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Por Publicado el: 03/05/2010Categorías: Crítica

BERMÚDEZ Y ARNALTES, LA GRAN NOCHE DEL `LIED’

BERMÚDEZ Y ARNALTES, LA GRAN NOCHE DEL `LIED’
La Provincia, 30 de abril
Concierto: Temperada de la Sociedad Filarmónica Intérpretes: Gabriel Bermúdez (barítono), Edelmiro Arnaltes (piano). Obras: La bella molinera (Schubert) Lugar. Paraninfo de la JLPGC Fecha: Martes 27 de abril.
E1 mundo europeo del lied tiene hoy sus mejores bazas en la cuerda baritonal. Gabriel Bermúdez, barítono madrileño de aplaudida carrera operística, demostró en su debut canario algo tan infrecuente entre los cantantes españoles como la idoneidad paralela en la interpretación de la canción alemana de concierto. De una vez y sin pausas, cantó el martes en el Paraninfo universitario los veinte lieder de La bella molinera, primero y más lírico de los tres grandes ciclos de Schubert. Lo hizo con emisión vocal y fraseo variados, impecable estilo, dominio de la fonética y la prosodia germanas (consonantes que marcan tempo y ritmo, musicales en sí mismas) y un fervor expresivo de exigente buen gusto. La compenetración de la voz y el pianista Edelmiro Arnaltes, que tantas y tan bellas ideas tiene en su parte, llevaron el recital a un alto nivel de calidad. Ambos han bebido en las fuentes del género y hacen de cada título una joya diferenciada, un instante único.
El buen acuerdo de mantener la sala iluminada, como en todas las líederabende que se precian, permitió seguir en el programa de mano la lectura bilingüe de los poemas de Müller, práctica que favorece la apreciación de la música y de su interpretación. A ello se entregaron la casi mayoría de los asistentes, con silencio y concentración favorecidos por la ausencia de aplausos hasta el final del ciclo, en que fueron entusiásticos. Gratifica observar en las convocatorias de la venerable Sociedad Filarmónica la espontánea presencia de estas costumbres de alta cultura musical.
Bermúdez estuvo espléndido en la diversidad de acento y fraseo, sin descuidar uno solo de los momentos psicológicos que colorean las canciones, desde el ensimismamiento al arrebato, del intimismo a la expansividad. Los soliloquios del «molinero» son relativos por su constante conversación con la Naturaleza, la cotidianeidad del molino y su entorno. El diálogo explícito en la penúltima canción, del molinero con el arroyo, sublima en el intérprete la elocuencia de los modos mayor y menor, símbolo fundamental en Schubert. El título postrero, la «nana del arroyo», acabó de situar en valores magistrales la lectura de la obra, tras la cadena de sentimientos, emociones, dudas, preguntas y decepciones que narra su asunto, aquí a través de una voz admirablemente dotada para lo lírico y lo dramático, el canto ligado y el rítmico, la dicción del anhelo, la inseguridad, el grito y el susurro.
Luminosa noche de lied con un barítono culto y re-finado y un pianista de cámara que no le va a la zaga al prestarle la rica experiencia de treinta años de carrera en el género. G. García-Alcalde

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