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Por Publicado el: 09/10/2018Categorías: Colaboraciones

Cien años de Matilde Salvador

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Matilde Salvador, compositora de finos quilates

Personalidad intensa, rotunda, reivindicativa, plural y tan apasionada valencianista como catalanista, Matilde Salvador ha sido figura esencial en el sostén y renacimiento de la cultura valenciana durante los años difíciles de la dictadura y la transición. Castellonense fervorosa, esposa del gran compositor  valenciano Vicente Asencio (1908-1979), pintora, viajera feliz y sobre todo compositora de finos quilates, el Palau de les Arts y el Palau de la Música le rinden sendos homenajes hoy y mañana con motivo del primer centenario de su nacimiento. Su música sutil, en la que destaca su abundante producción vocal, con canciones que forman parte de lo mejor de la tradición española, se escuchará hoy en Les Arts dirigida por Jordi Bernácer. Mañana viernes, serán la Orquesta de València y Manuel Galduf quienes la hagan oír en el Palau de la Música.

Nacida en Castelló el 23 de marzo de 1918 -apenas unos meses antes que el también centenario Francisco Llácer Pla-, Matilde Salvador i Segarra procede de una familia de intensa tradición musical: su padre era el violinista Josep Salvador i Ferrer y su tía Joaquima Segarra alcanzó cierto renombre como pianista. Fue con ellos con los que hizo sus pinitos en la música, como también su hermana Josefina,  que luego sería violinista y profesora en el Conservatorio de Alicante.

El origen castellonense y el hecho de ser mujer en una época gris en la que éstas no podían ni sacar dinero del banco sin el consentimiento del marido fueron decisivos en la consolidación de su personalidad reivindicativa  e incorruptible:  “La condición de ser mujer y haber nacido en Castelló han marcado mi vida y mi obra. No se comprende mi producción musical y pictórica sin estos lazos”, dijo en más de una ocasión.

Fascinada por la poesía y los grandes autores de la literatura catalana y valenciana, basó su pasión melódica sobre textos de poetas y escritores como Bernat Artola, Xavier Casp, Joan Fuster, Salvador Espriu o Miquel Costa i Llobera. La delicadeza de sus líneas melódicas, arraigadas en el Falla neoclasicista de El retablo de Maese Pedro y el Concerto, supone una depuración de un lenguaje que, orgulloso de estas raíces, supo amalgamarlas y fusionarse con el rico acervo folclórico mediterráneo. Así ocurre en obras como Betlem de la Pigà y la Cantata dels dotze estels, con textos de Miquel Peris, o Cant de la terra nativa.

Importante es también su producción operística. Matilde Salvador fue, de hecho, la primera mujer que logró estrenar una ópera en el Liceu de Barcelona. Fue con la ópera Vinatea, dada a conocer en el teatro barcelonés en 1974. La ópera, que hora es ya de que llegue a la escena lírica del Palau de les Arts, recrea un episodio de la Crònica de Pere el Cerimoniós, de Xavier Casp. Muchos años antes, en 1943, ya había estrenado en su ciudad natal la ópera La filla del rei Barbut, basada en Tombatossals de Josep Pascual Tirado.

Su dedicación a la cultura en catalán, su pasión por la lengua en la que creció y vivió, fue reconocida por la Generalitat de Catalunya, que en 2005 la distinguió con la preciada Creu de Sant Jordi. En absoluto fue éste el único reconocimiento. Antes y después su obra y su trayectoria fueron premiadas y reconocidas por numerosas instituciones públicas y privadas. En 1997 recibió la “Distinció al Mèrit Cultural” de la Generalitat Valenciana. En  1998 la Medalla de Oro de la Universitat Jaume I, en 2001 la de la Universitat de València y en 2004 fue nombrada “Dona de l’any” de Castelló de la Plana.

Matilde no se andaba con dobleces ni palabra huecas. Era directa y sincera. De ahí su fama de mujer dura e intransigente. Pero nada más lejos de la realidad. Detrás de esa apariencia, de esa deliberada falta de condescendencia con la tontería, se ocultaba una personalidad extremadamente sensible y sabia, que podía ser hasta entrañable si ella consideraba que su interlocutor era suficientemente interesante o creíble. Es fácil recordar su imagen en los conciertos del Palau de la Música, como una abonada más. Hasta los últimos  días –falleció el 5 de octubre de 2007- se mantuvo fiel a su compromiso de melómana y abonada. Sus juicios en los descansos y tras los conciertos sobre lo que escuchaba eran siempre tan categóricos como razonados. Tenía un fino y atento oído que le permitía percibir y sopesar muchos detalles y aspectos que escapaban al aficionado normal. Era casi tan grande escuchante como compositora.

Su arte sonoro era el detalle refinado y la filigrana. Y el hálito poético, que impregnaba toda su música. En su paleta orquestal, asoma con claridad la complicidad de su marido Vicente Asencio, que colaboró estrechamente con ella en la instrumentación tanto de sus canciones, como de sus óperas o repertorio propiamente sinfónico, en obras como los ballets  El segoviano esquivo (1953) o El sortilegio de la luna, de 1954. Otras relevantes composiciones orquestales son Marxa del rei Barbut (de 1940), el ballet Sortilegio de la luna, compuesto en 1954 y no estrenado hasta 1995 (en el Festival Internacional de Granada, en el marco ideal de los Jardines del Generalife de La Alhambra), el ballet Blancanieves, de 1956, o El ruiseñor y la rosa (1958).

Pero es el universo íntimo y recogido de la canción donde se encuentra el mejor arte de Matilde Salvador. Y es precisamente en este ámbito vocal en el que tanto la Orquesta de la Comunitat Valenciana hoy jueves y la Orquesta de València mañana viernes centran sus respectivos homenajes a la compositora castellonense. El de mañana viernes será gobernado por Manuel Galduf, sin duda uno de los músicos que mejor conocen y más han hecho por la difusión de su obra. En el concierto se escuchará la cantata Les hores, concebida en 1974 sobre textos de Salvador Espriu para barítono, coro mixto y orquesta. Junto a la Orquesta de València y el Cor de la Generalitat, actuará como solista el barítono José Antonio López.

Por su parte, el Palau de les Arts y la Orquesta la Comunitat Valenciana proponen una selección que agrupa alguna de sus mejores canciones. Tras un fragmento del ballet El ruiseñor y la rosa (1958), ahondará en el universo vocal de Salvador a través de canciones como Presentimiento (sobre texto de Carmen Conde), Canço de vela, Valenciana (con texto de Lope de Vega),  Cançó de recança y Cançó alegreJusto Romero.

Publicado en Diario Levante el 4 de octubre.

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