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Por Publicado el: 23/02/2022Categorías: Colaboraciones

Blanquita Suárez, la tiple que inmortalizó Picasso

Tenía los ojos verdes y el pelo azabache. En Madrid, la cantante estrenó en el Apolo en 1927 “El sobre verde”, que La Zarzuela representa estos días dentro del sexto Proyecto Zarza. La vida de Blanquita Suárez es digna de una novela o merecedora de una película. La dinastía llega hasta nuestros días. Su bisnieta, Blanca Aranda la recuerda hoy

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Foto de dicada de Blanquita Suárez (c) Archivo de Blanca Aranda

A Blanquita Suárez la llamaban en casa “Mamá Blanca”. Y se arremolinaban en torno a ella otras tres mujeres también bautizadas con el mismo nombre: Blanca Díaz Suárez, su hija, Blanca Díaz Suárez, su nieta, que repetía apellidos por ser madre soltera, y su bisnieta, Blanca Aranda Díaz. El porqué tiene su explicación: cuando ella nació sus padres, el barítono Leopoldo Suárez y su esposa Juana Zarza, estaban de gira en San Sebastián representando “La bruja”, de Chapí, cuyo personaje principal pueden adivinar cómo se llamaba. Y es el nombre que decidieron para la recién nacida, que vino al mundo en la portería del teatro en 1894. Y así pasó el nombre a la hija. De esta a su hija y así hasta una cuarta mujer que no ha tenido descendencia y que es quien nos hace de memoria viva. La cosa de la farándula, como sucede en algunas familias, le viene de lejos. Ya el abuelo de Blanquita Suárez fue apuntador del Apolo. Y así ha sido sucesivamente. El escenario, las luces, la tramoya, la vida entre cajas y el aplauso han estado ligados a esta saga de mujeres de teatro. Blanca Aranda es la bisnieta de Blanquita Suárez. Ha pasado muchos años en sala, pateando el Teatro de la Zarzuela. “Seguro que me has tenido que ver alguna vez”, dice con convencimiento. Hoy es la secretaria del director. Y la historia que guarda es pura ambrosía.

La carta de Jacinto Guerrero

La bisnieta de la cantante de ojos verdes (tema inmortal que cantó ella por primera vez y que después alcanzaría fama en la voz de Concha Piquer) se conoce el teatro de la calle Jovellanos como su casa. “Para mí es mucho más que un lugar de trabajo. Se lo debo todo y lo quiero”, cuenta. Su madre se sabía el escenario de memoria, palmo a palmo. ¿Cómo fue el estreno en Madrid de “El sobre verde”? Aranda lo recuerda con un cariño inmenso y habla de la carta que le escribió Guerrero, donde le dice textualmente: “El arte de Blanquita Suárez es singular. Tengo entre mis obras “El sobre verde”. En la canción coreada “Soy la garçon” hizo una creación magistral. ¡Qué gracia! ¡Qué gestos! ¡Qué manera de cantarla! ¡Qué alegría! Para mi gusto es la mejor tiple cómica de estos… y de otros tiempos. De los ojos de Blanquita no hablo… Ya lo dicen los empresarios de los teatros: “Cuando trabaja nos ahorramos los focos”. ¡Ella ilumina el teatro! Jacinto Guerrero”. Se puede decir más alto, pero no más claro. Este escrito lo atesora su bisnieta, y otro precioso que le envió Jacinto Benavente, a quien también le unía una amistad, la misma que tenía con los hermanos Álvarez Quintero. Y cientos de fotografías en un tono sepia precioso que revelan que era una belleza “y una mujer muy moderna que vivía mucho de sus recuerdos. Le pedíamos que cantara, por ejemplo “La blanca doble” o “La garçon” porque nos encantaba escucharla. Falleció cuando yo tenía 18 años, en 1983”, recuerda.

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Carta de Jacinto Guerrero a Blanquita Suárez (c) Archivo de Blanca Aranda

Con mantilla y abanico

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Blanquita Suárez pintada por Picasso, óleo de 1917 (c) Archivo de Blanca Aranda

Picasso la retrató. Sí, el malagueño universal. La madre de Blanca Aranda quería ver de cerca el cuadro que se guarda en la sala 11 del Museo Picasso de Barcelona. Ella organizó el año pasado la visita para que su progenitora pudiera ver el lienzo de tú a tú: “Se conocieron en verano y la pintó en 1917. Él iba cada noche a verla actuar al teatro Eldorado, donde mi bisabuela cantaba. No sé qué relación les llegó a unir, si fueron amigos o algo más…, pero ella es la mujer que pintó”, asegura. El Museo Nacional Picasso de París alberga una serie de bocetos previos a ese lienzo de corte cubista en que la artista sostiene un abanico y que lleva por título el nombre de la protagonista. Los colores son apagados y las líneas son las que consiguen dotar de perspectiva a la figura en negro, marrón, verde y blanco. Así la inmortalizó, con la mantilla que lució en el baile de carnaval del Novedades barcelonés, muy flamenca ella, donde Santiago Rusiñol la hizo entrega del cuarto premio del concurso de máscaras y disfraces.

Un fado con su nombre

Cantante, pues de éxito de la época, muy bien relacionada, contrajo matrimonio con un torero que sería de cierto prestigio, pues cuando se unieron era novillero, Francisco Díaz “Pacorro”. Una imagen de 1918 inmortaliza el momento: se ve a la pareja con sus padrinos, gestos serios de unos y sonrisas de otros. El pie de foto reza “Un banquete popular en Málaga”. Y así fue. La cantante y el torero. ¿Se puede pedir más? “Fueron la pareja de moda”, deja escapar su bisnieta con orgullo. Sin embargo, el matrimonio no acabó bien y optaron por el divorcio durante la República. Blanquita se casaría después con un pintor de carteles de los cines de la Gran Vía. Y juntos estuvieron hasta que él murió. “Después se vino a mi casa y vivimos todas juntas, las cuatro Blancas”. El fado “Blanquita”, con letra de Álvaro Retana y música para piano de Rafael Adam Baiges fue escrito para la bisabuela de Aranda. El cine no le fue ajeno: intervino en 14 películas. Se retiró a los sesenta años. En una entrevista publicada en La Vanguardia en 1958 contestaba así sobre el asunto de su retirada: “Como no he ahorrado, no me puedo retirar y mientras me aplaudan estoy contenta”. Genio y figura. Gema Pajares

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