista correspondió con dos propinas. La elección no fue casual: ofreció su Tango y el Vals de Santo Domingo, dos piezas que adquieren un significado particular por su relación con la República Dominicana, país con el que mantiene una estrecha vinculación. Fue un final más ligero y distendido después de la concentración brahmsiana, y permitió comprobar al intérprete en un terreno distinto, lejos de las exigencias del gran concierto romántico.

La segunda parte, con la Octava de Dvořák, cambió completamente el clima. Harding encontró en la Mahler Chamber una formación ideal para una lectura transparente, colorista y flexible. No todo alcanzó la misma intensidad. En los grandes momentos orquestales se echó en falta ocasionalmente algo más de peso y de tensión, pero a cambio se ganó en limpieza y en capacidad para descubrir detalles. Dvořák necesita espontaneidad y Harding la proporcionó sin caer en la fácil exuberancia.

El público, que había recibido con expectación a los artistas, terminó despidiéndolas con entusiasmo. Y había razones para ello. Trifonov confirmó que sigue siendo uno de los pianistas técnicamente más relevantes de su generación, pero también que su evolución como músico resulta hoy más interesante que su capacidad para deslumbrar. Harding demostró una vez más que su carrera no se sostiene únicamente sobre el talento precoz que le hizo célebre, sino sobre una creciente autoridad musical. Y la Mahler Chamber Orchestra volvió a justificar su prestigio. Su verdadero lujo no es únicamente la calidad individual de sus músicos, sino esa capacidad de escucharse y reaccionar como un conjunto de cámara.

Un magnífico cartel, por tanto, que terminó siendo algo más que un cartel. El FIS acertó al confiar a estos tres grandes nombres el comienzo de su ciclo sinfónico. H.P.

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