Crítica: La verbena de la Paloma inaugura temporada en el Teatro de la Zarzuela. Casticismos bien entendidos
CASTICISMOS BIEN ENTENDIDOS
Adiós Apolo, La verbena de la Paloma. Antoni Comas, Gerardo López, Borja Quiza, Milagros Martín, Carmen Romeu, Ana San Martín, Sara Salado, Gurutze Beitia, Rafa Castejón… Director musical: Carlos Aragón. Directora de escena y coreógrafa: Nuria Castejón. Madrid, Teatro de la Zarzuela, 23 de septiembre de 2026.

Imagen de la producción
Regresa al Teatro de la Plaza Teresa Berganza este acreditado montaje de Nuria Castejón del imborrable título de Bretón, acompañado por una suerte de entremés construido por Álvaro Tato. Se exhibió en el mismo coliseo hace unos dos años y medio. Hemos vuelo a aplaudir y a pasárnoslos muy bien en esta nueva exhibición.
El añadido, titulado Adiós, Apolo, viene a ser, nos dice Tato, “un homenaje a todo un género, una época, una profesión y un público. El director de escena procura poner orden en el abigarrado ambiente de la farándula: la tiple levantisca, el primer actor de la vieja escuela, la característica que impone sus condiciones laborales… Mientras, los artistas van entonando algunas de las piezas representativas del género chico y sus sucesores”.
En esta jugosa portada se escuchan bien seleccionadas músicas del propio Bretón, Guerrero, Chueca y Valverde, Serrano y López Torregrosa, seguidas sin solución de continuidad por las que componen la partitura de La verbena, enhebradas muy habilidosamente a una puesta en escena que huye de lo rancio, de lo topiquero, adornada de nuevas soluciones escénicas, todas ellas montadas con gracia, finura y fluidez. Una visión actualizada y refrescante sin prescindir de la época en la que la historia sucede, finales del siglo XIX. Hay mucha imaginación para renovar imágenes y enriquecer la acción, es cierto que en alguna ocasión relativamente confusa.
La musicóloga Elena Torres comentaba en su momento que Bretón nos propone “un compendio de melodías populares y urbanas, auténtico decorado sonoro del Madrid de la época. Basta recordar las archiconocidas seguidillas Por ser la Virgen de la Paloma o la habanera ¿Dónde vas con mantón de Manila?” Y como el compositor provenía fundamentalmente del ámbito operístico aportó algunas propuestas verdaderamente innovadoras en ese terreno popular y trazó en ocasiones unos pentagramas desusados en ese ambiente por su elaboración y complejidad, con sutilezas vocales y orquestales raras en el teatro por horas.

Vuelve la reconocida obra de Bretón a la Zarzuela
La representación no pudo transcurrir en esta ocasión por mejores cauces, con todos los elementos concurrentes bien ensamblados y animados, en la misma línea en la que se desarrollaron hace dos temporadas.
Los protagonistas eran los mismos. Citemos solamente a los principales: Borja Quiza, un barítono lírico con voz cada vez más llena y redonda, bien colocada arriba y bien asentada, si engolamientos, en graves y medios; Antoni Comas, un don Hilarion nada achacoso y bien provisto vocalmente, sin excesos viejunos; Gerardo López, tenor ligero para todo, adecuado don Sebastián; Milagros Martín, una doña Rita bien plantada, que sabe dotar de cuerpo a una voz ya no joven pero con mucha materia en el centro; Gurutze Beitia, tía Antonia bien dibujada y expresiva (habría estado mejor sin su sofisticada peluca); Sara Salado, ejemplar y potente cantaora, y Rafa Castejón, actor consumado, director de escena en Adiós Apolo y tabernero en La Verbena…
En el foso, junto a la Orquesta de la Comunidad, estuvo esta vez Carlos Aragón, hombre de teatro muy bragado y conocedor. Supo dar aire a las músicas, ser incisivo y lírico, según el momento, aunque no siempre los planos quedaran del todo claros y hubiera algún moro que otro. Pero supo integrar y coordinar con alegría, algo imprescindible. Y Antonio Fauró logró, como casi siempre, preparar al Coro, en todo momento expresivo y resuelto. Aplausos para los guardias y el sereno, Tony Iniesta, Ariel Carmona y Mitxel Santamarina respectivamente. También para el vestuario de Gabriela Salaverri, la escenografía, muy realista, de Nicolás Boni, y la Iluminación de Albert Faura.





















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