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Noticias en Cultura (Editorial de Scherzo junio 2009)
Por Publicado el: 19/07/2009Categorías: En la prensa

AMARON JUNTOS, JUNTOS MURIERON. El suicidio de sir Edward Downes y su esposa

AMARON JUNTOS, JUNTOS MURIERON
Él, apuntador de María Callas y virtuoso director de orquesta con título de «sir», estaba ciego a sus 85 años. Ella, ex bailarina, 74 años, su musa, tenía un cáncer terminal. Cuando tomaron la decisión de morir juntos, se lo dijeron a sus hijos, pagaron los 7.000 euros que costaba y viajaron desde el Reino Unido a Dignitas, en Zurich. Así acabó la historia
DANIEL POSTICO. EL MUNDO, 19 de junio

LONDRES

Nadie sabe en qué momento sir Edward Downes y su esposa, Lady Joan, decidieron morir, después de 54 años de casados. Nadie sabe qué se dijeron durante el viaje de su casa en Londres a la clínica suiza de la organización Dignitas, en Zúrich, donde habían contratado el servicio de suicidio asistido.

Tras confirmarse su desaparición, la familia explicó a la prensa que la pareja «decidió acabar con sus vidas antes de continuar sufriendo sus graves problemas de salud». Atrás dejaban dos hijos y dos nietos. Sir Edward tenía 85 años y estaba considerado como uno de los más prestigiosos directores de orquesta contemporáneos. Lady Joan, de 74 años, era una ex bailarina entregada a su marido. Él estaba ciego y se estaba quedando sordo. Ella padecía un cáncer terminal de hígado y páncreas, y le daban apenas unas semanas de vida. Los que les conocieron contaron que sentían devoción el uno por el otro. Era imposible imaginarlos por separado.

Su muerte ha provocado una gran consternación en el Reino Unido, donde la eutanasia está prohibida, y ha reabierto el debate sobre si debe autorizarse o no. Su doble suicidio ha trascendido no sólo por el debate que arrastra tras de sí, sino también porque se trata de una pareja respetadísima, culta, inteligente, llena de talento… Sir Edward era un reputadísimo director de orquesta. Reconocido como el mayor especialista en Giusseppe Verdi, y también en Prokofiev y los compositores rusos. Fue responsable musical de la Ópera de Sidney y, desde 1970, director de la Orquesta Filarmónica de la BBC. Era uno de los habituales de la Opera House de Covent Garden.

Edward Downes era un virtuoso. A los cinco años ya tocaba el violín y el piano. A los 14 dejó la escuela para trabajar en una tienda. Pero su afición y su talento para la música se desbordaban y le dieron una beca a los 16 años para estudiar música en la Universidad de Birmingham. Combinó sus estudios con un empleo de fin de semana, cargando y descargando carbón, y se graduó en 1944, a los 20 años. Fue alumno de los mejores profesores.

Su relación con la Opera House fue larga e intensa. Actuó por primera vez en 1946 tocando la trompa en una orquesta. Después sería apuntador de la soprano María Callas, entrenador de voces, etc. Hasta conseguir el soñado puesto de director de orquesta. Tocó allí durante casi 60 años. La última vez que dirigió una ópera en Covent Garden fue en 2005, despidiéndose con 10 interpretaciones del Rigoletto de Verdi, una de sus favoritas.

En la Opera House conoció a la que sería su futura esposa y madre de sus dos hijos. Él tenía 30 años y ella era una prometedora y hermosa bailarina de 19. Se enamoraron y ya no se volvieron a separar. Compartieron viaje hasta aquella fría y solitaria habitación de Zúrich. Al retirarse como bailarina, Joan ejerció de coreógrafa y productora de televisión, para luego convertirse en la asistenta personal de su marido. Se convirtió en sus ojos y casi en su mirada. Iban juntos a todas partes. Lo acompañaba en todos sus viajes.

Perfeccionista, discreto y con un oído exquisito para la música, Sir Edward estaba considerado como uno de los grandes directores de orquesta del siglo XX. «Era menos vistoso que el maestro Von Karajan con la batuta, aunque era igual de bueno», lo describió un compañero de orquesta. En el año 1991 fue ordenado caballero por la Reina por su aportación a la música.

El que fuera apuntador de María Callas, condujo por última vez la Filarmónica de la BBC en el 2006. Fue su último concierto y lo dirigió completamente ciego. Sir Edward empezó a perder la vista desde muy joven. La fue perdiendo de forma paulatina hasta que al final ya sólo miraba con la memoria y dirigía a los músicos recordando. Su esposa le guiaba hasta el escenario, le ayudaba a subir al estrado y le colocaba de cara a la orquestra, enfrente del atril invisible. Pasó los últimos 15 años ciego, y ahora también se estaba quedando sordo, con lo que la dependencia de su esposa era cada vez mayor.

«Eran una pareja devota, vivían absolutamente el uno para el otro. Ella dejó que Ted [como los amigos llamaban a Edward] se situara en el centro. Al final ella siempre estaba con él, ambos eran una fuente inagotable de historias. A menudo ella iniciaba una historia y él la terminaba», los describió un compañero suyo de la Filarmónica al diario The Guardian.

El día que Edward supo que Joan sufría un cáncer terminal, se quedó completamente a oscuras. Ya ni la memoria le podía iluminar. La decisión de morir fue serena y razonada. Tal vez en alguna ocasión ya habían hablado que no se imaginaban el uno sin el otro, aunque seguramente no se lo habrían planteado en serio hasta ahora. Debían tomar una decisión. Los colegas de Edward lo describen como una persona con una fuerte determinación, un auténtico líder.

En el Reino Unido la eutanasia está prohibida. Y ayudar a alguien a morir está considerado homicidio y penalizado con hasta 14 años de cárcel. El 80 por ciento de los británicos cree que la eutanasia debería ser legal, pero aún así siguen rechazándola. La última vez fue el mes pasado, cuando la Cámara de los Lores tumbó una enmienda en favor del suicidio asistido.

Para poder morir debían viajar a Suiza, donde la eutanasia sí que está permitida. Los Downes habían oído hablar de Dignitas, la organización fundada por el abogado de derechos humanos Ludwig Minelli en 1998 y que facilita el suicidio asistido en Zúrich. Y les contactaron.

Desde su fundación, Dignitas ya ha ayudado a morir a 900 personas, de las cuales 115 eran ciudadanos británicos. Algunas de estas muertes fueron muy polémicas, como la de Robert y Jennifer Stokes el año 2003. Él tenía 59 años y sufría de depresión, mientras que ella, de 53, padecía diabetes. Cuando su hija se enteró de su muerte, montó en cólera porque sus padres no sufrían ninguna enfermedad terminal. Un estudio indica que el 25 por ciento de los clientes de Dignitas no padecen enfermedades terminales.

Es más, la organización está pendiente de la autorización de un juez suizo para que una mujer canadiense totalmente sana se pueda suicidar al lado de su marido, que sufre un cáncer terminal.

Sir Edward y Lady Joan habían escuchado muchas historias de la polémica organización, como la de los dos ancianos a los que ayudó a morir en un coche aparcado en un bosque en las afueras de la ciudad porque no tenían más espacio. Dignitas alquila apartamentos en el centro de Zúrich para sus clientes. Según Minelli, «todo el mundo debería debería poder morir donde quisiera y cuando quisiera», y su empresa ser un lugar donde la gente acudiera libremente para inmolarse, algo así como un espacio de suicidio.

En el mes de febrero pasado, otra pareja británica, Peter y Penelope Duff, de 80 y 70 años, muy enfermos los dos, decidieron morir juntos aterrorizados por la idea de que uno de los dos se pudiera quedar solo en este mundo sin poder cuidar de sí mismo. Su hija comunicó el suicidio a la prensa. Aquel caso sirvió de referencia para los Downes.

El único lugar donde podían morir era aquella clínica suiza. Esto les costaría 7.000 euros. Contrataron el servicio, pero antes de emprender el último viaje, quisieron decírselo a sus dos hijos.

Caractacus y Boudicca, sus hijos, no se podían creer lo que sus padres querían hacer. Les abrumó la naturalidad con la que se lo contaron. Pero respetaron su decisión. «La forma como nos lo contaron sonaba tan razonable», explicó Caractacus a la prensa local, el día que anunciaron la desaparición de sus padres.

«Mi padre era un hombre mentalmente lúcido pero que físicamente no se podía valer por sí solo. El último año había empezado a estudiar ruso para mantener la mente activa, pero dependía de mi madre. Simplemente no podía concebir la vida inválido sin mi madre», relató Caractacus, de 41 años, también músico, cuando ya todo había pasado.

Él y su hermana pequeña, Boudicca, se pusieron en contacto con la organización, que les explicó el funcionamiento. Alquilan un apartamento en el centro de la ciudad, donde los clientes se autoadministran una dosis letal de barbitúricos en un vaso que alguien de la compañía ha dejado encima de una mesa, al lado de la cama. Ellos se toman la dosis cuando lo consideran oportuno. A los dos minutos se quedan dormidos. Y fallecen a los diez minutos. Todo es filmado en una cámara de vídeo como prueba de que nadie les mató, y guardan la cinta por motivos legales. Dignitas les sugirió que ellos asistieran a la muerte de sus padres, que podían estar dentro de la habitación.

EL VIAJE, EL DELITO

A Caractacus y Boudicca -cuyos nombres se inspiraron en dos jefes tribales que se resistieron a la invasión romana del siglo I- les pareció bien la idea. Y propusieron a sus padres viajar con ellos. En un primer momento, su madre se opuso, pero luego cedió. Su muerte había adquirido un cariz de completa normalidad.

Y les acompañaron en su viaje a Zúrich, aún sabiendo que acompañándolos cometían un delito en el Reino Unido. De hecho, nada más regresar a Londres, la policía se personó en su casa en una «investigación rutinaria», según les informaron.

La policía no ha acusado a ningún familiar en el centenar de casos anteriores y no parece que lo vaya a hacer ahora. «Si quieren arrestarme que me arresten», confesó Caractacus. «Fue una muerte muy civilizada, no sé por qué está prohibida en Reino Unido».

Resulta imposible imaginar cómo fue el viaje a Zúrich, cuál fue su conversación en el avión, cómo vivieron el trayecto del aeropuerto a aquella habitación tan fría e impersonal, sin amueblar, con tan solo una cama y una mesa con el elixir de la muerte. Y las dos sillas donde se sentaron sus hijos.

Caractacus Downes contó a la prensa local que lloraron cuando vieron morir a sus padres: «Bebieron una pequeña cantidad de un líquido claro y se tumbaron en la cama uno al lado del otro, cogidos de la manos, y en un par de minutos se quedaron dormidos. Quisieron morir uno al lado del otro, cogidos de la mano».

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