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Juan Pérez Floristán, gran solista en ciernes
Por Publicado el: 08/08/2015Categorías: Crítica

Bayreuth: A Tristan muerto, rey (Marke) puesto

FESTIVAL DE BAYREUTH 2015

 A Tristan muerto, rey (Marke) puesto

TRISTAN E ISOLDA, de Richard Wagner. Ópera en tres actos, con libreto de Wagner. Repar­to: Stephen Gould (Tristan), Evelyn Herlitzius (Isolda), Iain Paterson (Kurwenal­), Christa Mayer (Brangäne), Georg Zeppenfeld (Rey Marke), Raimund Nolte (Melot), Tansel Akzeybek (Joven mariner. Un pastor), Kay Stiefermann (Timonel). Directora de esce­na: Katharina Wagner. Escenografía: Frank Philipp Schlößmann y Matthias Lippert. Vestuario: Thomas Kaiser. Dramaturgia: Daniel Weber. Iluminación: Reinhard Traub. Coro y Orquesta titula­res del Festival de Bayreuth. Direc­ción de coro: Eberhard Friedrich. Direc­ción musical: Christian Thielemann. Lu­gar: Festspielhaus de Bayreuth. Entrada: 1974 espectadores (lleno). Fecha: Viernes, 7 de agosto de 2015.

Tristan Bayreuth 2015 1

En El Escorial Albert Boadella suicida al infante Don Carlos y en Bayreuth Katharina Wagner exonera de la muerte a Isolda para condenarla a vivir el resto de sus días con un violento Rey Marke de irascibilidad y modos que vulneran por completo su cabal personalidad. Malos tiempos corren para la ópera con estas reinvenciones tan manidas como pasadas de moda. La ramplonería y la provocación como alternativa a la falta de genio. En Bayreuth se esperaba que la magia wagneriana de Christian Thielemann fuera a alcanzar la cima del Tristan estrenado en 1993 por Heiner Müller y Daniel Barenboim, con Waltraud Meier y Siegfried Jerusalem como protagonistas.

A pesar del fabuloso trabajo concertador de Thielemann, que combina las parsimoniosas efusiones y morbideces de Knapeertsbusch con el preciosismo meticuloso de Carlos Kleiber, su trabajo en este nuevo Tristan, que coincide con el 150 aniversario del estreno de la obra, ha resultado fallido por un reparto vocal a todas luces insuficiente y una producción escénica dirigida por la bisnietísima Katharina Wagner cargada tanto de obviedades como de lugares comunes. Por otra parte, poco, muy poco, ayudó la escenografía diseñada por Frank Philipp Schlößmann y Matthias Lippert, que parecía empeñada en eludir cualquier parecido con lo que cuenta Wagner.

Katharina Wagner plantea una Isolda ninfomanizada que en cuanto se topa con Tristan se entrega a sus brazos, lo morrea y no vacila en lanzar su mano libidinosamente a la bragueta del héroe. Como cuando la bella Ava Gadner rodó con el bello Mario Cabré Pandora y el holandés errante. La Wagner enfatiza su idea: el filtro de amor desinhibe el amor e induce la sutileza y ternura, ya que los protagonistas -ciudadanos de un indeterminado presente- no se cortan un pelo en cuanto al tema del sexo. La idea es simple de solemnidad, y se inicia en medio de un complicado guirigay de escaleras metálicas –inspirado en un grabado de Giovanni Battista Piranesi de 1761- que en el segundo acto es reemplazado por un espacio circular cerrado y un punto taurino, en el que los cuatro protagonistas tratan de esquivar la permanente y opresiva mirada y cañones de luz de los hombres de Marke y Melot. ¡Qué lejos queda el romántico árbol de Ponelle!

La escenografía y dirección de escena se disparata aún más en el tercer acto, que se inicia con una imagen tenebrista en la que en un rincón de la escena aparece el cuerpo tendido de Tristan velado por sus fieles. Podría ser Rembrandt, pero también un cuadro flamenco –flamenco de castañuelas y olés- con el Cigala a punto de lanzar un quejío. El pobre Tristan, que alucina tanto como la directora de escena, persigue, cual el Macbeth shakespearianoverdiano, las diversas apariciones de Isolda que aparecen y desaparecen como por arte de birlibirloque. Al final, cuando llega la de verdad, ha muerto. La princesa irlandesa canta entonces su Liebestod ante la mirada de Marke, quien cuando acaba la coge y se la lleva del brazo con violencia. A Tristan muerto, rey (Marke) puesto. El cadáver de Tristan queda solo en escena con Brangäne. Cae el telón.

Tristan Bayreuth 2015 2

Ante semejante historieta, no es difícil imaginar la falta de implicación de Thielemann, que, sin embargo, extrajo mil registros y colores de la siempre sobresaliente orquesta. Mimó y cuido el sonido y los timbres hasta el punto de escucharse sonoridades que remitían tanto a la audacia orquestadora de Berlioz como a la extrema sutileza impresionista de Debussy. Pocas veces en las últimas décadas se ha escuchado en el foso invisible de Bayreuth tal derroche de registros y detalles.

Lástima la escena, sí, y lástima, también, el insatisfactorio reparto vocal, en el que únicamente destacaron el estadounidense Stephen Gould y la mezzo Christa Mayer como Brangäne. Desde que debutó en Bayreuth con Tannhäuser en 2004, dirigido precisamente por Thielemann, Gould ha ensanchado su voz hasta poder componer roles heroicos con notable dignidad, como Siegfried en Bayreuth, también con Thielemann, o Eneas de Les Troyens en Valencia, con Valeri Guerguiev. Y lo ha hecho sin perder la entidad y calidad de una línea vocal de origen claramente spinto. Compuso así un Tristan mesurado, vocalmente consistente, sin mermar por ello las delicadas cualidades que también caracterizan el exigente rol.

El polo opuesto fue su decepcionante Isolda, encarnada por una en Bayreuth renacida Evelyn Herlitzius –debutó en 2002, como Brünnhilde en el Anillo dirigido por Ádam Fischer, y luego fue Kundry, también con Fischer- de voz tan poderosa como destemplada, sorda en los registros graves y estridente en unos agudos a veces destemplados –segundo acto- y siempre fortísimos, empeñados en tapar de modo inmisericorde una y otra vez la bien proyectada voz de Gould. Herlitzius se mostró ayuna de las sutilezas que reclama el personaje y a las que tan reiteradamente era invitada por el foso. La memoria de la Meier y la evocación de lo que podría haber sido esta función con la cantante prevista hasta hace pocas semanas –Anja Kampe- subrayaron aún más la decepción.

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Del resto de protagonistas, sólo cabe resaltar la convincente Brangäne de Christa Mayer –capaz de mantener el tipo ante el vozarrón de la Herlitzius- y el discreto y correcto –no más- Marke de Georg Zeppenfeld. Difícil adivinar las razones por las que una voz como la de Tansel Akzeybek canta en Bayreuth, aunque sea en papeles como el del joven marinero. Bayreuth es mucho Bayreuth. Aunque, visto lo visto y oído lo oído, sería más adecuado un “Bayreuth fue mucho Bayreuth”. El público se desgañitó a bravos con todos, incluido Akzeybek. Eso sí, al menos tuvo el instinto de intensificar la ovación cuando en la serie de saludos irrumpió un Thielemann discretamente sonriente que parecía desentonar con cuanto tenía alrededor. Katharina Wagner tuvo el buen juicio de no salir a saludar. Justo Romero

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