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Resumen de la actualidad musical del verano de 2026 (II, de julio a septiembre)Resumen de la actualidad musical del verano de 2026 (II, de julio a septiembre)
Por Publicado el: 24/09/2026Categorías: Artículos de Gonzalo Alonso

Alondra de la Parra: el vuelo de una directora inquieta

Alondra de la Parra: el vuelo de una directora inquieta

Alondra de la Parra: el vuelo de una directora inquieta

Alondra de la Parra, Berlin, 2023, Copyright www.peterrigaud.com

Cuentan que a Herbert von Karajan le preguntaron una vez si no le resultaba agotador gobernar con mano de hierro tantas orquestas, diseñar festivales enteros y supervisar hasta la tipografía de las carátulas de sus discos, y que el maestro de Salzburgo respondió, sin perder un ápice de flema germánica, que el verdadero descanso consiste únicamente en hacer exactamente lo que a uno le da la gana.

Me acordé de la anécdota el otro día, contemplando la sierra de Guadarrama desde la terraza del Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial, ese formidable transatlántico de granito que tantas alegrías y no pocos desvelos nos ha dado a los aficionados a lo largo de las últimas décadas. Allí arriba soplan ahora vientos de inequívoco acento caribeño y mexicano, y en el centro de ese pequeño terremoto artístico aparece siempre la misma figura: esbelta, incansable, de fotogenia incontestable. Hablo de Alondra de la Parra.

No es, conviene decirlo cuanto antes, una advenediza de la batuta. Nació en Nueva York el 31 de octubre de 1980, mientras sus padres —el escritor y editor Manelick de la Parra y la socióloga Graciela Borja— cursaban allí sendas maestrías, y se crio en Ciudad de México dentro de una estirpe con genuino fuste intelectual: es nieta de la inolvidable novelista e historietista Yolanda Vargas Dulché, sobrina de la actriz Emoé de la Parra y hermana del cantante Mane de la Parra.

La música, en su caso, no fue una revolución doméstica, sino la rama más reciente de un árbol dedicado desde hacía generaciones a contar historias. Empezó el piano a los siete años y el violonchelo a los trece, y hay una anécdota que ella misma repite y que lo explica casi todo: a los diecisiete, su padre la premió por sus notas con un viaje al Festival de Salzburgo para ver La condenación de Fausto en la versión de La Fura dels Baus. Volvió convencida de que la música podía ser un espectáculo total, y de que su sitio estaba al mando de ese espectáculo.

Repartió sus estudios entre tres continentes, lo que ya dice algo de los medios de que disponía. Cursó composición en el Centro de Investigación y Estudios Musicales de México; a los dieciséis se trasladó a Londres para el bachillerato, y a los diecinueve ingresó becaria en la Manhattan School of Music, donde se licenció en piano y cursó después la maestría en dirección orquestal, ambos grados con honores, bajo el magisterio de Kenneth Kiesler.

Fue siendo aún estudiante, en 2004 y con solo veintitrés años, cuando fundó en Nueva York la Orquesta Filarmónica de las Américas, empresa tan ambiciosa como generosa: ochenta músicos de medio mundo reunidos para rescatar partituras de Revueltas, Chávez o Moncayo y dar plataforma a jóvenes solistas latinoamericanos, con un programa educativo para escolares del Bronx incluido.

La directora al frente de la ORCAM

Debutó como directora invitada en 2005 con la Filarmónica de Jalisco, y desde entonces ha subido a más de un centenar de podios de primer nivel —Orchestre de Paris, Filarmónica de Londres, Tonhalle de Zúrich, Santa Cecilia de Roma—, fue titular de la Sinfónica de Queensland entre 2017 y 2019, primera mujer al frente de una orquesta australiana, y ha debutado en la Royal Opera House de Londres. Currículum de peso, hay que decirlo con justicia.

En el verano de 2022 fundó en la Riviera Maya el Festival PAAX GNP, del que es artífice absoluta y que resume bien su método: conseguir que solistas de primer nivel abandonen sus santuarios europeos para tocar junto al mar, mezclando ballet, folclore y repertorio sinfónico con un estándar sobresaliente. Hace falta credibilidad técnica, pero sobre todo un talento de gestión y un magnetismo personal que nadie con dos dedos de frente se atrevería a negarle.

Su idilio con España, sin embargo, no fue un flechazo repentino sino un cortejo paciente, y no exento de sobresaltos. Debutó aquí en 2019 al frente de la Orquesta Nacional de España, en un concierto de música hispana y cine junto a Michel Camilo, y volvió en 2021 con un homenaje a Federico García Lorca que ella misma presentó como puente entre México y España.

A partir de ahí encadenó compromisos con la Sinfónica de Navarra —donde estrenó una obra de Teresa Catalán—, con la Sinfónica de Tenerife, con la Oviedo Filarmonía dirigiendo zarzuela y con una Turandot en el Liceu que le regaló, en sus propias palabras, su primera gran experiencia operística: una relación tejida concierto a concierto, no improvisada.

Fue en el otoño de 2022 cuando su nombre se instaló en todos los mentideros musicales: corrió con fuerza el rumor de que sería la próxima titular de la OCNE, sucediendo a David Afkham. Ella, con prudencia, no lo desmintió del todo (“si la Orquesta Nacional me considera, será interesante para mí”), pero el nombramiento no llegó a cuajar, entre otras razones porque en los atriles de la orquesta nacional pesaron ciertas reservas hacia un perfil que algunos juzgaban demasiado inclinado al brillo exterior frente al trabajo de trinchera.

La vida, no obstante, suele deparar segundas oportunidades a quien no se cansa de insistir, y Alondra aterrizó en Madrid por otra puerta, igualmente principal: en febrero de 2024 la Fundación ORCAM la nombró directora artística y titular de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid, cargo que asumió en septiembre en sustitución de la polaca Marzena Diakun.

Y lo más interesante de esta etapa no es lo que ha heredado, sino lo que ha levantado: desde noviembre de 2025 dirige también el Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial, y este verano ha estrenado allí la primera edición de Escena Escorial, catorce citas entre el 28 de agosto y el 20 de septiembre con nombres como Daniel Barenboim, Grigory Sokolov o Gaëlle Arquez, esta última protagonizando una Carmen trasladada, con resultado discutido, al lenguaje de las redes sociales. Es una apuesta ambiciosa que ha devuelto pulso a un auditorio que llevaba dos décadas necesitándolo.

Conviene, aun así, introducir un matiz prudente en el elogio, y lo hago con el mismo afecto con que reconozco lo demás: a la mexicana se le va a veces la mano con el culto a la personalidad. Esa necesidad de que cada proyecto lleve su nombre por delante con letras algo más grandes de lo necesario, esa presencia suya casi litúrgica sobre el escenario antes de cada espectáculo, corre el riesgo de eclipsar lo verdaderamente sagrado del oficio: la partitura y la orquesta que la hace sonar.

Pero cuando los resultados -y en San Lorenzo, de momento, lo son- acompañan a la ambición, ese pequeño exceso de protagonismo se perdona con facilidad. El tiempo, ese implacable metrónomo que a todos nos pone en nuestro sitio, dictará la sentencia definitiva.

Gonzalo Alonso

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